La polarización nos hundió hace 180 años… que no vuelva a hacerlo

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Harry Truman pasó a la historia como el presidente estadunidense que decidió lanzar sendas bombas atómicas sobre la población civil de dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, dejando más de 200 mil personas muertas.

Y aunque hay diferentes perspectivas sobre esa acción, pocos se atreverían a sostener que Truman era pacifista. Y aun así, menos de dos años después de la capitulación japonesa, viajó a la Ciudad de México a congraciarse con el país vecino cuando se cumplió un siglo de la intervención de su país, que terminó con la anexión de la mitad de su territorio.

Invitado por el presidente Miguel Alemán, Truman vino a principios de marzo de 1947. Fue la primera vez que un presidente de Estados Unidos visitaba esta capital. Parte de la razón fue para agradecer a México por su participación en la Segunda Guerra Mundial; otra, muy clara, fue contribuir a cerrar la herida abierta un siglo antes. Entre otras cosas, Truman homenajeó a los Niños Héroes, los cadetes que defendieron el Castillo de Chapultepec contra los invasores estadunidenses.

“Truman borró en un minuto de concordia, un siglo de recelos”, cabeceó Excélsior, a ocho columnas, el 5 de marzo de 1947. 

Vale la pena recordar esa visita en momentos en que el presidente Donald Trump y la Casa Blanca decidieron reabrir ese capítulo de la historia, con expresiones tan controvertidas como que aquella invasión fue “una legendaria victoria con la que se obtuvo el Suroeste de Estados Unidos”, así como compararla con las acciones migratorias y antinarcóticos de su gobierno.  

En su libro So Far From God (Tan lejos de Dios), publicado en 1989, el historiador John S. D. Eisenhower, hijo del presidente que sucedería a Truman, escribió que “México estorbaba el sueño estadunidense del Destino Manifiesto”, y recordó las palabras del también expresidente Ulysses S. Grant, quien dijo en sus memorias que ese conflicto había sido “la guerra más injusta librada por una nación más poderosa contra una más débil”.

Aunque la historia debe estar siempre abierta y sujeta a reinterpretaciones –a partir de los datos y testimonios que vayan apareciendo–, me parece que la forma en que Trump y la Casa Blanca se han referido desde el lunes a aquellos episodios de hace 180 años no hacen un buen servicio a la historiografía ni a la relación bilateral.

De hecho, es complicado separar esas bravuconadas de las teorías de la conspiración que circulan sobre un presunto uso de los consulados de México para generar inestabilidad política en la Unión Americana. Quien conoce las condiciones precarias en las que trabaja el personal consular debe saber que se trata de una teoría descocada o maliciosa.

Se conocen de sobra los métodos del populismo, ya sea de derecha o de izquierda, como para entender que mensajes como esos sirven para provocar divisiones y crear enemigos ficticios. Por ejemplo, en 2019, el presidente Andrés Manuel López Obrador provocó un conflicto artificial con España, uno de nuestros principales socios comerciales, que aún no se ha podido reparar del todo. Ahora bien, la impertinencia de Trump –que contrasta con el viaje constructivo que hizo Truman hace casi 80 años– no debiera ser pretexto para que México no asuma las lecciones que le tocan sobre la guerra con EU.

Apenas constituida la República, iniciaron los conflictos internos y la polarización. Primero, entre las logias yorkina y escocesa, y luego entre federalistas y centralistas. Esas divisiones nos llevaron a tener 21 presidentes distintos y 46 cambios de gobierno en el periodo que transcurrió entre 1829 y 1846.

El ejército estadunidense que invadió México no era una potencia militar como lo es ahora. El historiador Eisenhower, como muchos, se sorprendió de que 24 mil soldados hayan podido someter a un país que entonces tenía 7 millones de habitantes. La lección del siglo XIX, especialmente valiosa en estos tiempos de reordenación geopolítica es sencilla: la desunión de los mexicanos es perniciosa, y todos debiéramos contribuir a tener objetivos comunes, convocando a todos. Comenzando por el gobierno.