Desaparecidos: la indiferencia mata
Cada día se reporta en México la desaparición de 34 personas, en promedio. Pero este drama llega a tener, a veces, un remate brutal: el homicidio de quienes buscan a sus seres queridos. El caso más reciente ocurrió en Celaya, Guanajuato. Teresa Magueyal, quien llevaba ...
Cada día se reporta en México la desaparición de 34 personas, en promedio. Pero este drama llega a tener, a veces, un remate brutal: el homicidio de quienes buscan a sus seres queridos.
El caso más reciente ocurrió en Celaya, Guanajuato. Teresa Magueyal, quien llevaba tres años buscando a su hijo José Luis Apaseo, fue asesinada el martes, cuando iba a bordo de su bicicleta, en la comunidad de San Miguel Octopan. Los sujetos que la mataron a balazos le dieron alcance en una motocicleta y huyeron. El cuerpo de la integrante del colectivo de búsqueda “Una promesa por cumplir” quedó tendido frente a un jardín de niños.
El año pasado fue terrible para quienes rastrean el paradero de personas desaparecidas, cinco de ellas fueron ultimadas: Carmela Vázquez, en Abasolo, Guanajuato; Blanca Esmeralda Gallardo, en la ciudad de Puebla; Lilián Rodríguez, en La Cruz de Elota, Sinaloa; Ana Luisa Garduño, en Temixco, Morelos, y Gladys Ramos, en Guaymas, Sonora.
Nos hemos acostumbrado como sociedad a las desapariciones. No se entendería de otra manera que haya más de 112 mil personas sustraídas, de las que se desconoce su ubicación. Hay países donde una sola persona desaparecida da lugar a movilizaciones masivas, pero en México se asume que sucede y ya. Reconozcámoslo: no nos indigna lo suficiente, pese a que cualquiera de nosotros podría ser víctima de ese delito.
Pero hay algo peor: acostumbrarnos a que sean los familiares de los ausentes quienes realicen la búsqueda, en lugar de que esa tarea corresponda a la autoridad. Por supuesto, ésta dirá que lo hace, pero la mayor parte de las veces que se localizan restos humanos el mérito es de colectivos o personas en lo individual que realizaron el hallazgo con gran esfuerzo y el riesgo que implica adentrarse en zonas donde los criminales ocultan cadáveres.
Quizá porque las desapariciones se han vuelto parte del paisaje, las autoridades colaboran poco o nada en la localización de los ausentes. El crimen necesita volverse mediático y adquirir tintes de escándalo –cosa que sucede pocas veces– para que los funcionarios de procuración de justicia se pongan a hacer el trabajo que les corresponde.
Es triste decirlo, pero muchas veces sólo nos enteramos del nombre del desaparecido y las circunstancias en que fue levantado cuando alguna de las personas que lo buscan es víctima de una agresión o, peor, resulta asesinada.
Parte del problema es que asumimos que quien desaparece estaba involucrado en actividades criminales y se lo buscó. Cuando ocurren homicidios, como los mencionados arriba, ese prejuicio inicial tiende a desvanecerse, pero entonces ya es tarde para hacer algo. ¿Cuántos de nosotros escuchamos hablar de la desaparición de José Luis Apaseo, a quien buscaba su madre desde el 6 de abril de 2020, cuando fue visto por última vez?
No, no es normal que existan madres buscadoras, a pesar de que sea entendible. No debemos acostumbrarnos ni resignarnos a ello. En otras partes del mundo reconocen esa anomalía. No es gratuito que la mexicana María Herrera Magdaleno, quien busca desde 2011 a sus hijos Luis Armando, Gustavo, Raúl y Jesús Salvador, haya sido designada por la revista Time como una de las cien personas más influyentes del mundo.
Quienes buscan a sus seres queridos están siempre en riesgo. El mes pasado, Ceci Flores, madre buscadora de Sonora, quedó atrapada en una zona aislada de Sinaloa cuando se descompuso el auto en el que viajaba. No tener noticias de ella causó una gran alarma, pero, en cuanto apareció, volvió a ser cubierta por un manto de indiferencia social. “Si yo no busco a mis hijos, nadie más lo va a hacer”, declaró ella, poco después de ser rescatada.
La sociedad necesita exigir que sea la autoridad la que haga el trabajo de búsqueda. Y para que eso finalmente suceda, debemos tratar todos los casos de desaparición con la mayor seriedad. Eso significa asumir que con cada persona que se esfuma se pierde una parte de todos nosotros. Y entender que es intolerable y vergonzoso que mientras otros países se destacan por generar científicos –y, como tales, sus nacionales aparecen en las listas de las personas más influyentes del mundo–, nosotros nos damos a conocer por los desaparecidos y los asesinados.
