Reino desunido

Poco más de cuatro millones de personas, de 16 años de edad y más, votarán el próximo jueves sí o no a una pregunta sencilla, pero que entraña una gran complejidad: “¿Debe Escocia convertirse en un país independiente?” Las encuestas más recientes muestran a ...

Poco más de cuatro millones de personas, de 16 años de edad y más, votarán el próximo jueves sí o no a una pregunta sencilla, pero que entraña una gran complejidad: “¿Debe Escocia convertirse en un país independiente?”

Las encuestas más recientes muestran a los residentes en Escocia —que son quienes votarán, al margen de dónde hayan nacido— ligeramente inclinados hacia la opción independentista. La de la firma YouGov, que se dio a conocer apenas el domingo, da dos puntos de ventaja al sí (51%-49%).

Un triunfo del sí podría significar la separación de este territorio del Reino Unido —el tercio septentrional de la isla de Gran Bretaña—, lo que pondría fin a una integración que data de 1707 y que nunca ha sido del total agrado de los escoceses.

En 1979, escoceses y galeses fueron convocados a procesos de referéndum similares. Y mientras los segundos rechazaron de manera abrumadora la separación, los primeros votaron mayoritariamente por ella, aunque la baja participación del electorado anuló el ejercicio.

La creación de un país llamado Escocia, que tendría unos 78 mil kilómetros cuadrados (poco más grande que Zacatecas) y alrededor de 5.3 millones de habitantes, tendría gran cantidad de repercusiones, desde lo trivial hasta lo global.

Para comenzar, la bandera británica, conocida como Union Jack, quizá tendría que rediseñarse, pues fue confeccionada en 1801 sobreponiendo la muy inglesa cruz de San Jorge sobre las cruces de San Andrés (emblema de Escocia) y San Patricio (emblema de Irlanda).

La separación crearía una frontera terrestre de 97 kilómetros de largo dentro de la Gran Bretaña, que dividiría Escocia de Inglaterra y el resto del Reino Unido, del que también seguirían siendo parte Gales e Irlanda del Norte.

Escocia no podría ingresar automáticamente en la Unión Europea sino que tendría que solicitar su adhesión. Y aunque los independentistas han sugerido que la libra esterlina pudiera ser la moneda común del Reino Unido y Escocia, esa opción no está del todo clara y ha sido calificada por varios economistas como receta para el desastre.

Y ahí comienzan las repercusiones globales, que han comenzado a sentirse mucho antes del referéndum del 18 de septiembre, convocado por el Partido Nacional Escocés luego de ganar la mayoría en el semiautónomo parlamento local en 2011.

La posibilidad de que Escocia se independice y salga del Reino Unido ha asustado a los mercados y ha puesto en tobogán a la libra esterlina. Esta semana la moneda británica llegó al nivel más bajo frente al dólar en los últimos diez meses.

La debilidad de la libra esterlina tiene que ver con la compra de coberturas para protegerse contra fluctuaciones abruptas en el tipo de cambio, pero también con la perspectiva de que el Banco de Inglaterra retrase más, ante lo que pueda decidir el electorado escocés, un aumento en las tasas de interés.

Además, centros de análisis como el del Deutsche Bank han pronosticado que la independencia de Escocia podría “descarrilar fácilmente la recuperación económica del Reino Unido”.

Por su parte, la empresa europea de servicios financieros Société Générale informó que los inversionistas ya estaban retirando dinero depositado en fondos de inversión británicos.

Encima del daño que la independencia escocesa podría provocar a uno de los motores de la economía mundial, de dividirse el Reino Unido, éste perdería estatura como potencia, al tiempo que se incrementarían las tendencias al nativismo que ya son evidentes en el panorama político británico.

La independencia de Escocia podría poner en duda el futuro del Reino Unido en Europa y el destino mismo de la Unión Europea.

¿Por qué? Está programado que en 2017 los británicos voten en un referéndum sobre si su país debe permanecer en la UE, de acuerdo con un iniciativa de ley que está en el Parlamento. Ésta podría ser aprobada en caso de que el Partido Conservador, del primer ministro británico David Cameron, vuelva a encabezar el gobierno como resultado de las próximas elecciones generales, que tendrán que realizarse a más tardar en mayo de 2015.

Los escoceses han sido más proeuropeos que el resto de los británicos. ¿Qué pasaría, entonces, si Escocia se independiza en marzo de 2016 y los escoceses no pueden participar en dicha votación?

Ante este conjunto ominoso de perspectivas para su país, Cameron se puso al frente de la campaña por el no. Hasta ahora, el primer ministro había evitado meterse de lleno en el tema, en parte porque el Partido Conservador es muy impopular en Escocia (la enorme mayoría de los escaños que corresponden a distritos escoceses en el Parlamento británico son representados por la oposición laborista).

El miércoles, en Edimburgo, Cameron lanzó un ruego a los escoceses para permanecer en el Reino Unido. “Me romperían el corazón si decidieran irse”, dijo en un discurso el primer ministro.

Pero es justamente la desconfianza que producen los conservadores en Escocia lo que ha alimentado esta nueva ola de secesionismo.

El jueves veremos si al final pesaron más las advertencias que llegan de todas partes sobre lo mal que la podría pasar económicamente Escocia si decide independizarse o el rechazo al elitismo londinense que campea al norte del río Tweed.

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