Dice Plutarco, en Vidas paralelas, que cuando Alejandro Magno llegó al final de sus guerras de conquista, lloró de frustración, pues ya no había más mundos de los cuales apoderarse.
Guardadas todas las proporciones históricas, la autodenominada Cuarta Transformación ha llegado, como el rey macedonio, a su última estación. Una vez que saque adelante su pretendida reforma electoral –que se presentó ayer por la tarde en Palacio Nacional–, ya no tendrá nada más que transformar.
Todo comenzó, como recordará el lector, en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se propuso acabar con cualquier cosa que oliera a “neoliberalismo”.
El problema es que muchas de esas modificaciones terminaron peor que los supuestos males que quería extirpar: aeropuertos sin pasajeros, trenes descarrilados, una dizque austeridad que disparó la deuda, un sistema de salud sin medicamentos, una lucha contra “delincuentes de cuello blanco” que dio lugar a millonarios instantáneos, etcétera.
Todo lo que el movimiento gobernante se ha propuesto deshacer, lo ha deshecho. Cuando ha sido necesario, por la mala. Así fue con las reformas constitucionales emprendidas a partir de septiembre de 2024, con mayorías calificadas en el Congreso que no ganó en las urnas. De esa manera, renovó a su gusto el Poder Judicial y eliminó los órganos autónomos que le hacían contrapeso. “Haiga sido como haiga sido”, México tiene, en los hechos, otro régimen político.
O casi, porque aún falta el trámite de la reforma electoral. Si ésta viene como se prevé, la República retrocederá varias décadas, a tiempos en que el oficialismo controlaba el órgano electoral, que, según pontificó esta semana Pablo Gómez, titular de la llamada Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, ya no tiene por qué ser autónomo.
En ese sentido resulta ad hoc que la segura aprobación de la iniciativa que en breve enviará el Ejecutivo al Congreso, para destruir el sistema electoral que le permitió llegar al poder, coincida con el 50 aniversario de la elección presidencial de 1976, cuando hubo un solo candidato en la boleta, hecho que forzó al sistema de partido hegemónico de entonces a abrirse a la competencia con el fin de evitar la vergüenza en el escenario internacional.
Y después de eso, ¿qué? Pues sí, a concentrar aún más el poder. A ganar elecciones ante una oposición desarticulada e indefensa, montado en el uso político de los programas sociales, pero sin posibilidad de prometer ninguna otra transformación, porque no quedará ya ningún otro mundo por conquistar.
A final de cuentas, la predictibilidad no dura. Con el tiempo, se agota. Como se le agotó a Porfirio Díaz. Como se le agotó al PRI. Como se le agotó al chavismo. Como se le está agotando a la teocracia iraní. Termina, de una forma o de otra. Lo único que tiene oportunidad de perdurar es lo que se renueva. Y para renovarse, se necesita alternancia y equilibrios. No unanimidad, no discrecionalidad.
Lo que resiste, apoya. Esa máxima, trasplantada a la realidad mexicana por Jesús Reyes Heroles –artífice de la reforma política de 1977, que abrió un camino de participación legal para Pablo Gómez y otros de su generación– sigue siendo válida. Sin embargo, el oficialismo ha decidido que puede inventar su propia historia y que no requiere respaldo alguno.
Y así, el tren de la Cuarta Transformación habrá arribado a su última parada, de la que sólo podrá salir en reversa.
BUSCAPIÉS
*Si decide incluir en su iniciativa de reforma electoral el tema de la revocación de mandato, estará desenvainando un arma de doble filo. Sí, podrá usarla para hacer campaña a favor de su partido –cosa que, es fácil de imaginar, de todos modos iba a pasar–, pero también se expone a ser destituida con el voto de apenas 21 millones de ciudadanos, cuando fue elegida en 2024 por 36 millones, y relevada en el cargo por un correligionario que –quizá habría que concluir, de darse el caso– contribuyó a tenderle la cama.
