Esos cinco minutos II. De atención

Apreciar la vida siempre será el mejor hábito.

Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos.

Aristóteles

Lo que nos hace bien está tomando un curso casi contrario a las predilecciones humanas. La modernidad ha impuesto una vida de conectividad que curiosamente nos mantiene incomunicados, incomunicados de lo básico, de lo que nos permite percibir la vida y las sensaciones. La inmediatez tiene secuestrados los sentidos de muchos y, con ellos, los pequeños grandes detalles de la vida.

Y lo peor es que la vida tiene muchos detalles que la hacen grande, grandísima, y peor aún es que voluntariamente se niegue uno a sí mismo ese placer y ese derecho al retirarle su atención. Como si la vida, su vida, no fuese tan importante y primase sobre ella todo lo demás. Triste porque quien no entrena su atención no entrena tampoco su cerebro y, quien no entrena su cerebro, se niega también la oportunidad de ser, si cabe, mucho más productivo en un menor tiempo y, además, disfrutar de la experiencia de vivir.

La atención puede definirse como la capacidad de seleccionar y concentrarse en estímulos relevantes. Es decir, la atención es el proceso cognitivo que nos permite orientarnos hacia lo importante, procesarlo y responder en consecuencia. La atención es la capacidad que nos permite crear, guiar y mantener nuestro cerebro activo, de manera que podamos procesar correctamente la información.

Si bien es cierto que existen muchos tipos de atención, hoy le invito a centrarse en la atención interna, la focalizada y la alternante; esto es, fijar su atención en sus propios procesos mentales o sensaciones a través de uno o varios de sus sentidos. Sentidos y sensaciones como el ver, el escuchar, el sentir, el hablar, el oler… se lo digo porque es a través de ellos que se descubren los pequeños grandes detalles de la vida que habitualmente dejamos desfilar y que a su paso nos negamos la posibilidad de ser mejores seres humanos y más felices, que finalmente de eso se trata nuestra existencia.

Utilicemos entonces esos cinco minutos, literalmente, para sentir en toda su extensión, reflexione sobre ello y genere un recuerdo positivo para usted. Observe, escuche, paladee, sienta, huela… una sola mirada puede proveerle de todas esas sensaciones, también un sonido o un olor o un contacto o un sabor… la idea es que pueda generar una experiencia positiva y, sobre todo, relajarse y desconectar de la actividad que estaba haciendo para volver mejorado. Puede que al principio le cueste mantener la atención, pero le aseguro que el placer de esos instantes se convertirá en una hermosa costumbre o un nuevo hábito.

Apreciar la vida siempre será, de todos nuestros hábitos, el mejor de ellos, sobre todo si aprendemos a nombrarla con nuestras propias sensaciones en palabras, si aprendemos a seleccionar los adjetivos correctos que describan esas experiencias, y que logremos hilar una historia con ellas para nosotros mismos y los demás, porque de eso se tratan los sellos personales de la vida, de que podamos tener nuestro propio criterio de apreciación, de valor, de emoción, de belleza…

Los seres humanos estamos perfectamente equipados para conectar o desconectar, pero hay que elegir hacerlo. La atención requiere voluntad y determinación, igual que la elección a lo que decidimos dársela, hacerlo así es tomar posesión de nuestra mente de un modo claro y vívido entre una cadena de posibilidades de manera simultánea. Ese autocontrol es lo que nos permitirá a corto, mediano y largo plazos un sinfín de beneficios: mejorará nuestras decisiones, administrará mejor nuestros propios recursos y generará una conexión con nosotros mismos y con el exterior diferente y mejorada y, lo más importante… nos permitirá ser conscientes de lo que verdaderamente necesitamos y nos hace bien. Recuerde que la vida lo vale y usted lo merece. Como siempre, usted elige…

¡Felices minutos, felices vidas!

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