Puntos de partida III. La disposición

La realidad es una cosa; nuestra percepción, otra

La libertad es la obediencia

a la ley que uno mismo se ha trazado.

Jean-Jacques Rousseau

Las mayores limitantes de nuestras conquistas no son aquellos factores que no podemos controlar, sino aquellos que, pudiendo controlar, no controlamos. La filosofía del estoicismo lo explica muy bien con el principio de la dicotomía del control, en él se distingue lo que depende de nosotros y podemos controlar y lo que no; aquello que podemos controlar se resume en dos: nuestras percepciones y nuestras acciones.

La realidad es una cosa; nuestra percepción, otra, la realidad es lo que es, la percepción es la manera en la que interpretamos cada uno esa realidad. Esa realidad que percibimos es el resultado de las experiencias de nuestra vida, de nuestras creencias y maneras de ver el mundo. Así, nada podrá cambiar en la realidad si no cambiamos también ese filtro desde el cual la interpretamos, si no nos exigimos a nosotros mismos cuestionar esas interpretaciones y reemplazarlas por otras que nos permitan ir más allá de lo propio y de lo impuesto, otras que nos permitan ser y sentirnos más libres para ejecutar esas acciones que nos den acceso a aquello que nos hemos propuesto.

Los puntos de partida necesitan un propósito y una filosofía propia para cumplir con ese cometido y también, un tercer paso: la disposición. La disposición es la aptitud para alcanzar un fin, —y señala la Real Academia— la gallardía y la gentileza en la persona, el desembarazo, la soltura en preparar y despachar algo a su cargo y el medio que se emplea para ejecutar un propósito para evitar o atenuar un mal.

Así, la disposición es esa aptitud para hacernos cargo de lo que podemos controlar y que, además, somos responsables en nuestra vida, nuestras percepciones y nuestras acciones. Se lo digo porque se pierde demasiado tiempo en los enfoques equivocados, en los esfuerzos y acciones que no tienen ni tendrán ninguna recompensa y en la negación ante la realidad tan basta, diferente e incontrolable que tenemos frente a nosotros, la realidad del mundo, de las circunstancias, de los otros.

Si queremos cambiar nuestra realidad, debemos empezar por cambiarnos a nosotros mismos, y ésa es la parte más compleja de todas, porque no es sólo una elección, sino una profunda disposición a la renuncia y a la adquisición de nuevos compromisos y disciplinas. La renuncia mayor es a uno mismo, a lo que se era, se pensó, se creyó y se sintió que se era, porque cuando uno elige cambiar, si algo tiene claro, es que puede ser otro, alguien mejor y, esto último, sólo si tiene un propósito y una filosofía. El que decide cambiar, simplemente actúa, cambia.

Cambiarnos a nosotros mismos es exactamente eso, tener la disposición de cambiar lo que podemos controlar, nuestras percepciones, nuestras acciones y alinearlas a ese propósito y a ese fin, comprometiéndonos y disciplinándonos en esos preceptos que hayamos elegido como filosofía propia. A partir de ahí tendremos que gestionar la vida como sea que venga y confiar en nosotros mismos y en esa disponibilidad de adecuación a los cambios que la vida elegida y la realidad exigen. Por eso, mi querido lector, como siempre le digo, el cambio no es para todos, es sólo para aquellos que están dispuestos a hacer lo que sus deseos le exigen. Y no, no es la realidad la que podremos cambiar, sino la manera en la que la observamos, la percibimos y, sobre todo, desde la cual deseamos vivirla.

Y uno vive mejor cuando se vive a sí mismo desde un mejor concepto personal, ése que haya elegido sólo usted para sí mismo, ése que haya construido desde su propia experiencia, alejado de todo juicio, creencia o imposición, ése que se le haya revelado en su esencia, en sus más profundos deseos y expectativas personales… ése que le haya exigido tanto trabajo interno que nada ni nadie pueda destruirlo. Como siempre, usted elige. ¡Felices partidas, felices vidas!

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