Glorificando a la guerrilla, cancelando la democracia
Si usted conoce la historia de México de la década de los años 60, quizá le resulte familiar el nombre de Arturo Gámiz García. Se trata del profesor duranguense que encabezó un asalto guerrillero al cuartel militar de Ciudad Madera, en la sierra de Chihuahua, acción ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Si usted conoce la historia de México de la década de los años 60, quizá le resulte familiar el nombre de Arturo Gámiz García. Se trata del profesor duranguense que encabezó un asalto guerrillero al cuartel militar de Ciudad Madera, en la sierra de Chihuahua, acción en que murió él, igual que siete de sus compañeros, la madrugada del 23 de septiembre de 1965.
Aun en ese caso, es probable que usted nunca haya escuchado hablar de Marcelino Rigoberto Aguilar Marín, Nicolás Estrada Gómez, Moisés Bustillo Orozco, Felipe Reyna López, Jorge Velázquez Ledesma y Virgilio Yáñez Gómez. Ellos fueron los seis elementos del Ejército asesinados en ese ataque. El primero era teniente; los siguientes dos, sargentos; el cuarto, cabo, y los dos últimos, soldados rasos.
Con motivo del 60 aniversario de esos hechos, la Secretaría de Gobernación dio a conocer que la fosa común donde están los restos de Arturo Gámiz y sus compañeros, en el panteón municipal de Madera, sería declarado “sitio de memoria”, en homenaje a los guerrilleros caídos.
Ninguna decisión semejante se ha tomado para los seis militares que fueron atacados en la oscuridad de la noche, pese a la cercanía que presume este gobierno con las Fuerzas Armadas.
No puede negarse que en aquel tiempo México era dominado por un sistema de partido hegemónico, de corte autoritario, que conculcaba las libertades. Sin embargo, a seis décadas de distancia, tiene que reconocerse que los movimientos guerrilleros y la inclemente e ilegal respuesta que recibieron por parte del gobierno ninguna ganancia le aportaron al país.
Es más, muchos de los alzados en armas desistieron de ese método de lucha, luego de una profunda autocrítica, y reencausaron su disidencia por las vías de la participación democrática, algo en lo que sí tendrían éxito.
Como le digo, el Estado respondió a las sublevaciones matando, encarcelando y desapareciendo no sólo a los guerrilleros, sino a quienes sospechaba de ser sus cómplices, pero esos movimientos armados también incurrieron en crímenes como homicidios y secuestros, incluso, violentas purgas internas de quienes consideraban enemigos ideológicos o espías de las autoridades.
Desde luego, la llamada Guerra Sucia es un periodo de la historia de México que debe ser estudiado, pero homenajear desde el Estado a una de las partes en el conflicto representa una simple reivindicación ideológica que no ayuda a la comprensión de los hechos. Sería igual de absurdo declarar “sitio de memoria” los lugares donde yacen los alzados de la Guerra Cristera, quienes, igual que los guerrilleros de los años 60 y 70, creían tener motivos para luchar por medios violentos contra el gobierno.
También debe admitirse, a la distancia, que las razones que animaron el ataque al cuartel de Madera han probado estar equivocadas. El grupo de Arturo Gámiz buscó emular la fórmula castrista del foco guerrillero, que llevó al triunfo de la Revolución Cubana en 1959 —que comenzó con el asalto al Cuartel Moncada, en 1953—, sin considerar, antes que otra cosa, las grandes diferencias entre los dos países.
Viendo en qué ha parado el régimen caribeño, es asimismo afortunado que esa aventura en las montañas de Chihuahua y la de los otros grupos guerrilleros inspirado por ella no hayan tenido éxito.
Cuba es hoy un país que debe mendigar combustible para tener luz y que, al margen de toda la propaganda, no es capaz de dar a su población siquiera lo suficiente de comer, los niños se van a la cama sin cenar, el poco pan que consiguen sus padres durante el día debe guardarse para el desayuno del día siguiente. Y ya no hablemos de consumir proteína animal, porque no hay.
Tampoco existen en Cuba las condiciones para la competencia democrática que sí se desarrollaron en México a partir de 1977, y que permitieron que el movimiento político actualmente gobernante pudiera tomar el poder.
Un movimiento que, paradójicamente, hoy está cancelando las libertades ciudadanas, al tiempo que glorifica a un grupo de guerrilleros que, hace 60 años, asesinó a seis soldados de rango modesto, de quienes hoy muy pocos se acuerdan. ¿Acaso no eran esos soldados, como se dice hoy, “pueblo uniformado”?