Palantir y la vigilancia invisible

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

Olviden los discursos románticos sobre la democratización de la tecnología y la IA como motor de libertad y avance. Lo que tenemos frente a nosotros se disecciona con una frialdad necesaria. Si ya Shoshana Zuboff en 2020 nos advertía del mal uso de las herramientas digitales en su obra La era del capitalismo de vigilancia: la lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder, al desenmascarar como los equipos de Google, Meta, Amazon y otras servían para tomar nuestros datos y buscar nuestro control de compra, elección, lectura y hasta comportamiento, lo que viene con es gestionar el destino de las naciones bajo el puño de hierro del código propietario.

Palantir no es una empresa de software común, y no deberíamos tratarla como tal en las columnas de negocios. Es el brazo ejecutor de un nuevo orden donde el dato es el látigo y el algoritmo es el juez de última instancia. Lo que Peter Thiel y Alex Karp han construido es una infraestructura de poder que opera en una zona gris, en ese “punto ciego” legal donde la ética pública no alcanza y el escrutinio ciudadano se estrella contra contratos de confidencialidad y secretos de Estado. Es la mercantilización absoluta de la seguridad nacional bajo el pretexto de la “eficiencia”.

Yanis Varoufakis desenmaraña en su texto Palantir y el Nuevo Orden cómo estamos ante el surgimiento de un “Leviatán digital” que no rinde cuentas. Mientras el capitalismo tradicional buscaba conquistar mercados, este nuevo capitalismo de datos busca conquistar la realidad misma.

Palantir no sólo analiza información, construye la narrativa de lo que es “verdad” para los gobiernos. Si el algoritmo dice que una persona es un riesgo, esa persona se convierte en un riesgo, independientemente de la realidad. Es la transferencia de la soberanía humana a una caja negra de propiedad privada que usa la inteligencia artificial como arma.

Pero, ¿de qué nuevo orden hablamos realmente? Hablamos de uno donde la soberanía de los Estados ha sido secuestrada por corporaciones que procesan la realidad en tiempo real. Palantir se vende como el salvador de Occidente, el muro digital que protege a la democracia de sus enemigos externos. Pero el costo de esa “protección” es una dependencia tecnológica que ningún Estado sabe cómo revertir. Es el matrimonio perfecto —y profundamente aterrador— entre el complejo militar-industrial y el Silicon Valley más oscuro. Es un capitalismo que lucra con la paranoia y la clasificación de los seres humanos como simples nodos en un gráfico de sospecha.

La crítica aquí tiene que ser frontal y sin matices: estamos permitiendo que una entidad privada, con intereses ideológicos claros y una opacidad alarmante, se convierta en el sistema operativo del control global. Cuando el análisis de datos se usa para predecir crímenes antes de que sucedan o para gestionar fronteras con una frialdad quirúrgica, lo que estamos haciendo es automatizar el prejuicio. Estamos permitiendo que la máquina decida quién es una amenaza y quién no, eliminando de tajo la presunción de inocencia y reemplazándola por una “probabilidad de culpabilidad” calculada en un servidor en algún lugar de Denver o Virginia.

Este modelo de negocio es perverso por diseño: se alimenta del conflicto. Para que Palantir crezca el mundo debe ser percibido como un lugar cada vez más peligroso y desordenado. Es una profecía autocumplida donde la tecnología que promete “ordenar el caos” necesita que el caos persista para justificar sus contratos multimillonarios. 

Estamos financiando nuestra propia vigilancia con recursos públicos, entregando las llaves de nuestras instituciones a quienes ven a los ciudadanos no como personas, sino como metadatos procesables.

El peligro real de este capitalismo que abandera Palantir es que es esencialmente “invisible”. No se siente hasta que ya estás dentro del engranaje. Es una arquitectura de control que no necesita muros de concreto ni alambre de púas, porque ha construido muros de código, que son mucho más difíciles de escalar o derribar. Es el fin de la privacidad, no sólo como un derecho individual, que muchos ya dieron por perdido, sino como un requisito indispensable para la libertad colectiva. Si el Estado y las corporaciones lo saben todo sobre nosotros, la disidencia se vuelve imposible.

La tecnología per se no es buena ni mala, pero nunca es neutral. Y, en el caso de Palantir, la neutralidad es un lujo que nuestra sociedad ya no se puede permitir si quiere seguir llamándose libre. Debemos exigir transparencia algorítmica y soberanía de datos antes de que el código sea nuestra única ley.