El viaje y el viraje

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

La decisión de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, de asistir a la final del Mundial en el MetLife Stadium, en la zona metropolitana de Nueva York, representa un vuelco político difícil de digerir.

Bajo circunstancias normales, la asistencia de un mandatario a la final del torneo deportivo más grande del planeta –del que su país es coorganizador– no tendría nada de malo; es algo que sucede de manera regular en el futbol y forma parte de la diplomacia global. Sin embargo, el denso entramado de contradicciones retóricas, la renuencia a involucrarse en los grandes temas del concierto internacional –herencia del lopezobradorismo– y el áspero contexto de la relación con Estados Unidos convierten este viaje en un monumento a la incongruencia.

Para dimensionar el viraje, basta recordar las razones que la propia mandataria esgrimió durante semanas en sus conferencias mañaneras para justificar su ausencia en las fases anteriores del torneo, incluida la inauguración en el Estadio Azteca. En un calculado ejercicio de propaganda e imagen pública, Sheinbaum argumentó que su agenda priorizaba la austeridad y el trabajo territorial, rechazando los privilegios tradicionales del poder. En un acto sumamente mediático, decidió regalar su boleto de honor a una joven indígena aficionada al futbol –la veracruzana Yolett Cervantes Cuaquehua fue la ganadora de la dinámica que se llevó cabo para ese efecto–, proyectando la idea de que los palcos VIP y el costo de tales espectáculos no correspondían a los valores de su administración. 

Que tras meses de cultivar esa narrativa se anuncie una asistencia de último minuto, sólo porque la invitación proviene directamente de la Casa Blanca, desmorona el discurso de la austeridad republicana. Esa contradicción se agudiza al observar la tensa y espinosa relación bilateral con la Unión Americana. El viaje a Nueva York ocurre en el momento más crítico que se recuerde en décadas, marcado por una profunda indignación soberanista en el discurso oficial mexicano. El gobierno de Sheinbaum ha mantenido vivas las quejas por la manera en que el jefe criminal Ismael El Mayo Zambada fue extraído de territorio nacional. El agravio se profundizó ante las actuaciones de la Fiscalía y la Corte del Distrito Sur de Nueva York, donde se formalizó el encausamiento de diez políticos mexicanos, una lista encabezada por el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, acusado de presuntos vínculos con el narcotráfico. Ante estas acusaciones penales, Sheinbaum no ha escatimado en consignas nacionalistas, denunciando interferencias extranjeras y el uso político de la justicia estadunidense para incidir en la política local. 

Resulta paradójico que la mandataria mexicana decida viajar precisamente a Nueva York, la capital judicial de estos agravios, para sentarse en un palco de honor.  En ese estadio, la Presidenta no sólo estrechará la mano de un Donald Trump engallado. Compartirá espacio con figuras repelentes para la izquierda mexicana, como el presidente argentino Javier Milei y el rey de España. Verla rodeada de tal constelación política dinamita cualquier coherencia discursiva. Por si fuera poco, la justificación de que el viaje celebra la cooperación regional se topa con la cruda realidad del T-MEC. Este Mundial fue concebido originalmente como la gran fiesta de una América del Norte unida, pero ha terminado siendo todo lo contrario. En vísperas de la final, Trump volvió a sacudir el tablero al declarar, junto al presidente de la FIFA, que el torneo ha sido tan exitoso que desea organizar una nueva edición de la Copa del Mundo, pero dejando fuera a México y Canadá. Esta provocación se suma a la asfixiante presión de Washington sobre la próxima revisión del tratado comercial, sembrando aranceles y amenazas sobre la economía mexicana. 

Asistir al festejo de un anfitrión que públicamente desprecia la sociedad tripartita y amaga con el futuro económico del país despoja al viaje de cualquier beneficio estratégico. Al final, la fotografía en el MetLife Stadium no reflejará diplomacia audaz, sino la resignación de un gobierno atrapado entre sus consignas nacionalistas de consumo interno y la sumisión a la terca realidad de la geopolítica.