Dos-cero

Marcar un gol es como hacer el amor

Alfredo Di Stéfano.

Estimado lector: ¿puede usted señalar un lugar en los medios de comunicación o en las redes en donde no se hable del futbol?, en estas horas, desde antes de la inauguración del Mundial y durante todo el jueves y viernes, no se habló de otra cosa ni nos enteramos de que Trump estaba enojado o de que Putin amenazó otra vez con invadir Ucrania; tampoco se habló de los divorcios de la vedette de moda o del artículo sobre ciencia del maestro Antonio Lazcano; el mundo entero habla del futbol. 

La inauguración del Mundial fue una fiesta de luz, color y música: lo mismo lucieron Shakira y Salma Hayek, Belinda que Lila Downs, J Balvin y Maná que Danny Ocean; Andrea Boccelli y la sudcoreana EJAE cantaron el Himno del Mundial. Los bailes más o menos desangelados hicieron lo suyo, aunque se extraña la ausencia de un director teatral; todo sea por el show.

Del partido en sí hablaré más adelante, porque al ver el espectáculo, a mí como a miles de hombres y mujeres de mi edad, surgieron una serie de recuerdos que estaban ahí guardados, y afloraron al ver a los jugadores mundialistas junto con niños y jóvenes, alegres y listos para la foto.

Todos fuimos niños, y todos crecimos junto a un balón que trajo nuestro padre y nos enseñó a jugar, esa palabra mágica, no es un trabajo ni una obligación, es un juego, es alegría, es magia. Yo recuerdo a mi padre jugando conmigo en la acera de nuestra casa, recuerdo a mis padres llevándome al estadio que estaba por la calzada Chabacano, de gradas de madera, para ver a mi héroe Horacio Casarín hacer goles de milagrería; recuerdo a mi madre ir a la sede de la Liga para comprar “derechos de apartado” en el siguiente campeonato, y luego llegar a los lugares en el nuevo estadio Universitario para que estuviéramos en el centro de la cancha. 

El balón de futbol ha estado conmigo, cuando jugaba en el patio de la escuela, cuando formé parte de un equipo que jugaba en el Campo Marte, y nuestro entrenador, el profesor Burbulian, nos gritaba: “Ánimo, animaux” (“ánimo, animales” en francés) mientras tratábamos de anotar un gol.

Pero ahora, al cabo de tantos años, al ver de nuevo el partido, me doy cuenta de que para mí, como para muchos, el futbol ha sido educativo. Me enseñó a dominar mi cuerpo, a acostumbrarme a manejar el esférico con facilidad, a dominar las jugadas, a hacer pases a mis compañeros, a disparar cuando es posible, con toda la fuerza de mis piernas. Y me enseñó a celebrar las victorias y asimilar las derrotas. Porque uno de los problemas que hoy vemos deriva de la incapacidad para asimilar una derrota: un negocio, rupturas, divorcios, y aún las tragedias de sangre y muerte.

Y en ese sentido, vale la pena recordar la frase de Zinedine Zidane, legendario campeón del Real Madrid: “No quiero ser una estrella, prefiero ser un buen ejemplo para los niños”. 

Y ¿qué puedo decir del partido del jueves?, no mucho, porque ya lo dijeron los expertos: el partido fue aburrido, con unos “ratoncitos verdes” que se enfrentaron a unos abúlicos sudafricanos que llegaron “a cumplir”; en ambos equipos, una vez más se hizo evidente el teatro y la pantomima cuando más de 20 veces se tiraron al piso fingiendo un dolor mortal al más leve toque de su oponente; si Ángel Fernández viera esto, su frase “el juego del hombre” sería borrada de su reseña. 

Por otra parte, el árbitro se dedicó a cortar e interrumpir el partido una y otra vez, regalar tarjetas amarillas y rojas como billetes de lotería, perder el tiempo yendo al VAR para regresar sin decisiones; incluso El Vasco Aguirre salió enojado… en fin. 

Lamentablemente, junto con la inauguración, tuvimos la enésima embestida de esa jauría que se dice llamar CNTE, vándalos de siempre que pintan, manchan y destruyen todo a su paso; de los granaderos que a veces sólo miran y a veces golpean, pero no resuelven nada, y sobre todo a la ausente señora Presidenta que, incapaz de enfrentar la realidad, prefirió ignorar a las autoridades de la FIFA que vinieron, y se escondió en su cuarto secreto de Palacio Nacional, y luego se asomó tímidamente al Deportivo Hermanos Galeana (¿?), lo que no impidió que los miles y miles de asistente al Estadio gritaran “¡Fuera Morena!” con todos sus pulmones. 

Así estamos, dos a cero, que dice muy poco de la calidad de nuestra Selección Nacional, una magra celebración en el Ángel de la Independencia, con miedo a la realidad convertido en ausencia, y un México a la deriva, entre ser Estado fallido y ser narcoestado.