La vida III. Cual obra de arte
La belleza de la vida radica, en todas sus versiones, en las buenas y en las no tan buenas, en la interpretación y sentido que le damos
Arte no es representar lo bello,
sino bellamente las cosas. Pilar Avivar
Leonardo da Vinci concebía el arte como la capacidad del hombre para representar la realidad, más allá de lo mecánico, para él se trataba de libertad y, por ende, de creatividad, y, para lograrlo, consideraba indispensable la observación: decía que el ojo engañaba menos y asumía que no existía un verdadero conocimiento sin la experiencia y la práctica. Él no intentaba cambiar la realidad de las cosas, sino imitarla con sus defectos y sus aciertos, con esa belleza natural y simple y, a la vez, repleta de complejidades. El maestro afirmaba que sólo el ser humano era capaz de desvelar los misterios de la realidad y acotar sus fronteras.
Una obra de arte va más allá de la belleza, sin lugar a duda, pero existe en cada una de ellas de forma —no limitativa— las siguientes características: son duraderas, tienen el poder de conservarse y exhibirse a generaciones venideras, trascienden; son contextuales, una obra no existe sin contexto histórico y sin todo aquello que podemos decir sobre ella, pues todo eso es lo que representa; además, es simbólica, no se trata de un mensaje explícito, sino que representa sentidos y significados, contiene una esencia, un mensaje implícito que debemos aprender; es valiosa en sí misma, no necesariamente mesurable materialmente, sino que posee un valor intrínseco simplemente por ser irrepetible y, sobre todo, es original, única, inigualable y auténtica.
Así tendríamos que hacer con nuestra vida… una obra de arte, inimitable, inigualable, única y absolutamente personal. Porque vivir se trata de darle un sentido y el arte, decía Nietzsche, hace la vida soportable, dándole ese sentido que cada uno elija como su creador. Sócrates señalaba que el arte nos permite vernos heroicamente y ello es necesario para vivir. Sólo el arte —añade— nos permite olvidarnos de las limitaciones, responder a los desafíos y comprometerse con la vida… y en cuanto a obras de arte —sin cuestionarlo— los seres humanos alcanzan su más alta dignidad.
Y sí, la belleza de la vida radica, en todas sus versiones, en las buenas y en las no tan buenas, en la interpretación y sentido que le damos y radica, sobre todo, en cómo elegimos escribirla, narrarla, compartirla y vivirla… Siempre habrá altas y bajas, es parte de vivir, por ello es menester nunca dejar de lado la capacidad que tenemos de elegir lo que queremos hacer de ella y con ella, no somos títeres del destino ni alfiles en tableros de la vida de nadie, no si elegimos hacer de nuestra vida una historia bien vivida y narrada, porque importa mucho cómo nos contamos nuestra propia vida, cómo nos dirigimos a nosotros mismos y cómo desestructuramos las lecciones impuestas, elegidas y aprendidas.
Somos un lenguaje complejo, imagine que cada vez que se dirige a alguien, de su impronta sólo queda el 7% de lo que dice, el resto corresponde a su expresión corporal y a sus emociones; lo curioso es que su cuerpo y sus emociones responden principalmente a eso que se dice a usted mismo todos los días, a la historia que se cuenta y a su manera de gestionar las circunstancias de su cotidiano. Como en el arte, no se puede observar a las personas de forma superficial.
Por eso, hoy le invito a vivirse como protagonista y creador de su obra de arte, de usted y de su vida, a imaginar todos los escenarios posibles y a creer en ellos y actuar en consecuencia, a escribir su vida y vivirla en primera persona, a amar y amarse en sus quiebres y en su maravillosa incompletud e imperfección, a dejar de imitar otras obras y sus artistas. Recuerde que lo lejano —el pasado— se vuelve nítido y casi imperceptible, que valen más los detalles del primer plano —de su presente y su futuro. Sea su propio genio, su héroe, su maestro, su musa… deje siempre algo en los demás que le represente, sea un espacio de paz, calma y también de realidades, de disfrute y de sueños…
Créame, la vida en sí misma no tiene un sentido, el sentido se lo da uno mismo, en lo que decida hacer con él, en con quién y cómo decide compartirlo, en aquello con que decide quedarse y en lo que decide desechar, en los pequeños detalles, en los grandes momentos de inspiración, en las experiencias que marcan los relieves, los volúmenes, las sombras, las luces, los retoques, los brillos, la intensidad, la profundidad y las perspectivas… usted elige el ritmo, los procesos, los tiempos, los materiales, los tonos, las formas e incluso los marcos, los límites y, por supuesto, su mejor lugar de exposición.
Deje de ver su vida como algo que simplemente pasa, sino como algo que siempre está, permita que se huela, vea, se lea, se sienta y se paladee su presencia. Si va a vivir que sea en grande, que sea como una de esas obras que se aprecian de cerca y a la lejanía, que pueda pasar horas en su propia compañía y que los demás disfruten con usted de la misma manera, aléjese de la perfección fastidiosa y acérquese más a lo natural, a lo cercano, a lo asombroso y a todo aquello que motive.
Abrace su vida con todas sus fuerzas y elija siempre todo aquello que mejor le represente y recuerde que el arte no es algo que se juzgue ni se pueda criticar por cualquiera, es algo que debe vivirse… sentirse, es algo que representa siempre lo bello de cada cosa y de cada artista. Como siempre, usted elige.
¡Felices artes, felices vidas!
