Las fuentes del mal III… Neuroticismo
El neurótico padece de angustia y angustia a todos a su paso
Toda la propaganda de guerra, todos los gritos y mentiras y odio,
provienen invariablemente de gente que no está luchando.
George Orwell
La neurosis tiene mal cartel… es de esos términos que se han dejado aparcados en el anaquel del desprestigio lingüístico, y no por que carezca de importancia, sino por su amplio espectro. Desde Hipócrates hasta nuestros tiempos no ha perdido vigencia, pero la modernidad tiene cierta tendencia a suavizar las palabras a fin de minimizar sus impactos… aunque la ansiedad o la depresión, tan normalizada en nuestros días, no deje de ser parte de la histeria o neurosis de antaño.
El neuroticismo o neurosis es un rasgo de la personalidad en el que existe una tendencia crónica a permanecer en un estado emocional negativo o ansioso, donde se experimentan estados de ánimo depresivos, sentimientos de culpa, envidia, ira y ansiedad con mayor frecuencia y gravedad que en otras personas. No tiene un origen claro ni físico ni mental específico, ni un componente hereditario, comprobable en la norma. La neurosis tiene diferentes grados y tratamientos. En sus generales no es un padecimiento incapacitante, sino más bien, un rasgo de personalidad funcional, ya que no existe ningún aspecto que los separe de la realidad como pudiese ocurrir en una psicosis.
No pretendo tratar aquí las neurosis graves o aquellas que devienen en algún trastorno mental, pero sí la neurosis funcional, y de ella la del neuroticismo voluntario, ese personaje irascible incapaz de controlarse a sí mismo en las medianías de lo cotidiano. Ésos que responden de manera irracional, insensible y fuera de toda proporción entre el estímulo y su respuesta. Ellos son una fuente del mal en toda regla; primero, porque son conscientes del mal que padecen y segundo, porque se sienten con el derecho para ejercer el mal que causan.
Los neuróticos funcionales –y, digo yo, voluntarios– son aquellos que se caracterizan por su mala leche a perpetuidad, los negativos acérrimos, los que responden a gritos, los de mecha corta… los que hacen de cualquier nimiedad un verdadero drama; esos que, además, se regocijan en el maltrato, incapaces de canalizar su tan desafortunado temperamento. Los estudiosos sobre este perfil consideran que la mayor afectación radica en su ego y deriva en la incapacidad de adaptarse a su entorno, modificar patrones y desarrollar una personalidad satisfactoria.
Y lo grave, insisto, no es la neurosis, que tratada puede controlarse, el problema es que vivimos en sociedades donde estos rasgos se incrementan. Personas que conservan el juicio de realidad, conscientes de su angustia y de la culpa que deriva de sus actitudes inapropiadas; personas que exigen y demandan aprobación, amor y afecto, que reaccionan desproporcionadamente frente una negativa, personas que se conducen con hostilidad, que transitan con baja autoestima encubierta en bravura… Y no, no es que no comprendan, no es que no puedan… sino que simplemente no quieren cambiar, no quieren reconocer el daño que causan y no quieren, tampoco, hacerse responsables.
El neurótico padece de angustia y angustia a todos a su paso, y podemos seguir siendo benevolentes, comprensivos y seguir callando las inclemencias de su conducta… o podemos dejar de ser cómplices de la violencia que generan. No podemos seguir normalizando el neuroticismo voluntario, no podemos seguir permitiendo las faltas de respeto, el trato inhumano, o justificando su comportamiento feroz en una infancia malograda, en sus malas decisiones, o en los acontecimientos de su pasado, tampoco en sus deseos inacabados o en su destino o su mala suerte…
En la vida adulta somos responsables de sanar nuestras heridas, de educar nuestro carácter, de controlar nuestro temperamento, de elegir nuestros destinos, de combatir las circunstancias y de enfrentar nuestros miedos y amenazas. Los demás no pueden resolver o gestionar nuestros daños, aun cuando en mayor o menor medida hayan sido responsables… la vida adulta nos otorga ese derecho y ese deber de elegir. Pero cómplices no, mi querido lector, ser cómplices nos convierte también en verdugos de la sociedad. Nadie dice que sea fácil, pero sí necesario. Como siempre, usted elige.
¡Felices fuentes, felices vidas!
