Triste Mundial

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Falta menos de un mes para el silbatazo inicial del Mundial –que arrancará el 11 de junio con el partido México-Sudáfrica, en el Estadio Azteca– y, sin embargo, el ambiente de esta capital es extrañamente indiferente.  

No hay banderas ondeando en cada esquina ni se percibe ese cosquilleo colectivo que solía unir a la nación ante la cercanía de la máxima fiesta del futbol. La comparación con el Mundial de 1986 resulta inevitable. Hace exactamente cuarenta años, el entorno era radicalmente distinto, a pesar de que el país atravesaba uno de sus periodos más oscuros y desafiantes de su historia moderna.

En aquel 1986, México –organizador, en sustitución de Colombia– venía saliendo de las ruinas físicas y emocionales de los terremotos de septiembre de 1985; la herida estaba abierta y el dolor era palpable. En lo político y económico, el descontento contra el gobierno de Miguel de la Madrid era feroz. La administración de aquel entonces se vio obligada a implementar políticas económicas sumamente restrictivas, una austeridad amarga, pero necesaria para intentar rescatar al país de las decisiones financieras desastrosas de los dos sexenios previos que nos habían dejado al borde del abismo. 

Aquel México se hallaba golpeado y empobrecido, pero, paradójicamente, estaba volcado con su selección. Había una mística que hoy suena a leyenda. El equipo dirigido por Bora Milutinović logró una comunión orgánica con la gente; los jugadores grabaron una canción para fundirse con la afición y hasta un memorable anuncio de cerveza se convirtió en parte de la identidad nacional aquella primavera.

Hoy, esa magia se ha evaporado. En la mesa de la comida y los pasillos de las oficinas, en el intercambio cotidiano de mensajes o en el transporte público, el Mundial simplemente no es el tema dominante. Eso es algo que no se puede ocultar ni con millones de litros de pintura color lila.

A este desánimo interno se suma un contexto global que enturbia aún más el panorama. No recuerdo un Mundial que se celebre en medio de una situación geopolítica tan tensa y sombría. Uno de los países invitados, Irán, se encuentra formalmente en guerra con uno de los anfitriones, Estados Unidos. La ironía trágica es que la selección iraní tendrá que jugar sus tres partidos de primera ronda precisamente en territorio estadunidense.

En México, la ausencia de efervescencia es alarmante si consideramos que hablar de futbol, y sobre todo de un Mundial, es tocar la fibra más sensible de nuestra sociedad. Después de todo, se trata del deporte más popular del planeta y, de manera indiscutible, el más popular de México. El futbol ha sido históricamente el eje de nuestra identidad colectiva y el gran distractor nacional; que hoy sea ignorado es señal de un divorcio profundo entre la afición y quienes manejan el balón.

¿Por qué no entusiasma el Tri de Javier Aguirre? Las dudas sobran: ¿Es el equipo que no termina de convencer? ¿Es el manejo del futbol mexicano, que parece haber priorizado el negocio sobre la pasión? ¿O es acaso el precio de los boletos, convertidos en artículos de lujo inalcanzables? 

El gobierno se empeña en convencernos de que el pueblo mexicano es feliz, proyectando una imagen de bienestar desde el podio oficial. Sin embargo, el sentimiento que provoca la selección en la calle es un termómetro social que no miente: la apatía actual contradice ese discurso de felicidad absoluta.

Existe una prueba irrefutable de esta falta de pasión: si la selección provocara hoy un entusiasmo real, jure usted que el gobierno ya habría tratado de aprovecharlo para apuntalar su narrativa, como sucedió con la banda sudcoreana BTS. El hecho de que no estemos viendo una maquinaria oficial volcada sobre el equipo nacional es la señal más clara de que saben que ahí no hay nada que explotar. Claro, siempre es posible que el fervor aparezca a la mera hora, pero hasta ahora ese fuego no ha prendido. 

Lo que queda es la nostalgia de un 1986 donde, aun entre escombros y crisis, sabíamos gritar un gol con el alma, algo que este Mundial, que está a la vuelta de la esquina, parece destinado a extrañar.