Esos cinco minutos IX… de autocompasión

La autocompasión es hacer todo eso que hacemos por los otros en uno mismo

La compasión, buena siempre, es en muchos casos

la celestial precursora de la justicia.

Concepción Arenal

Los seres humanos tenemos cierta inclinación a la bondad, al cariño, a la comprensión, a la escucha, a las palabras de aliento, a conversaciones que nos permiten amplificar el espectro de posibilidades, amamos encontrar un sentido a lo ocurrido cuando alguien parece no encontrarlo, nos gusta devolver la sonrisa al que sufre, o dar un enorme abrazo sincero; a los seres humanos nos gusta el aprecio, el respeto, el reconocimiento… ya sabe: lo bonito.

Los seres humanos amamos y cuando lo hacemos lo damos todo, perdonamos, reiniciamos, nos renovamos, si nuestros pupilos fallan los consolamos y les enseñamos una y mil veces, apreciamos incluso cuando nos enseñan a nosotros y nos ayudan a cambiar. Cuánta paciencia se le tiene al amor, a los amigos, qué bien nos sentimos cuando hacemos algo grande por otros, que nos engrandece también a nosotros mismos… Qué poco hay que explicar, lo hacemos casi en automático desafiando incluso nuestros juicios, críticas e ideas, ¿por qué? Porque es lo bueno, la esencia de ese amor, de esa empatía, de esa compasión. Incluso lo hacemos por justicia o por solidaridad, por aquello que sentimos un valor que merece defensa y para nosotros, ¿qué merecemos?

La compasión se define, según la RAE, como el sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien. Aristóteles decía que era un acto de justicia por aquellos que “sufren sin merecerlo”, los romanos lo definieron a partir de la palabra griega sympátheia, de simpatía. Y no, nada tiene que ver con compadecerse o con la lástima, eso sólo lo siente aquel que se percibe superior, sino que tiene que ver con la manera de sincronizarnos con el otro y procurar su resurgir. La autocompasión es hacer todo eso que hacemos por los otros en uno mismo. En términos sencillos es tener compasión por uno mismo. Existen tres factores clave: la amabilidad, la falibilidad y la atención plena.

La amabilidad es hablarnos y tratarnos con cariño, comprensión y respeto. Para ello hay que aprender a mudar el diálogo lapidario, con el que algunos suelen calificarse, por otro más profundo y afectivo. La falibilidad es la capacidad de reconocerse a uno mismo como un ser que puede cometer errores, fracasar, tomar malas decisiones, y simplemente ser imperfecto, se trata de aceptar que podemos mejorar, mudar, cambiar, que no somos seres infalibles, finitos, sino infinitos y llenos de posibilidades. Y esto último nos lleva a la atención plena, a convertirnos en seres que se cuestionan las imposiciones, de lo que vemos, oímos, de lo que nos dicen o incluso de lo que hemos considerado que somos. La imperfección es una cualidad inherente a lo que tiene vida, y eso nos dota de un valor individual, único y genuino. La atención plena es esa capacidad de focalizar la atención en el presente, asumiendo una mente que observa los procesos internos, sin juicios, sin tiempo pasado o futuro y, por ende, sin esclavizarse a un pensamiento permanente, sino fluido, libre de elegir, si seguimos siendo como somos o decidimos ser diferentes, más justos, más cercanos a la realidad, más conscientes de ella, de nuestras necesidades, de lo que verdaderamente aspiramos a ser.

Por eso le invito a tomarse esos cinco minutos de autocompasión, de darse ese tiempo para vencer las resistencias de su propio pensamiento, a hilar y dar vuelta a esas autoestimas deshilachadas, a reinventarse, a tratarse bien, a dimensionar sus errores, a priorizar sus talentos, bendiciones y agradecimientos. Y recuerde: la autocompasión nos otorga libertad e independencia para reconocer nuestra valía y merecimiento, sin necesidad de supeditarnos a las opiniones o criterios ajenos o adherirnos a ninguna imposición en turno sobre el éxito, la belleza, el amor o la felicidad… Y eso, mi querido lector, nos hace fuertes, resilientes, valientes, capaces y seguros para vivir como queremos hacerlo. Como siempre, usted elige… ¡Felices minutos, felices vidas!

Temas: