Entre las luces IV. Lo que sigue…

Conocerse a uno mismo y actuar en coherencia y alineados a lo que somos, sentimos y aspiramos nos permite comprender la verdadera libertad.

 

Mira a la derecha y a la izquierda del tiempo

y que tu corazón aprenda a estar tranquilo.

Federico García Lorca

 

El proceso de volverse a uno mismo, la introspección y las acciones conscientes que suceden de lo anterior, nos hacen preguntarnos: ¿qué sigue después?, ¿qué continúa? Pues bien, lo que continúa se convierte en una acción permanente de revisión personal, de feedbacks, de hackeos mentales obligados, de volver consciente lo inconsciente de nuestros hábitos, costumbres, líneas de pensamiento y reacciones. Se trata de un análisis diario que se vuelve parte de nosotros, se trata de esa hermosa costumbre de mirarnos, de sentirnos, de comprendernos, de confortarnos y también, y más difícil, de corregirnos.

Se podría decir que se vuelve esa parte del proceso de transformación que, por un lado, resulta compleja, pero, por el otro, absolutamente maravillosa. Lo primero, porque  la mente va a querer volver a lo conocido y convencernos de tantas veces que pretendemos con –absoluto éxito– reivindicar nuestras creencias, que no siempre fueron ni tan nuestras ni, mucho menos, tan reales; lo segundo, porque si logramos resistir esa tendencia, comprendemos realmente quienes somos, de qué estamos hechos y todo lo que queda por descubrir de nosotros mismos, que  –debo decirle, mi querido lector– casi siempre nos fascina y supera nuestras propias expectativas.

Se lo digo porque conocerse a uno mismo y actuar en coherencia y alineados a lo que somos, sentimos y aspiramos nos permite comprender la verdadera libertad. La libertad de elegir, de cambiar de opinión, de decir no cuando es no, y sí cuando es sí, nos permite decidir nuestros propios criterios, valores, principios y prioridades, y todo eso con una responsabilidad que abruma, no a nosotros mismos…, sino a todos aquellos que se beneficiaron de esa persona que fuimos, no siempre con mala intención, simplemente por formar parte y coincidir de las mismas anomalías.

La verdad no gusta, como tampoco gusta el elevar el nivel de consciencia… porque ambas se entremezclan mostrándonos una realidad tan esclarecedora que estremece, que sorprende, que a veces asusta y, otras más… nos libera y nos obliga a guardar ese silencio que ya no nos pertenece por respeto a un statu quo del que ya no pertenecemos ni nos pertenece tampoco. El silencio se guarda por eso… porque ya no nos pertenece y hay que respetarlo. Respetar al que desea seguir viviendo en ese inconsciente contagioso y tantas veces colectivo.

Y créame, con el tiempo se convierten también en una normalidad con la que se asume la convivencia, algunos siempre estarán dispuestos a mejorarse, otros no. Otros, por el contrario, seguirán enarbolando su bandera de ¡así soy yo!, sin demostrar ningún ápice de evolución, sino todo lo contrario, y está bien, es parte de la incomodidad mutua, que mutuamente también nos inspira.

Por eso lo que continúa es la resiliencia, la resistencia, la evaluación continua. Resiliencia para recuperarnos de las experiencias difíciles, adaptarse a situaciones adversas y seguir adelante. La resistencia para avanzar y desarrollar la fortaleza mental, física y emocional para enfrentar y sobrellevar los cambios y desafíos. La evaluación continua para contar con ese proceso sistemático de revisión y reflexión sobre nuestro desempeño y progreso.

Todo lo anterior para alcanzar ese nivel de adaptabilidad que exige saberse y vivirse como una persona libre, responsable y alineada con sus propios compromisos y su propósito de vida. Y no sólo eso, la resiliencia, la resistencia y la evaluación continua forman un marco integral para enfrentar los desafíos, aprender y crecer en todos los ámbitos de nuestra vida.

Y le diré más… no va a ser sencillo ir de un punto a otro, de un quién se era a quién se desea ser, en medio siempre hay un espacio que llamamos el impasse, que es como una especie de limbo donde dejamos de ser, para ser alguien mejor. Ese impasse es el camino más solitario, el más difícil y desafiante, pero es nuestro, es elegido y es la prueba de que sabemos estar en nosotros y esa conexión íntima no tiene precio. Es un camino solitario donde las pláticas se convierten en monólogos de voces contrarias que están obligadas a entenderse, a apoyarse, a disfrutarse y amarse toda la vida. Como siempre, usted elige.

¡Felices luces, felices vidas!