Y luego se extrañan

Suponiendo, sin conceder, que el régimen político se estuviera cerrando, cabría preguntar: ¿quiénes lo han permitido?

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

En semanas recientes he escuchado a connotados opositores hablar de que en México se vive una “restauración autoritaria”.

Se refieren –así lo entiendo– a que el PRI ha ido recuperando espacios de poder, lo cual, estrictamente hablando, es cierto: volvió a la Presidencia de la República, recobró (con la ayuda de sus aliados) la mayoría en la Cámara de Diputados y también varias de las gubernaturas que había perdido contra el PAN y el PRD a partir de 1989.

Es cierto que en Chihuahua, Yucatán, Nayarit y San Luis Potosí, el PRI no sólo regresó a la gubernatura sino ha conseguido retenerla más allá de un periodo.

También es verdad que, este año, el PRI quiere prolongar su hegemonía en Durango, Hidalgo, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz, vigente desde 1929.

Sin duda pueden encontrarse diversos rasgos de autoritarismo en el país, sobre todo a nivel estatal y municipal.

No obstante, cualquiera que haya vivido el México previo a 1988 sabe que todos esos hechos juntos palidecen frente al autoritarismo de aquellos tiempos.

Para intentar una “restauración autoritaria” haría falta suprimir la pluralidad en el Congreso, prohibir las organizaciones no gubernamentales que han proliferado por todo el país, sacar a México de muchos convenios internacionales, cerrar las comisiones de derechos humanos, bloquear el acceso a las redes sociales y adormecer a la opinión pública, entre otras cosas.

Suponiendo, sin conceder, que el régimen político se estuviera cerrando, cabría preguntar: ¿quiénes lo han permitido?

Esos opositores, que se quejan de la “restauración autoritaria” tendrían que admitir que ellos mismos han facilitado que el PRI vuelva a las andadas.

Lo estamos viendo en estos días. Uno podrá simpatizar con el PRI o aborrecerlo, pero sólo un iluso puede negar que los priistas han actuado en los últimos meses con una enorme disciplina interna, incluso en medio del túnel oscurísimo en el que el oficialismo se metió a partir de septiembre de 2014.

A diferencia del partido de gobierno, los de oposición reaccionan con pugnas internas, que hacen públicas, cuando enfrentan cuestionamientos desde fuera.

Así pasó con el PAN cuando se conoció la fiesta de sus diputados en Puerto Vallarta; el PRD, ante el caso Ayotzinapa; el PAN, con la revelación de que la legisladora sinaloense Lucero Sánchez está ligada con El Chapo Guzmán, y el PRD, frente los conflictos por la inseguridad en Morelos.

Ahora, ambos partidos, el PAN y el PRD, no sólo están peleando en lo interno sino además el uno contra el otro, por el tema de las alianzas electorales en los estados.

¿Es así como esperan ganarle al PRI y contribuir a revertir la “regresión autoritaria”?

¿De quién fue la culpa de la derrota del PAN en Sonora, si no del gobernador Guillermo Padrés? ¿Y la del PRD en Guerrero, no habría que atribuírsela a Ángel Aguirre?

Por supuesto que en el PRI no son almas de la caridad. Pelean por el poder, como cualquier partido político. Incluso –no debe negarse–, golpean abajo de la cintura cuando se sienten en dificultades.

Pero la oposición tiene pocas opciones frente a eso: o se pone al tú por tú con el PRI o logra probar que ese partido ha incurrido en ilegalidades que pueden ser tumbadas en los tribunales electorales, como ya lo hizo el PAN en Colima el año pasado.

De otra forma, los opositores no tendrán a quién culpar de sus derrotas en junio próximo sino a sí mismos: a sus interminables pleitos internos, a la renuncia a sus banderas originales y a su ingenuidad.

Si creyeron que el viejo partido de Estado iba a meterse solo en la tumba después de su expulsión de la Presidencia en 2000, ya vieron que estaban equivocados.

Pero no deben preocuparse por la “restauración autoritaria”, pues en México existe una sociedad consciente que no permitiría eso jamás. Ni al PRI ni a nadie más.

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