Las fuentes del mal I… Conjeturas

Nos debemos siempre un tiempo de reflexión frente a lo que no sea un hecho real y fidedigno, comprobable, demostrable y, a todas luces y penumbras, verdadero y, aun así, dudemos, porque no lo sabemos todo, nadie lo sabe…

                Si conociéramos el verdadero fondo de todo,

                tendríamos compasión hasta de las estrellas.

                Graham Greene

Viven sin vivir y sin dejar vivir aquellos que, a toda costa, pretenden hacer de las nimiedades verdaderos conflictos; aquellos que, escondidos bajo los velos de sus grandes temores, atizan las dudas de los calmos, esos que tanto mal arremeten en sus dialécticas de preocupación pudibunda o aquellos que, en su afán de creer saberlo todo, niegan la existencia de alguna contradicción o idea más realista que la que ofrece el límite de su pensamiento… ¡Con cuánto atrevimiento se conduce tantas veces la ignorancia... qué ignominia!

Y sí, así viven, como fuentes del mal. Así llamo yo a esos insurrectos de la tranquilidad propia y ajena, a esos que, mediante susurros o alzando la voz, viven absortos y embebidos en sus fantasías que insisten en creer como verdades irrefutables. No sé yo cuántas veces habré de insistir en la profunda necesidad que nos debemos a nosotros mismos de cuestionar y analizar la información que administramos. Propia o ajena, nos debemos siempre un tiempo de reflexión frente a lo que no sea un hecho real y fidedigno, comprobable, demostrable y, a todas luces y penumbras, verdadero y, aun así, dudemos, porque no lo sabemos todo, nadie lo sabe… sabemos lo que sabemos, si lo sabemos, en tiempo presente… el futuro siempre puede cambiar los destinos del conocimiento e, incluso, de la verdad.

No me malinterprete, si lo estaba pensando… asumo que sí… la fe es otra cosa, la fe es fe porque sucede más allá de la razón y roza, felizmente, la majestuosidad infinita, incluso para el que siente absoluta certeza de su existencia. Yo hablo más bien de lo mundano, no por ello menos importante; hablo de las fuentes que obnubilan, sin necesidad, la claridad y razonamiento que se pueda y deba tener.

A modo de ejemplo, hay una que no deja de rondar mi pensamiento de las veces que se aparece en el comportamiento humano, y es el de pretender que todos tenemos el don de la adivinación o de la clarividencia para saber lo que el otro siente, piensa, considera o cree. Insisto en el descalabro… Las conjeturas que cada uno pueda hacerse del otro no pueden ser tratadas como verdades sobre el otro, y le digo más, las inquietudes son de quien las padece, no de quien o quienes las provocan. Podemos elegir si vivir en el mundo de las percepciones personales o comprender que cada uno tiene su percepción y conocerla; es así. Las percepciones son tantas como personas existen y las realidades, que no verdades, son las que son para todos en su conjunto y magnitud.

La verdad o realidad del otro no es y nunca será la percepción que usted tenga de ese otro. La realidad y verdad del otro dependerá de su coherencia en su propia expresión, igual que la suya y la de todos los demás. Por eso, si algo le inquieta o si duda, pregunte a ese otro. Ya será el otro quien decida o no su respuesta, y ya usted podrá elegir qué hacer al respeto. A veces cavilamos situaciones que no llevan a ningún lugar, pero que afectan no sólo a uno, sino al otro e, incluso, a un entorno aún mayor sin necesidad.

Y comprendo el sesgo y la tendencia, aunque no siempre la intención. El sesgo y la tendencia por pensar y sacar conjeturas se debe a que nuestro cerebro está diseñado únicamente para predecir. La función principal del córtex prefrontal es predecir lo que sucederá en el futuro y, para ello, identifica y codifica la nueva información que recibe del mundo exterior y la compara con lo que esperaba que ocurriese (o, lo que es igual, su propia expectativa) conforme a la información que ya se tenía. Y aquí surge el problema, que la información que recibimos del exterior es interpretada por el interior, un interior absolutamente personal, tanto como la expectativa. Nos queda, entonces, la intención: si es buena, se interesará por conocer al otro de manera objetiva, si no lo es, lo obviará y le silenciará en su soberbia, y creerá en su conjetura… y, así, las fuentes sin autocontención se convierten en océanos de conflicto, de expectativas no cumplidas, de preguntas no hechas, de silencios mordaces y lapidarios, de críticas, de juicios… en fuentes del mal. Como siempre, usted elige.

¡Felices fuentes, felices vidas!

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