El municipio y la estrella polar

La estrella polar siempre fue para caminantes, navegantes y exploradores, la mejor referencia para dirigir sus pasos con rumbo cierto. Marchar a cualquiera de los cuatro puntos cardinales, tenía siempre el referente de una estrella que les indicaba el norte. El municipio, ...

La estrella polar siempre fue para caminantes, navegantes y exploradores, la mejor referencia para dirigir sus pasos con rumbo cierto. Marchar a cualquiera de los cuatro puntos cardinales, tenía siempre el referente de una estrella que les indicaba el norte.

El municipio, como la institución más cercana a los pobladores de una comarca por las acciones de su ayuntamiento, en la actualidad parece haber perdido el rumbo, olvidando lo que es su objetivo principal de servir y atender las necesidades cotidianas de la comunidad, atendiendo a la conciliación en los desacuerdos de los vecinos en su convivencia de barriadas y rancherías, lo mismo en sus pleitos por la vecindad, por el ruido o la música a deshoras, que las vagancias de muchachos que afectan el descanso y la tranquilidad entre familias cercanas.

Así de sencillo y así de complicado es mucho del quehacer que tradicionalmente desempeñó y debe seguir desempeñando el presidente municipal, por ostentoso que parezca su cargo, por grande que sea la urbe o pequeño el pueblo, que en su circunstancia, lo dice el refrán, se convierte en infierno grande.

El quehacer municipal tiene desde siempre asignada la tarea de recoger la basura que se genera diariamente en toda su demarcación y cuidar de su disposición final, ahora en un relleno sanitario o como antes, tener siempre disponible un espacio conocido como el basurero municipal.

Atender un espacio en donde reposen con dignidad los restos mortales de nativos y avecindados, ha sido obligación muy sencilla, pero muy importante y de alta dignidad para todos, del municipio y su ayuntamiento.

Atender el alumbrado público, antes con mecheros, después con focos esquineros, escasos y legañosos, ya en los 60 con gran modernidad con la noche que se hacía luz de día con lámparas de luz mercurial, fastuosa y presumida en las ciudades y pueblos que lograban instalarla. Su gran proliferación y alto consumo de electricidad, obligaron a hacer un cambio a lámparas de vapor de sodio, que aligeraran la enorme carga del “recibo de luz” que diezmaba las finanzas siempre limitadas del presupuesto municipal.

La paz del país estaba basada en una policía municipal que atendía, conforme lo asignó la Constitución y desde mucho antes, el sentido común, en una policía municipal que tenía a su cargo la prevención del delito, cuidando en primerísimo lugar el sueño tranquilo de las familias, evitando que raterillos viciosos y pleitos de cantina alteraran el orden y dieran mal ejemplo a niñas, niños y jóvenes menores.

El policía municipal le quitaba la cajetilla de cigarros faros o montecarlo 20 a los chamacos que anduvieran haciendo pininos en el tabaquismo, “porque eso era una falta que junto al lenguaje de palabrotas y comportamiento de vagancia” se cuidaba por la policía con anuencia de padres y madres de familia, que aplaudían esta vigilancia.

Así podríamos seguir describiendo las tareas que desempeñaba el ayuntamiento y sus colaboradores, con pobreza de arcas, pero abundancia de voluntad, para cuidar que las lecciones de civismo que se recibían desde los primeros grados en primaria de la población escolar y estudiantil, en las muchas primarias y en las escasas secundarias, se llevaran a la práctica.

En ningún momento las reformas para fortalecer al municipio, le desaparecieron de su hoja de trabajo cotidiano estos afanes al ayuntamiento, aunque la modernidad y el macrourbanismo le hayan asignado adicionales y muy variadas obligaciones al gobierno en los municipios. Una cosa era cuidar el mejor desarrollo de las fiestas patronales donde participaban el párroco, las cofradías de San Martín y de todos los santos, y otra cosa es que con el recurso municipal en aras de fomentar la distracción y el esparcimiento de la población, se le organicen largas variadas y frecuentes fiestas lo mismo con “motivos culturales” que de muchos otros adjetivos y objetivos que se convierten en abultado y absurdo renglón de gastos en el presupuesto municipal, desatendiendo las tareas primarias, elementales y prioritarias de un municipio, confundiendo en la modernidad el desempeño de ediles y reguladores en el municipio, para en una organización “espejo” hacer un “gobiernito estatal” que tiene muy diferentes funciones, pero que deslumbra a regidores y presidentes municipales con espejismos de más poder y más posiciones en su horizonte político.

Conforme creció el número de ediles en el cabildo, sana y loable práctica para dar cabida a todas las corrientes políticas, partidos y aún grupos de presión hechos partidos locales, creció “la democracia”, con dudosos resultados para la comunidad.

Ahora, las fracciones pelean por iniciativas que promueven exenciones, descuentos en predial, agua y servicios. En aras de la “gestoría”, que de elemento social pasó a ser arma de propaganda, demagogia y espejito de lucimiento personal de algunos integrantes con apetito de más posiciones políticas, se regala y dilapida el presupuesto y el patrimonio municipal, que debiera servir a toda la población y no efímeramente, a unos cuantos.

Así, el municipio nunca tendrá suficiencia para atender limpia, bacheo, obra pública y demás. Por eso cualquier obra, ahora tienen que hacerla con crédito... y los banqueros ¡Felices!

¡Cuánto olvido y cuánto error! La política, con la democracia creciente en los municipios, mucho pierde el rumbo y en la bruma de ayuntamientos de conformación multipartidista, muchas veces forzada, con representación popular limitada y aun dudosa, pierden la vista de la estrella polar del servicio cotidiano a la comunidad, y el rumbo del municipio en el siglo XXI está lejos del ideal con el que se le concibió en sus orígenes y en la Constitución en el artículo 115.

Su espíritu de pulcritud y servicio al vecindario en muchos municipios es un espíritu chocarrero que deambula dando lástimas y dolores de cabeza a la sociedad toda en el país, más allá de la propia demarcación municipal.

Si buscamos el origen de alcaldías fallidas, presidentes municipales en fuga o en la cárcel, no es un asunto de casos aislados: el municipio en México requiere de una profunda reforma que sin perder su estrella polar, subraye sus quehaceres elementales, refuerce al municipio libre y delimite con severas acciones punitivas y eficaces, el escandaloso comportamiento que cada vez es más frecuente de quienes debieran cuidar vida, patrimonio y convivencia de todos los habitantes en este país.

En este caso, la escalera de poder paradójicamente debe barrerse de abajo hacia arriba. Quien no puede lo menos no puede lo más. Mientras el país exhiba, para vergüenza de todos, la basura en calles, parques, caminos, ríos y arroyos, la administración pública seguirá dando tumbos. El secreto del buen navegante estaba en no perder nunca de vista la estrella polar... por eso el municipio, base de la organización política del país, va a la deriva, en muchos casos y en forma creciente.

La distorsión en la visión de responsabilidades de gobierno, por el presidencialismo, lleva al ciudadano a reclamar al gobierno federal la falta de atención a sus necesidades, reclamo que seguirá creciendo si no reorientamos el trabajo del municipio, con leyes que eviten la distracción del ayuntamiento y sus recursos, en veredas que le son ajenas.

Sólo así, el país todo, llegará a buen puerto, conforme cada municipio, se sume eficazmente a la construcción de una mejor sociedad.

                *Senador de la República por el estado de Chihuahua

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