El reciente estreno de la serie brasileña Emergencia radiactiva nos coloca frente a un espejo de horror y negligencia que el tiempo no ha logrado opacar. Dirigida por Fernando Coimbra —conocido por llevar a la pantalla el elogiado thriller Un lobo en la puerta (2013)—, esta producción aborda con una crudeza necesaria el accidente radiológico de Goiânia en 1987, cuando una fuente de cesio 137 fue extraída de una clínica abandonada por recolectores de chatarra que, cautivados por el brillo azul cobalto del polvo radiactivo, terminaron diseminando la muerte entre sus familias y vecinos. La serie alcanza la calidad técnica y el calado dramático de la aclamada Chernobyl, pero con una cercanía latinoamericana que hiela la sangre.
El guion de Gustavo Lipsztein no se limita al recuento del desastre físico; explora la descomposición institucional que precede a la tragedia y la deshumanización que sigue al pánico, recordándonos que el átomo no perdona la ignorancia ni, mucho menos, la indolencia gubernamental.
En México, este relato no nos resulta ajeno, aunque la memoria colectiva sea frágil. Tenemos un caso local, ocurrido en Ciudad Juárez, que guarda paralelismos aterradores con Goiânia. Todo comenzó con la compra irregular de una unidad de radioterapia que contenía una bomba de cobalto 60. El equipo, destinado a un hospital que nunca funcionó, quedó arrumbado en una bodega hasta que en 1983 un técnico de mantenimiento, sin conciencia del peligro, decidió venderlo como chatarra. En el trayecto, la fuente se rompió y fue dejando un rastro de perlas radiactivas por las calles juarenses. Lo peor ocurrió en el deshuesadero: el material terminó fundido junto con toneladas de acero para fabricar varilla de construcción y bases de mesas de hierro fundido.
El detalle de aquel incidente es indignante: la varilla contaminada se utilizó para construir miles de viviendas en gran parte del territorio nacional y se exportó a Estados Unidos. Fue sólo gracias a que un camión cargado con este material pasó accidentalmente cerca de un detector en el Laboratorio Nacional de Los Álamos que se activó la alerta internacional. En México, el gobierno de la época intentó minimizar el impacto, mientras miles de familias habitaban muros que emitían radiación silenciosa y miles más comían sobre mesas que eran fuentes activas de contaminación. El saldo en salud pública, los casos de cáncer y las malformaciones vinculadas a esa exposición prolongada siguen siendo, en gran medida, una cifra negra enterrada bajo la opacidad oficial.
Al analizar los casos de Chernobyl, Goiânia y Ciudad Juárez emerge un patrón ineludible: la falta de rendición de cuentas. En los tres escenarios, la soberbia del Estado o la laxitud en la supervisión de protocolos permitieron que objetos de alta peligrosidad se convirtieran en armas letales. El secreto y la protección de la imagen política por encima de la seguridad ciudadana son los verdaderos aceleradores de la tragedia. Esta negligencia criminal, disfrazada de ahorro o de “soberanía técnica”, es el hilo conductor de los peores desastres del siglo XX. Por ello, ante la actual opacidad que rodea a los grandes proyectos de infraestructura, no podemos permitir que las dudas legítimas sobre la seguridad de las obras se disuelvan en el olvido de un expediente clasificado.
Los incidentes reportados en el Tren Interoceánico y las constantes dudas sobre la integridad estructural y operativa de la refinería de Dos Bocas no deben ser tratados como meros gajes del oficio ni como ataques de la oposición. La prisa política nunca puede ser justificación para omitir protocolos de seguridad industrial. Dejar que estas investigaciones queden en manos de autoridades a modo es pavimentar el camino hacia un nuevo desastre que, como los anteriores, será negado hasta que sea demasiado tarde. La historia nos enseña que cuando las auditorías se vuelven actos de fe y la transparencia se etiqueta como traición, el costo final no se paga en pesos ni en capital político, sino en vidas humanas. Emergencia radiactiva es un recordatorio de que el silencio oficial es tan tóxico como el cesio, y que la única defensa que nos queda como sociedad es la exigencia irrenunciable de la verdad antes de que el próximo destello azul nos tome por sorpresa en medio de una obra que se juró impecable.
