El video estremece a cualquiera. En las imágenes grabadas en Nanchital, Veracruz, se observa el momento exacto en que la cotidianidad de un hogar se rompe en pedazos. Hombres armados, con el rostro cubierto y portando fusiles, golpean con un mazo la puerta principal de la casa de la periodista Roxana Guzmán. No hay sutileza ni titubeo.
Dentro del domicilio, los gritos desesperados de un familiar que intenta inútilmente calmar a los agresores revelan la vulnerabilidad de quienes se creían protegidos por sus propios muros. Los criminales entran por la fuerza, apuntan, amenazan y se llevan a la comunicadora. Es una escena de terror puro que cala hondo en el ánimo colectivo, sembrando un miedo paralizante en cualquiera que la observe. El mensaje implícito es devastador: el santuario ha dejado de existir de forma definitiva.
Durante décadas, el entendimiento tácito de la violencia urbana en México operaba bajo una premisa no escrita: el peligro aguardaba afuera. La calle, la carretera solitaria, el callejón oscuro o el establecimiento nocturno eran los territorios donde se calculaba el riesgo. Al cruzar el umbral de la casa y cerrar la puerta con llave, se experimentaba un suspiro de alivio. El hogar era el reducto inviolable, la fortaleza donde las familias se resguardaban de la hostilidad del mundo exterior.
Sin embargo, de un tiempo para acá, esa frontera psicológica y física se ha ido desmoronado. La delincuencia ha derribado la última línea de defensa del ciudadano común, demostrando que hoy en día ya ni de lejos se puede estar seguro dentro de la propia casa. Ni de noche ni de día.
Este fenómeno de invasión domiciliaria no es un hecho aislado; se ha convertido en una táctica recurrente que exhibe la total impunidad con la que operan los grupos armados en todo el país. Los ejemplos abundan y configuran una geografía del horror doméstico. A principios de este año, en la capital de Colima, la violencia tocó a las puertas de María Eugenia Delgado y Sheila Amezcua Delgado. Ambas mujeres, dedicadas al comercio local, fueron acribilladas en la madrugada dentro de su vivienda en la colonia Placetas Estadio. Ni el parentesco con un alto funcionario de la política federal ni la supuesta tranquilidad de una zona urbana impidieron que los sicarios forzaran la entrada para arrancarles la vida en su refugio más sagrado.
La brutalidad no respeta tampoco las fechas significativas ni la intimidad del descanso. En la comunidad de Los Mancera, en Celaya, Guanajuato, un hombre fue ejecutado a quemarropa la misma noche de Navidad de 2024, sorprendido por un comando que irrumpió violentamente en su recámara mientras dormía. Ese mismo año, en la periferia de Acapulco, la localidad de Tres Palos atestiguó una de las mayores atrocidades de este tipo: cinco miembros de una familia de pequeños empresarios restauranteros fueron masacrados en el interior de su domicilio, el cual posteriormente fue incendiado por los agresores. Estos casos demuestran que las cerraduras, las ventanas y las rejas se han vuelto totalmente obsoletas frente a un poder criminal que no encuentra resistencia alguna.
La pérdida de la seguridad del hogar representa la fase más crítica y dolorosa de la prolongada crisis de violencia que atraviesa el país entero. Cuando los ciudadanos descubren con horror que estar dentro de sus casas, descansando, cenando en familia o ejerciendo con honestidad su profesión, ya no los exime de convertirse en víctimas directas del crimen organizado, el frágil tejido social de la nación termina por fracturarse por completo de manera irreversible.
Ya no se trata únicamente de cuidarse al transitar por la vía pública; el temor se ha mudado a la sala, a la cocina y a las habitaciones principales de nuestros propios inmuebles. Este alarmante giro en el modus operandi criminal evidencia el fracaso más rotundo de las actuales políticas de seguridad pública del Estado mexicano, pues si las autoridades gubernamentales ya no pueden garantizar la vida de las personas bajo su propio techo, la noción misma de orden público se disuelve por completo, dejándonos desamparados.
