Las medicinas y tú

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Mi querido viejo: recordarás que, durante muchos años, allá en la infancia, te preocupaste poco o nada de las medicinas; ciertamente tu mamá te daba algo cuando tenías tos o catarro, un “dolor de barriga” o una diarrea, pero, por lo general, ni en tu infancia ni en la adolescencia las medicinas estuvieron en tu mente. 

Pero aquí estamos, viejo querido, con menos pelo y con más arrugas, con muchas alegrías vividas y también con penas, que son parte de la vida y, cuando comenzaron los achaques, se inició una relación muy cercana con las medicinas, y de eso te quiero hablar.

Vivimos una época maravillosa, porque hoy contamos con medicamentos y tratamientos que no existían desde que el mundo es mundo, y en estos dos siglos se han descubierto y sintetizado medicamentos para casi todas las enfermedades.

Tú recuerdas la maravillosa historia de Alexander Fleming, médico inglés que descubrió la penicilina al observar de forma casual sus efectos antibióticos sobre un cultivo bacteriano obtenido a partir del hongo Penicillium notatum; debido a eso se le concedió el Premio Nobel en 1945.

Y, a partir de entonces, cientos de hombres y mujeres han dedicado su vida al descubrimiento, la creación o la síntesis de medicamentos para cientos de enfermedades; hoy la industria farmacéutica es una de las más boyantes y a diario aparecen nuevos productos o nuevas modalidades de medicamentos.

Para que llegue a tu casa, querido viejo, un medicamento tiene que ser sometido a pruebas de laboratorio o con controles humanos, pruebas que son enviadas a las autoridades para su autorización, siendo la última y más importante la  Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris).

Y sí, tenemos a cientos de medicamentos para casi todas las enfermedades, y ahí es donde entras tú, porque al acudir a consulta con tu médico preferido, platicas con él, él te explica lo que tienes y, si es necesario, te manda estudios de laboratorio o gabinete, y luego te receta uno o varios medicamentos.

Y ahí es donde tú tienes, querido viejo, el papel más importante. Porque las indicaciones médicas no son sólo consejos, son órdenes que tienes que cumplir para poder lograr el alivio o curación de tu enfermedad.

Esto es relativamente sencillo en enfermedades agudas, ya que, tomando los medicamentos indicados, en pocos días estás como nuevo, pero en el caso de las enfermedades crónicas, al principio serás muy puntual, pero es posible que con el tiempo te canses, te aburras o sientas que el medicamento no funciona, y arrincones ese producto que ya no quieres tomar.

Y así comienza esa costumbre que tenemos todos: almacenar las medicinas y los frascos que ya no empleas, y poco a poco juntar un almacén de productos que pueden estar todavía vigentes, pero que pueden haber caducado y ser un peligro potencial para quien los use.

No me dejarás mentir, querido viejo, si afirmo que muchos de nosotros tenemos un “guardadito” de medicamentos sin usar, que además tienen el peligro de dañar si están caducados. Creo que vale la pena que vayas a ese cajón en donde están los medicamentos viejos, y lo tires o los envíes a un consultorio donde valorarán si aún son útiles o no.

Los medicamentos son los responsables del aumento de expectativa de vida de nosotros los viejos; hace un siglo, vivíamos no más de 30 años y hoy superamos los 75. Bien haremos al tratarlos como se merecen.