Esos 5 minutos III… De conversación

Necesitamos comunicarnos y el buen comunicador se hace comunicando, aprendiendo a traducir lo que siente y piensa en palabras bien seleccionadas que sean capaces de hacer que el otro perciba lo que queremos transmitir.

                Cuando hables, procura que tus palabras

                sean mejores que el silencio.

                Proverbio hindú

Las personas hacen enormes esfuerzos por callar, algunas porque sabiamente eligen ser mejores escuchas, otras, porque prefieren mantenerse en el anonimato y, otras más, porque simplemente no saben comunicarse… Y el problema no es que hablemos, sino que no sepamos lo que decimos o por qué lo decimos o cómo lo decimos. El problema no es que callar sea mejor que hablar o que el oído deba ejercitarse mucho más que la lengua, el problema es que ambas habilidades: el habla y el oído, se atrofien.

En estos tiempos de modernidad se sacrifican las palabras y, con ellas, las buenas conversaciones. Se confunde el hablar con el escribir, el oír con el escuchar. Las apps se han vuelto los espacios sociales, sabemos dónde están los demás y, sabemos de ellos, como ellos de nosotros, lo estrictamente seleccionado, lo que cada uno elige compartir de su vida. Y así se vive, con verdades a medias, con conversaciones en textos escuetos, alterados, recortados y malamente editados… con escuchas de tiempo limitado o emoticonos que pretenden suplir pobremente las emociones.

Y que no se malinterprete, la modernidad y la era de la comunicación está repleta de maravillas, pero también de desatinos cuando se superan las medianías y se convierten en exceso. Se lo digo porque lo que nos hace verdaderamente humanos es ese contacto físico, esos lenguajes no verbales que acompañan las palabras, esas miradas que lo dicen todo, esas carcajadas que se contagian, esos roces que derrochan cariño… En fin, que nos necesitamos y nos conocemos mejor de cerca que de lejos, y mucho mejor en la nitidez en tiempo real que a través de letras, imágenes o audios maltrechos… Las conversaciones se definen como el intercambio de ideas, pensamientos o sentimientos entre dos o más personas, generalmente mediante el habla o la escritura. Y valdría la pena añadir, la relevancia de las conversaciones que uno mismo puede mantener consigo que, fuera de ser un rasgo patológico, representan una de las maneras más saludables de contención, claridad y ordenamiento que podemos tener. Y, más importante aún, las conversaciones bien habidas hacen que nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso se relajen. Es decir, si ante un momento de estrés, de saturación mental, emocional o de cualquier otra índole pudiésemos hacer una llamada o salir simplemente a charlar con alguien, nuestro cerebro y nuestro sistema en general estarían mucho mejor. Incluso en un panorama de resolución de problemas, al hablarlo en voz alta podría darnos una mejor solución y entendimiento.

Con esto quiero decirle, mi querido lector, que callar no siempre es lo más saludable y que los discursos que podamos tener en nuestra mente no siempre son los mejores para nosotros mismos.

Los seres humanos necesitamos comunicarnos y el buen comunicador se hace comunicando, aprendiendo a traducir lo que siente y piensa en palabras bien seleccionadas que sean capaces de hacer que el otro perciba, sin equivocación, lo que queremos transmitir. Y a eso le invito hoy, a tomarse esos cinco minutos de conversación que relajen su cerebro, su sistema nervioso y que, además, le permitan desarrollan mejor sus habilidades comunicativas, porque cuanto más escaso es el lenguaje, más escaso se convierte también el pensamiento y más se padece la emoción. Hay que combatir el raquitismo conversacional en el que vivimos. Hay que aprender a usar la tecnología a nuestro favor, sin permitir que supla lo que nos hace mejores seres humanos.

Créame, esos cinco minutos pueden transformar meses, días y horas de confusión en un espacio de benevolente esperanza hacia el futuro. Cuide y conserve esas personas en su entorno que usted sabe y siente que pueden ofrecerle este espacio de calma y comuníquese con ellas, llámeles, vaya a verlos, le aseguro que volverá mucho mejor y con todo más asentado en su mente y sus emociones. Porque, sí, las personas que necesitamos nos necesitamos cerca.

Huyamos de la estrechez del lenguaje que, con el tiempo, se traduce en la estrechez de la mente y del corazón, de nosotros mismos y de la vida. Como siempre, usted elige.

¡Felices minutos, felices vidas!

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