Puntos de partida IV. La libertad

La libertad de la que yo le hablo es la ausencia de ataduras al pensamiento, a la capacidad de seleccionar disciplinadamente lo que mejor conviene a su vida, lo que le es pertinente y necesario, más allá de la emoción, la incomodidad...

La libertad es la obediencia a la ley

que uno mismo se ha trazado.

Jean-Jacques Rousseau

La libertad, en su descripción parca, es simplemente la ausencia de ataduras… La libertad no es, como muchos creen o desearían creer, hacer lo que les venga en gana. Subordinar la razón a las apetencias nos convierte también en esclavos, y no hay peor esclavitud que serlo de uno mismo en sus más bajas pasiones, en la ansiedad de la inmediatez, en las exigencias ajenas que lo obnubilan a uno, o en sus más sensibles debilidades.

La libertad de la que yo le hablo es la ausencia de ataduras al pensamiento, a la capacidad de seleccionar disciplinadamente lo que mejor conviene a su vida, lo que le es pertinente y necesario, más allá de la emoción, la incomodidad e, incluso, el sufrimiento. Se lo digo porque el mejor amigo de la libertad y su mejor aliado es la disciplina y, si hablamos de puntos de partida, si nos hemos comprometido con un propósito, una filosofía de vida y una disposición al logro de ese cometido, hace falta también asumir el costo de la libertad, que implica seleccionar esos compromisos. Como ya se lo mencioné con anterioridad: las mayores limitantes de nuestras conquistas no son aquellos factores que no podemos controlar, sino aquellos que, pudiendo controlar, no controlamos.

La libertad y la disciplina son indispensables para controlar aquellos dos únicos factores sobre los que tenemos total injerencia: nuestras percepciones y nuestras acciones. Me centraré entonces en la libertad y la disciplina, que son las que determinarán el éxito o el fracaso de todo lo pautado.

La libertad es lo más grande que tenemos los seres humanos y se sorprendería de lo libres que se sienten los esclavos en las épocas modernas, sí, esos esclavos de la inmediatez, del absurdo y mal uso que dan a las tecnologías, del exceso de desinformación, de las apariencias, en fin… esclavos de todo aquello que no pueden controlar y que se aferran asiduamente en formar parte. Las frustraciones, el estrés, la ansiedad, la codependencia, la depresión y la insatisfacción no son más que el resultado directo de seguir las reglas y las pautas de algo o de alguien más, y es triste porque nunca como hoy fuimos ni tan ni más libres para elegir y, sobre todo, para elegirnos a nosotros mismos y convertirnos en nuestro propio ideal.

Qué enferma manía de soltarse de uno mismo y de vivir al ritmo de lo ajeno. Y, sin embargo, eso también es cuestión de elegir y es también un proceso de libre elección y muy respetable. Mi misión no es, insisto, controlar lo que sé que no puedo controlar y, en la medida de lo posible, la opinión sin juicios que esgrimo no es más que también mi derecho de elegir cambiar la perspectiva de una realidad que, para mí, tiene mucho más que ofrecernos a todos para ser mejores con uno mismo y con todo y todos los que nos rodean. La libertad es el estado de rebeldía que asumimos contra las esclavitudes y a favor del derecho pleno que tenemos de elegir dónde y por qué ponemos nuestra atención y nos hacemos presentes.

Y eso nos conduce, a su vez, al cambio en nuestras acciones, que si bien la perspectiva necesita libertad para superar las esclavitudes, la disciplina se necesita para combatir las tendencias de los hábitos arraigados, de las acciones inconscientes, de los arrebatos… de la falta de autocontrol en uno mismo. Y no tendría que ser algo tan difícil ni complejo si hemos sido nosotros mismos quienes hemos podido elegir ese propósito y esa filosofía personal y, mucho menos, si estamos dispuestos a realizar tan noble labor que nuestra vida merece.

Por eso, mi querido lector, le invito a elegirse a usted una vez más, sin ser éste un acto egoísta, sino necesario para su vida, su dignidad y el valor que le da a su propia existencia en el agradecimiento infinito de estar aquí. Porque, créame, la vida se vive mejor al amparo de nuestro propio afán diario, comprometidos y enfocados en el presente, que es el único tiempo real sobre el que podemos actuar. Como siempre, usted elige.

¡Felices pautas, felices vidas!

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