Lo importante III. Pensarse y pensar

Pensar es como vivir dos veces. CicerónPara pensar tenemos casi todo en contra. En primer lugar, dice la neurociencia, al cerebro no le gusta pensar, es más bien de estar cómodo con lo que tiene y dedicarse básicamente a mantenernos ...

                Pensar es como vivir dos veces. Cicerón

Para pensar tenemos casi todo en contra. En primer lugar, dice la neurociencia, al cerebro no le gusta pensar, es más bien de estar cómodo con lo que tiene y dedicarse básicamente a mantenernos a salvo y funcionando biológicamente; en segundo, la inercia de lo conocido, no es que no sepamos hacerlo o que, al hacerlo, como decía Ortega, lo hagamos mal; el tercero es, que la mayoría de las veces, cuando lo hacemos, es más para maquinar defensas del ego, rumiar el pensamiento o crear justificaciones reaccionarias que pretenden defender la imagen que tenemos de nosotros. Estas tres razones, para empezar, ofrecen un panorama lo suficientemente mordaz para no motivarnos.

Pensar y hacerlo bien requiere de nosotros mucho más que la voluntad. Porque, además, pensar no tiene ninguna gratificación fuera de la que puede ofrecernos a nosotros el hacerlo. La conflictividad, el deseo de superarnos o simplemente de tener una buena vida o ser dueños de nuestro destino va a existir siempre, pensar es una labor irrenunciable para gestionarnos a nosotros y a la vida. Sin embargo, contrario a lo que pueda pensarse, no basta con pensar sólo en las situaciones más importantes de nuestra vida. Convertirse en un buen pensador es una labor ordinaria que convierte ese cotidiano en extraordinario, pero, sobre todo, pensar se trata de elegir, de entre esos pensamientos, aquellos que vayan a favor de nosotros mismos y nuestros objetivos, es decir, aquellos que nos coloquen en una buena posición en nuestro presente y en función de nuestro futuro.

Y, como en todo, hay inconvenientes para pensar bien, el primero es cómo pensamos sobre nosotros, qué es lo que domina ese pensamiento. La filosofía y, básicamente, cualquier ciencia, coincide en la importancia de una mente fuerte. Tenerla es el autocontrol personal, es conocer y encauzar nuestro propio pensamiento evitando —en la medida de lo posible— actuar desde lo más primario y reactivo de nosotros mismos… ésa es la tarea más compleja. El autoconocimiento personal que nos permita vencer la parte subversiva inmediata e irracional producto de la inercia de lo conocido, del ego, de las emociones propias y de la defensa ciega a los grupos de pertenencia.

Nuestros pensamientos modelan nuestra vida y afectan directamente, para bien o mal, cómo nos sentimos, nos comportamos y cómo elegimos. El pensamiento decide cómo interpretamos las situaciones, el diálogo interno, lo que nos decimos a nosotros, alimenta también la tendencia positiva o negativa del propio pensamiento y, por último, los pensamientos tienen el poder de cambiar nuestros estados de ánimo. Si pone atención, el poder del pensamiento tiene más relación con nosotros y nuestro desempeño que con las circunstancias o problemas. La base fundamental que sostiene un pensamiento claro de otro que no lo es tanto radica en la capacidad personal de discernir, a través del autoconocimiento, la realidad objetiva, de nuestras percepciones, juicios, opiniones, conductas aprendidas, debilidades, fortalezas, emociones o sentimientos.

Así, la importancia de nuestros pensamientos radica en la capacidad para influir en nuestras emociones y acciones. Para esta tarea es necesario conocerse a uno mismo y poner en práctica ese conocimiento, entender que debemos generar nuevos hábitos, romper con lo conocido e ir a contra corriente de nuestra racionalidad arraigada, incorporar nuevos conocimientos, habilidades y prácticas. Elegir nuestros pensamientos y su dirección para nuestro beneficio, no siempre irá alineado a la mayoría ni a las consideraciones ajenas y, muchas veces, tampoco con lo que desearíamos.

El pensar bien está directamente relacionado con el pensarnos a nosotros, con la responsabilidad asumida de desarrollar nuestras capacidades y de gestionar nuestras incapacidades y de la forma en la que racionalizamos el gobierno de nuestras acciones; con el autocontrol de miedos, deseos y emociones, y con la seguridad en uno mismo de saberse capaz y valioso. No hay justificación que valga frente a este conocimiento, pero, tampoco, respuesta más agradable que sabernos únicos propietarios de ese poder de cambiar nuestro pensamiento, destino y vida. Como siempre, usted elige. ¡Felices importancias, felices vidas!

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