Tramas de diván VII. Lealtades
Las lealtades viven en el pensamiento, en lo que nos decimos a nosotros mismos, en la amplitud o la estrechez con los que elegimos mirar la realidad
La lealtad tiene un corazón tranquilo.
William Shakespeare
La lealtad se define como la cualidad de leal, como legalidad, verdad y realidad; leal, por su parte, se define como aquel que guarda a alguien o a algo la debida fidelidad (…), donde fiel, a su vez, significa que guarda fe o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él (…). Así, si hablamos de lealtades, estamos obligados a hablar también de fidelidad, de verdad y de realidad. La lealtad va más allá de ser una virtud, se trata de la formación de nuestros modelos mentales, se trata de la manera que tenemos de ver, sentir y experimentar el mundo, se trata de cómo nos relacionamos, se trata de límites autoimpuestos, del autoboicot, de la procrastinación, y se trata también de la libertad física y mental, del logro de objetivos, de la elección de nuestros entornos y personas, de la paz mental y de la higiene en la toma de decisiones libres, auténticas y autónomas. Como bien decía Chesterton, es difícil dar o hacer una definición clara de tan amplio término, quizá la lealtad, como bien dice, sea simplemente el sentimiento que nos guía en presencia de una obligación no definida.
Lo cierto es que las lealtades se convierten en tramas de diván cuando nos lastiman, cuando no son bien gestionadas, ya sea porque no se les entiende o porque no se sabe que son producto del material morfogenético o heredadas a través del inconsciente colectivo familiar o, simplemente, porque nos las han hecho creer y nos obstaculizan casi sin darnos cuenta.
Y, de todas las lealtades, las más agresivas son las lealtades familiares, las lealtades invisibles, ésas que se conforman de códigos, creencias e inhibiciones que constituyen nuestra manera de considerarnos y comportarnos respecto a nuestra realidad emocional, y también son ésas que se basan en el compromiso y en el apego emocional y que se sustentan en la confianza, en la satisfacción y la identificación con valores y objetivos comunes casi inconscientes o irreflexivos. Estas lealtades importan porque están ahí entrelazadas en nuestra historia, en sus verdades, en sus medias verdades, en sus interpretaciones, sus recuerdos, sus silencios, sus tantos miedos y sentencias. Son esa parte de la historia que nos acompaña, aunque ya no sea nuestra ni del ayer ni del presente ni del futuro inminente, pero que está ahí en nuestra psique y que determina —si lo permitimos— nuestra experiencia vital.
Y no, tampoco se trata de un exorcismo metafísico ni de ofrecer una resistencia mordaz, se trata, más bien, de hacer un ejercicio consciente con base en la realidad de nuestras propias experiencias y del origen de nuestras creencias limitantes, se trata de atender los inconclusos, se trata de hilar finamente la lógica y de desafiar nuestros propios comportamientos, hábitos y elecciones inmediatas. Se trata de razonar los orígenes y de actuar en consecuencia del presente y de lo que queremos de nosotros mismos en un futuro.
Las lealtades viven en el pensamiento, en lo que nos decimos a nosotros mismos, en la amplitud o la estrechez con los que elegimos mirar la realidad y, sobre todo, en los límites que nos imponemos a nosotros mismos al momento de elegir. No se puede elegir delimitados por creencias o miedos que no nos pertenecen, insisto, hay que reflexionar, razonar y redefinir, porque quien redefine, resuelve. Sí, resuelve las sombras de su propia herencia y se reivindica a sí mismo en su derecho de ser y de existir en su propia experiencia. La resignificación nos permite cambiar la interpretación de un evento pasado y mejorar el bienestar presente, se trata de comprender y entender lo creído de formas nuevas, se trata de situar en la realidad histórica lo aprendido y reinterpretarlo, desecharlo o transformarlo en algo nuevo en el presente.
Recuerde que la lealtad se ciñe a la fidelidad y que ambos conceptos deben verificarse en la realidad objetiva, si sus lealtades no le benefician es su responsabilidad delimitarlas, resignificarlas y transformarlas, sólo usted puede decidir repetir las experiencias de otros o crear las que le son propias, ésas que hablen de usted, ésas que dejen una impronta positiva, veraz y significativa para su vida y las generaciones futuras. Porque nada puede obligarle a ser lo que usted mismo no haya elegido. Como siempre, usted elige. ¡Felices tramas, felices vidas!
