La recurrencia

Los pensamientos recurrentes son pensamientos casuales, que trascienden a pensamientos repetitivos, que pueden convertirse en pensamientos obsesivos

A todo lo que te resistes, persiste; si lo niegas, te somete; cuando lo aceptas te transforma.

Carl G. Jung

La ciencia estima que por nuestra mente pasan cada día alrededor de 60 mil pensamientos. Lo valioso e interesante de esta afirmación es que 95% de ellos se repiten día tras día y 80% de los mismos son pensamientos negativos. Se sabe también que de ese 80% de pensamientos negativos, 98% de los mismos no suceden a la gravedad esperada por el propio pensamiento. Resulta sorprendente que dediquemos tanto tiempo a la recurrencia de los mismos pensamientos, y resulta aún más sorprendente que esa recurrencia se incline de manera negativa –en la mayoría de los casos– y actúe en contra de nuestra propia evolución. 

Los pensamientos recurrentes son pensamientos casuales, que trascienden a pensamientos repetitivos, que pueden convertirse fácilmente en pensamientos obsesivos; cabe mencionar que el contenido de estas obsesiones no provoca miedo, ni tampoco un alto grado de culpabilidad, por lo tanto se intentan olvidar; sin embargo, la persistencia cotidiana sí puede llegar a generar preocupación, sobre todo, cuando el sentido de estos pensamientos es negativo, ya que aumenta la vulnerabilidad en el desarrollo de trastornos ansiosos y depresivos. El cambio de un pensamiento casual a un pensamiento repetitivo ocurre cuando le conferimos una importancia, y se agrava en la medida que elegimos, también, creer en ese pensamiento, lo cierto es que los pensamientos no nos determinan por sí mismos, lo que si nos determina es creer en ellos.

Los pensamientos recurrentes son aquellos que nos aturden a lo largo del día. Ésos que llegan sin aviso y se entrelazan una y otra vez en nuestra mente, sin importar las operaciones que estemos realizando, son esos que pueden –con suerte– dibujarnos una sonrisa e impulsarnos, o bien, arruinarnos el día por completo. Reconociendo que existen diferentes niveles de gravedad de estos pensamientos, sólo tomaré en cuenta aquellos que podemos atender personalmente y que no suelen requerir de un apoyo profesional. 

Los pensamientos recurrentes forman parte de nuestra vida y, si bien la mayoría de las personas son capaces de detectarlos y acallarlos, gran parte de las veces recurren a un falso olvido, a un “arrinconar” ese pensamiento, a un no querer pensar que pienso lo que quiero dejar de pensar… mala técnica, porque cuanto más nos resistimos, más persiste, como bien mencionaba Carl G. Jung

Lo mejor –como siempre pasa– es enfrentar eso que se nos presenta. Hacerle frente a un pensamiento de esta magnitud es más relevante, porque es innegable que, si aparece con tal insistencia, irremediablemente algo trae consigo para ayudarnos a evolucionar. 

Por eso, hoy le invito a reflexionar sobre cuál es el tema más recurrente en el que vuelve a caer una y otra vez, cual es ese pensamiento que está ahí insatisfecho esperando ser atendido, se lo digo porque es muy probable que se trate de una inquietud a la que deba darle salida en su vida. Recuerde que toda obsesión, de alguna manera, nos esclaviza, nos resta libertad y, por ende, limita nuestra propia existencia. 

Piénselo, quizá esa idea que viene a su mente una y otra vez esté intentando decirle algo, cambiarle, moverle hacia un lugar mejor… los pensamientos que se manifiestan de forma insistente siempre traen un mensaje implícito, una creencia, una inquietud. Procure atender eso que su mente le pide, quizá encuentra ahí ese engranaje imperfecto que le impide llegar al lugar que se ha propuesto.

Recuerde que nuestro cuerpo es una máquina perfecta que busca en todo momento un equilibrio, una coherencia y un orden para sobrevivir, acepte estos pensamientos y atrévase a darles una oportunidad de confrontación; créame, de nada sirve postergar las conversaciones con uno mismo, por el contrario, ésas deberían de ser prioritarias, recuerde que todo existe y deja de existir a partir de usted, cada uno crea su propio mundo, pero también su propio destino. Como siempre, usted elige. 

¡Felices recurrencias, felices vidas!

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