Instantes II. De aceptación
Ese instante de la aceptación es el deseo benigno que nos engrandece y que se mantenía oculto en esa búsqueda insaciable de soluciones siempre imperfectas, inacabadas e infructíferas.
Lo que aceptas te transforma, lo que niegas te somete.
Carl Jung
Hay bendiciones veladas que no tienen precio. Me refiero a esos instantes donde, por fin, podemos llegar a comprender que la situación que tenemos frente a nosotros no es un problema que debamos seguir cavilando, sino una nueva realidad que debemos aceptar.
Ese instante de la aceptación es el deseo benigno que nos engrandece y que se mantenía oculto en esa búsqueda insaciable de soluciones siempre imperfectas, inacabadas e infructíferas. Sí, mi querido lector, no se imagina cuánto tiempo y energía se pierden en esa confusión, en ese rechazo a aceptar que hay situaciones que no son algo que debamos resolver, sino una nueva realidad que debemos aceptar, abrazar y, sobre todo, aprender a gestionar y transitar en ella.
La aceptación es la acción de recibir algo que se ofrece, implica también aprobar ideas o decisiones mostrando conformidad y, en un contexto aún más desafiante, implica admitir retos o situaciones difíciles. Aceptar es también admitir, confesar, reconocer y consentir… y todo eso hace falta para entender que tenemos frente a nosotros no una pérdida ni mucho menos un retroceso, sino un punto de avance, una evolución, una oportunidad más que la vida nos ofrece para transformar algo de nosotros mismos o del entorno que suele —y se lo digo con gran certeza— ser lo mejor que nos hubiese ocurrido.
Rescato, ante todo, ese instante maravilloso en que el problema deja de ejercer ese peso sobre nosotros, donde la mente se acalla, donde los pensamientos incisivos dejan de interrumpir el presente y donde dejamos de sentirnos presos de ese universo hipotético donde ninguna pieza encaja ya. Ese preciso instante donde nos sentimos libres de dejar ir la situación como se veía y se sentía, y se le da un giro majestuoso hacia una nueva realidad, donde sí hay una congruencia lógica y donde sí tenemos posibilidad de resolver e imaginar prometedores escenarios. Ese instante donde sabemos que hemos elegido bien la batalla y que ésta no es rescatar un pasado quebradizo y herido, sino construir un nuevo futuro lleno de posibilidades. Nuestra vida necesita de esos instantes para que tenga —si cabe— más valor, porque, en esas decisiones, lo que elegimos es a nosotros mismos, y ésas, de todas las elecciones, son las mejores. De nada sirve negar lo que ya no tiene cabida en nuestra vida, de nada sirve quedarse en el ostracismo de la penumbra de un pasado cuando el pasado no evoluciona hacia un presente o un futuro favorables. Hay que dejar de aferrarse a lo vivido y enfocarse a lo que queda por vivir. Ésta es sólo una elección como tantas otras que tomamos, no es la magnitud de lo que creíamos un problema, siempre proporcional a la magnitud que tendrá su impacto en nuestras vidas, eso depende de muchos factores, pero, sobre todo, depende de lo que cada uno elija que ha de prevalecer o no en su vida sobre esa situación.
La vida, mi querido lector, como siempre le digo, hay que saber editarla, sobre todo la propia, hay situaciones, circunstancias y personas que sobran en su narrativa, y cuanto más refinemos esa edición, mejor será la vida que tengamos y en la preponderancia de su protagonista y sus decisiones. Otro recordatorio de siempre: no somos lo que nos sucede, sino lo que hacemos con aquello que nos sucede, no tenemos el poder de cambiar los circunstanciales, pero sí cómo decidimos manejarlas a nuestro favor, que no es otro que el sumo derecho que tenemos de respetarnos y elegir libremente sobre nuestra vida.
Mejor elijamos mirar desde otro lugar más real y benévolo con nosotros mismos y pasemos página, miremos no lo que se hizo, sino lo que queda por hacer, por vivir, por aprender, por disfrutar. Los problemas son eternos sólo para aquellos que han perdido la ilusión, y la ilusión, mi querido lector, no se puede perder jamás, por el contrario, hay que alimentarla mientras dejamos en inanición al problema, eso es, quitándole nuestra atención, nuestra presencia, nuestros pensamientos y voluntad.
Créame, hay situaciones que no cambian, sino que se van enmoheciendo, no confunda el color de la esperanza con el de la podredumbre, favorézcase… acepte su nueva realidad y deje de someterse a los designios que las circunstancias le pauten. Como siempre, usted elige.
¡Felices instantes, felices vidas!
