A reserva de que finalmente se limen las asperezas y diferencias con los partidos aliados de Morena, hoy se presentará ante el Congreso la iniciativa de reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Como alguien que suma ya suficientes años en el oficio periodístico, no puedo evitar sentir un déjà vu al revisar los puntos centrales de esta propuesta, especialmente en lo que respecta a la arquitectura técnica que sostiene nuestra confianza en las urnas.
Recuerdo bien los tiempos en que la legislación electoral mexicana no establecía la existencia de un Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP); era una época de sombras, donde la incertidumbre no era una excepción, sino la regla del juego. En aquel entonces, lo que reinaba era una polémica interminable sobre quién había ganado realmente la elección, un reto constante a las autoridades y a los rivales para que exhibieran públicamente las actas de escrutinio de cada casilla, mientras la tensión social escalaba en medio de un vacío de información oficial.
El PREP acabó con esa práctica nociva y desgastante. Para entender la magnitud de lo que podríamos perder, basta con mirar hacia atrás, hacia los antecedentes que cimentaron nuestra democracia moderna. En 1991, el entonces Instituto Federal Electoral realizó sus primeras pruebas de resultados preliminares en un esfuerzo extenuante de 72 horas ininterrumpidas, utilizando rudimentarios equipos de fax y transcripciones manuales que lograban procesar apenas 71% de las casillas. Fue un primer paso hacia la luz. Para 1994, el sistema evolucionó formalmente al PREP que conocemos, implementando Terminales de Captura Remota y una red de transmisión que elevó la cobertura a 92%, eliminando de tajo la posibilidad de que el país se fuera a dormir a ciegas el domingo de la elección.
La iniciativa que, a decir de la propia presidenta Sheinbaum, propone terminar con el PREP nos enviará de regreso a un pasado de opacidad. La pregunta obligada es: ¿para qué? El argumento de la austeridad suena hueco cuando se pone en riesgo la paz social que garantiza la certeza inmediata de los votos. Una de las peores ideas contenidas en esta reforma es, sin duda, desaparecer el PREP bajo la premisa de que puede ser sustituido por el cómputo distrital. Ésta es una falacia técnica peligrosa. Como bien nos enseña la historia de los procesos electorales en México, existen casillas ubicadas en zonas de difícil acceso cuyos paquetes pueden tardar un día completo en llegar físicamente a la sede distrital. El PREP soluciona este desfase geográfico mediante la transmisión digital de la información del acta de escrutinio, un mecanismo que desde 1997 ha permitido conocer los resultados casilla por casilla a través de internet casi en tiempo real.
Transmitir digitalmente la información sobre el resultado del escrutinio da una certidumbre que ningún otro proceso manual puede igualar. Evita polémicas innecesarias y, lo más importante, cierra la ventana de oportunidad a posibles actos de manipulación de las actas y del contenido físico de los paquetes durante su traslado. Renunciar hoy a estas herramientas tecnológicas es claudicar ante la sospecha. No podemos permitir que el futuro de nuestra democracia sea una regresión al México de la incertidumbre, donde el voto mayoritario debía competir con la narrativa que lograra imponerse en el silencio de la noche electoral.
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