Instantes III. El testigo…
Las batallas más importantes de nuestra vida no se pelean en las arenas de las multitudes.
La buena conciencia admite testigos; la malvada se agita y se conturba aun en la soledad.
Séneca
La vida nunca se pone más fácil, por el contrario, va sumando efectos, restando afectos, multiplicando pérdidas, dividiendo ganancias, arrebatando instantes, alterando espacios, modificando historias, turbando las medianías, reubicando encuadres… la vida cambia y ése es su constante, su estado natural, vienen buenas, buenísimas, y malas, malísimas, las increíbles, las creídas insuperables, los parteaguas. La vida viene y va como las mareas, algunas con predicciones, otras de súbito.
No, mi querido lector, no podemos estar preparados para todo, tampoco podemos tener el control absoluto ni prevenir lo inevitable… lo único que podemos aprender a manejar con pericia y atino es nuestra mente y nuestro cuerpo para que juntos se vuelvan más resistentes a los impactos, se trata de volvernos más fuertes para saber recibir estos vaivenes propios de la vida con más calma, más paz. Hay que prepararnos física y mentalmente para transitar por ella sin perdernos a nosotros mismos y el propósito que tengamos.
Hay que desterrar la idea de que las cosas van a mejorar, porque hay cosas que no van a cambiar, el positivismo expectante es devastador para quién elige vivir una vida real, fuera de la fantasía a la que tantos se aferran con vehemencia. La realidad es mucho más atractiva en la práctica, sobre todo porque es el espacio dónde existen más certezas y, por ende, mejores y mayores oportunidades. Y no, no es fatalismo lo que esgrimo, sino una certeza más sobre la vida que cuanto más respetamos sus vaivenes, más admiramos su valía. Las batallas más importantes de nuestra vida no se pelean en las arenas de las multitudes, ni siquiera en el instante de la circunstancia, se pelean en el interior en la solitud de nuestro pensamiento, en la búsqueda de soluciones, de respuestas, de aceptaciones y renuncias, ése es el instante que lo transforma todo y cada cual elige cómo desea pelear esa batalla.
Algunos generan una debacle interna contra sí mismos, otros escudriñan en la búsqueda de una serie de culpables que les ayuden a mitigar su responsabilidad y justificar sus propios errores, algunos más dejan que su propia mente les supere, otros que su cuerpo físico se convierta en una especie de medio de expiación de su incapacidad de gestionar lo acontecido, algunos más simplemente eligen evadirse a la espera de tiempos mejores… otros se involucran hasta la médula de manera obsesiva, incisiva y rumiante… y otros más eligen ese maravilloso instante de volverse, simplemente, un testigo. Un testigo es aquel que da un testimonio de halago, es el que atestigua, es la persona que presencia o que adquiere directo y verdadero conocimiento de algo. Y sí, muchas veces en la vida hemos de ser testigos solamente de lo que acontece a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, dejar que todo fluya sin detenerlo, darnos a la tarea de sentir, de dejar pasar los pensamientos sin tocarlos, a veces sólo tenemos que respirar profundo y convertirnos en espectadores prudentes y presentes del devenir, y no esperando que todo se acomode a favor, sino que estemos en posición de elegir nuestro siguiente paso, ése que sí nos permitirá cambiar la realidad por otra más favorable.
El testigo no controla lo que acontece, simplemente tiene la información y el conocimiento que precisa cada caso para esclarecerse. Su importancia y protagonismo radica en su presencia atenta y, sobre todo, en que no está involucrado, no es parte directa de lo orquestado… Ése, mi querido lector, es el instante en el podemos respirar profundo y mirar con sentido común y moderada paz el escenario completo y tomar decisiones.
Piénselo… no hay nada qué conquistar ni qué controlar fuera de su mente y el equilibrio que esa mente es capaz de generar en todo su sistema. Dé un paso hacia atrás, y permítase ser simplemente un testigo real y no un controlador virtual de sus propios miedos y fantasías, porque lo que cambia la realidad no es otra cosa que nuestra manera de mirarla de forma más respetuosa y real, más nuestra, más elevada… y mucho más simple. Como siempre, usted elige… ¡Felices instantes, felices vidas!
