La captura de Ismael El Mayo Zambada, en julio de 2024, y la de Ryan Wedding, en enero de 2026, son dos golpes que apuntan al mismo corazón criminal —el Cártel de Sinaloa—, pero narran historias opuestas sobre cómo se ejerce hoy el poder y cómo se comunica. Para entenderlo, conviene volver a Edgar Allan Poe y a La carta robada: a veces lo decisivo no está enterrado en un escondite imposible, sino a plena vista, justamente donde nadie mira.
El operativo contra Zambada fue, desde el primer minuto, una coreografía del silencio. La información llegó a cuentagotas, fragmentada, sin cronología clara ni responsabilidades explícitas. Se cuidó con celo lo que no debía decirse: la participación de Estados Unidos, la arquitectura de inteligencia detrás del golpe, las rutas y los intermediarios. El mensaje implícito fue que el éxito dependía tanto de la eficacia operativa como de la opacidad. La carta existía, pero estaba guardada en el cajón más profundo del escritorio.
Ese estilo no fue casual. Reflejó la impronta de Joe Biden, un presidente cuidadoso de no herir la susceptibilidad mexicana, atento a las formas diplomáticas y a la estabilidad de la relación bilateral. En ese contexto, el silencio no fue sólo táctica policial; fue también cortesía política. O quizá paternalismo.
El caso Wedding, en cambio, operó con una lógica inversa. No porque se haya contado todo —nunca se cuenta todo—, sino porque lo esencial estuvo siempre frente a nosotros. Anuncios públicos, pistas abiertas, un relato que parecía transparente y que, precisamente por eso, pasó sin el escrutinio que suele despertar el secreto. La carta, aquí, no estaba escondida: estaba sobre la repisa, disfrazada de normalidad.
También aquí el estilo importa. La captura de Wedding es coherente con Donald Trump, un presidente despreocupado de consideraciones diplomáticas, poco inclinado a cuidar formas y mucho menos a pedir permiso. Mientras en México se discutía si Estados Unidos haría o no haría un operativo por tierra, si cruzaría o no líneas “sensibles”, el director del FBI, Kash Patel, se metió hasta la cocina y se llevó a Ryan Wedding. Sin rodeos. Sin susurros. Sin explicaciones.
Ambas capturas comparten el objetivo estratégico: golpear la estructura financiera y logística de Sinaloa, presionar a su cadena de mando y enviar señales a socios y rivales. Pero divergen en la puesta en escena y en el cálculo político. En 2024, la discreción fue una forma de control del daño. En 2026, la visibilidad funcionó como anestesia.
Aquí es donde Poe ilumina la comparación. En La carta robada, la policía fracasa porque busca con métodos sofisticados lo que el ladrón dejó a la vista, confiado en que nadie sospecharía de lo obvio. Con Zambada, el Estado apostó a que no viéramos; con Wedding, apostó a que viéramos sin mirar. Dos técnicas distintas para un mismo fin: gobernar la narrativa.
La diferencia no es menor. La opacidad de 2024 produjo sospecha y debate: ¿qué se ocultó?, ¿quién decidió?, ¿qué se concedió? La transparencia aparente de 2026, en cambio, produjo quietud. Cuando todo parece explicado, la curiosidad se apaga. Es una lección incómoda: el secreto convoca preguntas; la visibilidad las disuelve.
También hay una diferencia de fondo en el mensaje de Washington. Con Zambada, la discreción fue deferencia; con Wedding, la exhibición fue demostración de poder. Dos tiempos de una misma relación bilateral, dos maneras de decir lo mismo sin decirlo.
Nada de esto niega la importancia operativa de ambos golpes. Señala, más bien, que la lucha contra el crimen organizado es también una lucha por el sentido. Quién cuenta la historia, cuándo y cómo importa tanto como la historia misma. Al final, la pregunta que dejan los casos Zambada y Wedding no es sólo quién cayó, sino qué aprendimos. Si buscamos la carta donde siempre la hemos buscado, la perderemos otra vez. A veces, para entender lo que pasa, hay que levantar la vista del cajón y mirar la repisa. Allí, a la vista de todos, suele estar lo que más trabajo nos cuesta ver.
