El instante VII. La palabra

Las palabras son mucho más que simples sonidos

Eres lo que haces, no lo que dices que harás.

Carl Gustav Jung

A muchas personas les gustan las promesas, les gustan tanto que las creen a profundidad como si se tratasen de una verdad presente y futura inquebrantable… las promesas gustan a quien las dice,  ya sean creídas o simples estrategias para salir del paso, quizá porque aquel que las dice puede observar la paz y la ilusión e incluso el cambio de actitud que puede experimentar el  que acoge  dicha promesa… y luego está quién recibe la promesa que, aunque pueda dudar de la palabra dada, ésta nunca dejará de ser parte de un acumulado arsenal de defensa y derribo en caso de ser necesario, o bien, la ilusión que su ser necesitaba para continuar. Sí, mi querido lector, las promesas pueden significar mucho para quien las dice y también para quien las recibe, aunque también pueden no significar absolutamente nada.

Esto último dependerá de la naturaleza propia de la persona, y no se confunda, no de cómo sea esa persona con usted o con otros, sino de cómo es esa persona consigo misma, la forma en la que hace lo que dice que va a hacer.

La capacidad de hacer promesas se gesta en el interior de cada uno, en la capacidad o no que se tenga de respetarse, de ser una persona íntegra, disciplinada y constante con aquello que se propone. Todas las demás promesas que surjan de alguien que no cumple con lo estipulado consigo mismo, no se cumplirán tampoco con lo que ha prometido, eso en primera instancia y, en segunda –menos genuina– dependerá también del interés que tenga o no en el otro, que también puede suceder y hay sobrados ejemplos. Las promesas son también elecciones que hacemos de hacer o de creer y cada cual es responsable de lo primero o de lo segundo.

Lo interesante de esto no es en sí hablar de la promesa, no… sino del valor de la palabra. Las palabras son mucho más que simples sonidos; son vehículos llenos de significado que canalizan los pensamientos y las emociones, las palabras tienen ese inmenso poder de construir o de destruir todo a su paso según se utilicen. La palabra nos determina y determina nuestras acciones.  El hecho de hacer lo que decimos que vamos a hacer es el respeto y valor que le damos a la palabra dada, que nos debemos a nosotros mismos y, también, en la que nos educamos a respetar lo que decimos y hacemos hacia los demás.

Nada de esto es baladí, todo lo que decimos y hacemos habla de quiénes somos, de cómo somos y dibuja, a su vez, un panorama bastante claro de lo que seremos. La palabra dada vale tanto como nuestras acciones, vale para los demás y, más aún, para nosotros mismos.

Y no resulta tan sencillo como se plantea, lo sé, de ahí que le haya puesto el ejemplo de las promesas, que escasas son las veces que se hacen con un tiempo de caducidad implícito y realista. Las promesas son ese ejemplo del uso banal de la palabra y que tanto la condena.

Las promesas se convierten en realidades cuando les damos el valor que merecen nuestras palabras en nuestra vida personal. Y ése es otro instante maravilloso de la vida en el que descubrimos que nada se compara con vivir alineando la palabra y la acción en nosotros mismos. Cuando nos decimos qué haremos y lo hacemos, cuando cambiamos nuestros hábitos de fondo y forma, a fin de conseguir aquello que nos hemos prometido y comprometido a cumplir.

La palabra es dominio de cada uno, así como lo son nuestros hechos, ambas son nuestra responsabilidad y ambas nos representan, habremos entonces de respetarlas en la misma conciencia que nos respetamos a nosotros mismos, porque eso es exactamente lo que representan el respeto, la confianza, la seguridad, la integridad, la honestidad y, sobre todo, nuestro destino. Disfrute de ese otro maravilloso instante en el que puede confiar en las promesas en ésas, las que nunca fallan, las que sí son verdades presentes y futuras inquebrantables… las que se hace a usted mismo. Como siempre, usted elige.

¡Felices palabras, felices vidas!

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