¡Chapulines sí, traidores no!

El verbo chapulinear, si bien no está definido por la Real Academia, es comúnmente utilizado en la jerga mexicana para referirse a una práctica común en el sistema político mexicano. Chapulinear lo definen doctos politólogos como el hecho de que un político ...

El verbo chapulinear, si bien no está definido por la Real Academia, es comúnmente utilizado en la jerga  mexicana para referirse a una práctica común en el sistema político mexicano.

Chapulinear lo definen doctos politólogos como el hecho de que un político solicite licencia a un cargo para apuntarse como candidato a otro, en algunas ocasiones con más nivel e incluso en otras, cambiando de partido político.

Esta práctica se da en todos los niveles; por ejemplo: legisladores locales solicitan licencia para aspirar a una legislatura federal, ya sea de diputado o de senador, legisladores federales que solicitan licencia para aspirar a alguna gubernatura o alguna posición federal, local o presidencia municipal.

Si bien esta práctica ha sido criticada por los ciudadanos y medios de comunicación es necesario mencionar que, bajo el actual marco de la Ley, es una práctica permitida por lo cual cualquier servidor público electo tiene la facultad de ejercer su derecho y aspirar a otro cargo de elección popular.

El chapulineo se encuentra implícito bajo el amparo del artículo 62 de la Constitución, cuya transcripción y la de otros artículos y leyes, le harían a usted amable lector, dar vuelta a esta página.

En ese artículo se  faculta a los legisladores para  ejercer su derecho a buscar otra comisión o empleo, siempre y cuando obtengan su licencia previamente en la Cámara respectiva.

Lo anterior, con todo y sus críticas, hace sentido permitiendo un escalafón que vaya tamizando, con base en su experiencia, el servicio público y de representación con el voto ciudadano que aprobará o reprobará el salto del pretendiente.

Lo que es más acremente criticado, sin argumentos generales que le den soporte, es cuando un ciudadano cambia de partido únicamente con el afán de obtener posición o un “empleo” mejor remunerado bajo el amparo de unos nuevos colores y sin la mínima identidad ideológica, con la fuerza  que se supone deben de tener los integrantes de un partido político.

Esto resulta una decepción para los electores de su antiguo partido porque, se supone, había un compromiso serio con los documentos básicos de su instituto y que, incluso, trabajaba en la actualización de las plataformas políticas del mismo.

Otro factor que es cuestionable en esta práctica recurrente, es el referente a la responsabilidad, es decir: un aspirante a otro cargo de elección, para tener legitimidad y aceptación debe de haber entregado buenos resultados a sus electores en el encargo al cual fue electo; de no ser así no es fácil que pueda volver a convencerlos de que le otorguen su apoyo mediante el voto directo. Si esto  no se da así, las culpas son del tiempo, no del sistema o la ley.

Sin duda cualquier ser humano, por su naturaleza misma, tiene una serie de aspiraciones a realizar durante su vida. En la clase política no es diferente y los actores políticos se mantendrán en busca de seguir en el círculo que, por cohesión, refuerce su capacidad para alcanzar sus aspiraciones.

Los diputados federales, a partir de la siguiente legislatura, tendrán la oportunidad de buscar la reelección. Este nuevo sistema electoral y de partidos modificará el fenómeno chapulinezco y obligará a los representantes populares a profesionalizar su desempeño en aras de entregar los mejores resultados al electorado y buscar una posible reelección. Con esta relativa ventaja, se diluyen las que estaban implícitas en todos los inconvenientes que en su momento dieron origen a la divisa, casi grito de guerra, ¡Sufragio efectivo, no reelección! Con el nuevo sistema, a ver cuántos don Porfirios abordan la nave de la democracia.

Por otra parte, la condición humana tiene sobradas justificaciones para hacer personales cambios de rumbo, y más en la política. Total, se vale cambiar de posición, si el pueblo lo avala, y hasta de partido, cuando se pierde la identidad. Bien, mientras sea así y la ley lo permita. Lo reprobable es actuar contra la sociedad y contra la patria. Ejemplos los hay, y muchos. Sirva textual la referencia:

“Desde el momento en que Juárez se retira de la capital no ofreciendo a los que siguieron su causa más que la fatiga, la miseria, las persecuciones y la muerte, la gran falange, fulminante en política, de los convenencieros, que posee grandes facultades de pensamiento, de acción, de audacia, de fuerza, que prestigia y desprestigia a los gobiernos y que da los triunfos y popularidad a todos los partidos, saltando de uno a otro de los platillos de la balanza, cuando el gobernante no compra con empleos su adhesión, quedaba enteramente a favor de Maximiliano. En esta falange hay espiritualistas, místicos, profetas, materialistas, espiritistas, ateos, teócratas, rojos, clericales; pero siguen siempre fielmente una bandera: la del actualísimo opulento; son incondicionales para su vientre. La estrepitosa y decisiva falange actualista está constituida por el famelismo de las clases medias. Don Manuel Payno, comisionado por el gobierno liberal en 1867, para estudiar lo relativo a las cuentas del Imperio, encontró 104,000 solicitudes de empleo. Payno quiso publicar la lista de los solicitantes y, según contaba, don Sebastián Lerdo de Tejada se lo prohibió, diciéndole: “Si publica Ud. esta lista nos quedamos sin partido liberal”.

Lo dicho: no hay nada nuevo bajo el sol. Saltar los platos de la balanza, textual, lo hacían políticos y falangistas con toda la variedad de cualidades y credos pero, caray, estar con el Emperador cobrando y luego con el gran Presidente liberal persiguiendo conservadores, requiere nivel de asceta para aceptarlo... Total, queda la moraleja: ¡Chapulines sí, traidores no!

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