Reflexiones III. Los buenos determinantes
Las decisiones no se toman cuando el estado mental y emocional no es el correcto
Evitad las decisiones desesperadas; pasará el día más tenebroso si tenéis valor para vivir hasta el día siguiente.
Charles Dickens
Todos deberíamos aprender en la vida a ser pacientes. Pacientes con los demás y con las circunstancias que salen de nuestro control y, sobre todo, pacientes con uno mismo… Pacientes con los días que no resultan ser tan buenos, con esos momentos que parece que algo nos hierve por dentro, esos donde la frustración, la ira, el enojo o la tristeza parecen imbricarse en una red que nos impide visualizar con claridad el punto de equilibrio en la realidad que estemos viviendo.
Esos momentos donde quisiéramos dejarlo todo y salir con lo puesto sin mirar atrás, ésos dónde solemos reflexionar sobre nuestro futuro, ésos donde decimos esto nunca más, o donde solemos encontrar un patrón personal de comportamiento que nos lleva de nuevo a ese estado del que hemos elegido salir una y mil veces… Y ocurre lo mismo en los picos de felicidad absoluta, en los sí, en los para siempre. No importa en cuál de los extremos estemos, cuando se trata de tomar decisiones importantes, no debemos de elegir, aun cuando sea eso que creemos y sentimos querer para siempre. Lo cierto es que la vida no se trata de nunca más, y mucho menos de para siempre, sino simplemente de decir no o de decir sí, de poner un límite o de no ponerlo, de comprometerse y responsabilizarse o de no hacerlo, porque todo, al final, depende de las decisiones que tomemos y de la severidad de esa determinación. La vida es un elegir y un decidir continúo, en el que no siempre se tienen todas las garantías ni tampoco la seguridad plena de que lo que hayamos elegido en su momento haya sido lo mejor, pero hay que decidir, con lo que sabemos, con lo que tenemos y con lo que podamos ir sumando de conocimiento, pero hay que elegir, y aun sin elegir habremos elegido.
Lo que siempre podemos hacer es tener claro tres premisas: una, que cada elección trae consigo consecuencias; dos, que cada elección se toma en un momento determinado con lo que se sabía hasta ese entonces y que posiblemente en aquel momento lo hicimos lo mejor que pudimos; y tres, que las decisiones nunca han de tomarse bajo ciertos estados anímicos, es decir enojados o tristes o exultantes de felicidad o en un momento donde nuestro estado mental y emocional no sea el correcto.
Este último punto es, quizá, el más complejo de todos porque muchas veces debemos decidir desde ese lugar emocional con la intención de dejar de estar en él o de quedarse ahí, y así; la vida tiene esos laberintos; por eso, lo mejor será tomar la decisión más justa y ecológica posible, ésa que menos nos afecte a nosotros mismos y al otro, de ahí la importancia de tener una escala de prioridades, valores y principios bien establecidos, porque es en esos momentos de la vida dónde a falta de nitidez mental pueda echarse mano de aquello que nos es propio, aquello en lo que creemos y aquello que hemos comprobado que nos hace bien.
Por eso, hoy le invito a tomar las decisiones más importantes de su vida en un punto de equilibrio mental y emocional, sin picos de ninguna otra índole, fuera de los extremos, elija desde un lugar óptimo. Hágalo con una visión de futuro que pueda siempre perfeccionar o mejorar algo de su pasado y asegúrese que sea la mejor decisión de su presente en la circunstancia que le ocupe. Créame, la vida sí depende de sus decisiones, de cómo las haya hecho y con base en qué las haya tomado, domine ese arte de decidir sobre su vida, porque las consecuencias de una decisión no dependen muchas veces de la importancia de la decisión en sí, sino de la repercusión de esa decisión. Si es importante, sea paciente, procure tomarse esos cinco minutos de reflexión o asirse a sus valores en caso de suma urgencia, porque sí… siempre puede ser que eso le cambie la vida. Como siempre, usted elige.
