Tramas de diván VIII. El sacrificio…
Al sacrificio se le ha desvirtuado en lo sublime y lo material. Porque, si bien se ha perdido cierta credibilidad en las deidades, no por ello deja de seguir estando en boga en asuntos mucho más mundanos.
Bien están los buenos pensamientos, pero resultan
tan livianos como burbuja de jabón si no los sigue
el esfuerzo para concretarlos en acción.
Gaspar Melchor de Jovellanos
El sacrificio es la destrucción de un bien o la renuncia a él en honor a la divinidad. Su objetivo es la purificación, es decir, la liberación de cualquier culpa o pecado y, también, la consagración, cuyo fin resulta en persuadir a la divinidad para que conceda su protección a la cosa o a la persona que se consagra. Sea cual fuere su objetivo, las más de las veces, su carácter es simbólico, un tanto místico y muy arraigado a las creencias heredadas de las diferentes culturas.
Al sacrificio se le ha desvirtuado en lo sublime y lo material. Porque, si bien se ha perdido cierta credibilidad en las deidades, no por ello deja de seguir estando en boga en asuntos mucho más mundanos. Lo curioso es —y quizá siempre ha sido— que no se ha terminado de entender lo que el sacrificio significa, y se lo digo porque muchos de ellos, la mayoría de los que terminan en tramas de diván, han equivocado a favor de quien o en honor de quien se realiza tan noble acción. Me refiero a todos esos argumentos que se sostienen en sacrificios y que, a la larga, se convierten en quejas permanentes y en la espera interminable de retribuciones que nunca llegan ni llegarán.
Al sacrificado en nombre del amor, de la familia, del trabajo, de la belleza, de lo que fuera, se le olvida que su entrega ha sido una elección unilateral que poco o nada tiene que ver con las deidades, sino más bien con un deseo, una convicción, una tendencia y hasta con una necesidad meramente personal. No, no espere que se le retribuya ningún sacrificio dedicado a los mortales ni a los materiales, así no funcionan los sacrificios. Mejor enfóquese en procurar para sí mismo aquello que profundamente necesite en su individualidad y no equivoque nunca sus honores ni sus deidades.
El sacrificio más noble al que puede enraizarse en lo humano es aquel que se encamine a sí mismo, para su propia conservación y, como bien dirían los estoicos, esto no se llamaría sacrificio, sino esfuerzo. La RAE también confunde el esfuerzo y el sacrificio, sin embargo, hace falta asirse a la filosofía y delimitar los alcances de cada uno, porque, no, no son lo mismo y en la psicología humana dicha confusión adormece la claridad del riesgo, la renuncia del sacrificio no es y nunca será la resistencia que implica el esfuerzo.
El esfuerzo es la actividad dirigida a vencer un obstáculo o una resistencia cualquiera. Es obligarse a sí mismo a hacer algo para lo que se necesite mucha fuerza física o aplicar intensamente la inteligencia, la voluntad o cualquier facultad espiritual. El esfuerzo nos coloca como responsables, nunca como víctimas y mucho menos como escaramuzas del destino de los designios de una deidad que poco o nada tiene que ver con las afrontas personales de cada uno. La vida no funciona así, ni siquiera la fe opera de esa manera. La fe es creencia irrefutable, es confianza absoluta, la fe no se queja, no duele, no hace reproche, no merma, no cansa…
Mejor elija el esfuerzo personal, que deja siempre un alto margen de maniobra en la libertad de elección, mejor elija a sus deidades para sí en un marco de fe como corresponde y no ceda esa magnificencia a ningún mortal que la excusa, mejor entréguese a las causas que dependan de usted, de su voluntad y certeza, mejor, mucho mejor… elíjase frente a los otros en los esfuerzos desmedidos y, cuando elija dar, dé, y dé sin miramientos, sin esperar retribución alguna, sin mendigar la atención, el cariño, el respeto, la consideración o el reconocimiento, cada cual da lo que puede o lo que quiere, según su criterio, valía y consideración hacia sí mismo. Recuerde que es usted quien elige sus renuncias y sus resistencias porque es también el único que sabrá valorarlas, mejor que sean a su favor y que todas ellas le conviertan en un mejor ser humano. Como siempre, usted elige.
¡Felices tramas, felices vidas!
