Han pasado meses y se mantiene el discurso en los medios de comunicación sobre la narrativa dominante de Silicon Valley como si fuera un dogma indiscutible, y quien lo rebate se enfrenta a ser desacreditado: la inteligencia artificial avanza a un ritmo tan vertiginoso que es sólo cuestión de tiempo para que supere en absolutamente todo a la mente humana.
Las alertas de que los agentes de IA son tan poderosos que hackean por sí solos son tan risibles como temerosas por el FOMO y la falsa ilusión de que aquellos que no se preparen serán víctimas de lo inminente. Desde que en noviembre de 2022 se masificó la tecnología, cada año se señala la llegada inminente de la inteligencia artificial general, un ente digital omnisciente capaz de razonar, sentir y resolver los grandes males de la humanidad. Sin embargo, detrás del brillo publicitario, de las valuaciones multimillonarias en Wall Street, conviene detenerse a analizar los cimientos de este discurso.
En medio de este ruido que ha ensordecido a muchos y la desinformación que ciega a otros, la voz de pensadores e investigadores independientes se vuelve crucial para mantener los pies en la tierra. Un ejemplo sumamente clarificador es el de la académica e investigadora Carissa Véliz, especialista en ética y tecnología en el Instituto para la Ética en la IA de la Universidad de Oxford. Este fin de semana descubrí, gracias a mi esposa, Profecía, un ensayo que que abre más los ojos sobre las falsedades de las que somos víctimas en el mundo de la tecnología debido a las profecías autocumplidas. Véliz aborda de frente una de las mayores falacias de nuestro siglo: la idea de que la IA llegará a ser más inteligente que los seres humanos es, en esencia, un mito cuidadosamente fabricado.
Muchas veces en esta columna he insistido reiteradamente en la importancia de llamar a las cosas por su nombre. La confusión central radica en equiparar la capacidad de cómputo con el entendimiento real. Lo que hoy llamamos inteligencia artificial —particularmente los modelos de lenguaje de gran escala y las redes neuronales profundas— no es más que una infraestructura estadística sumamente sofisticada.
Estos sistemas no piensan, no comprenden los conceptos que articulan ni poseen un ápice de conciencia sobre lo que escriben o generan. Lo que hacen, con una velocidad y precisión deslumbrantes, es procesar cantidades astronómicas de datos para predecir la palabra, la imagen o el dato estadísticamente más probable que debe aparecer a continuación.
Reducir el concepto de inteligencia a la capacidad de detectar patrones en un océano de información es un error conceptual grave. La verdadera inteligencia humana no es un simple algoritmo de predicción. La cognición biológica está profundamente entrelazada con la experiencia vivencial en el mundo físico: la capacidad de sentir empatía, de aplicar el sentido común ante situaciones impredecibles, de juzgar el contexto ético de una acción y de intuir soluciones a partir de la creatividad y la conciencia de la propia existencia.
Una máquina, por más rápido que ejecute billones de operaciones por segundo, carece por completo de mundo interior, de cuerpo y de sensibilidad moral. ¿Por qué entonces la industria se empeña en vendernos el mito de la máquina superior? La respuesta responde a una dinámica de mercado muy clara: fascinación, control y rentabilidad. Alimentar la fantasía de una superinteligencia artificial no sólo permite justificar rondas de inversión descomunales y elevar el valor accionario de las grandes corporaciones tecnológicas, sino que además genera una cortina de humo ideal. Al presentar a la IA como una fuerza de la naturaleza inevitable y casi divina, las empresas eluden responsabilidades legales sobre los derechos de autor o la privacidad de los datos, y condicionar a la sociedad a aceptar despidos masivos o el deterioro de servicios bajo el argumento del “progreso tecnológico”.
Como acertadamente advierte Véliz, el verdadero peligro de la IA no estriba en una rebelión de las máquinas. La amenaza real y urgente es mucho más terrenal y silenciosa: consiste en que los gobiernos, las instituciones bancarias, los sistemas de salud y las empresas compren ciegamente esta narrativa, asuman que la tecnología es infalible y comiencen a ceder el control de decisiones humanas críticas. Delegar la impartición de justicia, la selección de personal, la asignación de créditos o el diagnóstico de enfermedades a modelos matemáticos plagados de sesgos implícitos y propensos a la “alucinación” de datos no es innovación, es una abdicación irresponsable de nuestra propia agencia moral.
El desarrollo tecnológico debe volver a colocarse en su justa dimensión. Las herramientas digitales, por muy avanzadas que sean, deben fungir como instrumentos para amplificar nuestras capacidades intelectuales y productivas, nunca como sustitutos del pensamiento crítico, la ética y el criterio humano. No seamos cómplices de que las falsas profecías se autocumplan por los discursos que vienen desde el poder y las oligarquías, o estaremos con las manos atadas en unos pocos años.
