El instante IV. La pregunta
Lo real para cada uno no es lo que sucede en sí, sino cómo lo vivimos, lo aceptamos, lo rechazamos o lo procesamos, no es lo que el otro hace o dice... sino el impacto que genera en nuestro interior
Trabaja para mantener viva en tu pecho
esa pequeña chispa de fuego celeste, la conciencia.
George Washington
Fritz Perls, el padre de la psicoterapia Gestalt, distingue tres estratos o capas para darse cuenta de uno mismo. El primero: del contacto sensorial con lo que ocurre en nuestro interior; el segundo: el darse cuenta del mundo, lo que veo, siento, huelo, palpo, toco, escucho y, el tercero: el darse cuenta de la zona intermedia, que es la zona de la fantasía, el pensar, recordar, planificar, interpretar, adivinar… Esta zona intermedia de la fantasía es la que nos separa del contacto real con el aquí y el ahora.
El ser humano ha buscado desde siempre respuestas a su necesidad de encontrarse consigo mismo, con el significado de su existencia. En nuestra cultura hemos dado giros entre el puritanismo y el moralismo hacia o hasta el hedonismo, esperando que estos descubrimientos ocurran de manera fácil y placentera. La realidad es que no hay proceso serio inocuo y absolutamente deleitable. La conciencia sobre uno mismo y la madurez exigen un trabajo arduo que no acaba nunca: siempre hay algo más por descubrir, por hacer, algo más que exija responsabilidad, cambios profundos, crecimiento y renuncias.
Lo interesante es que, en esta búsqueda, logremos minimizar la brecha entre la insaciable necesidad de atender la fantasía (la zona intermedia de Perls) con lo que sentimos (interocepción) y lo que percibimos del entorno (exterocepción). La mente no siempre posee la claridad que necesitamos, los juicios, los prejuicios, las hipótesis, las opiniones, lo aprendido… todo eso que forma parte arraigada de experiencias pasadas no siempre puede resolver un presente con nuevas realidades… muchas veces es mejor cambiar la pregunta para obtener nuevas respuestas…
Y es ahí donde aparece ese instante maravilloso… cuando dejas de preguntarte el porqué. Por qué duele, por qué me hicieron, por qué me dijeron, por qué pasó, por qué y más porqués que sólo intentan resolver la causa de la causa y no la raíz de lo que verdaderamente importa, que es uno, que es cómo eso me ha afectado, cómo eso me ha beneficiado o cómo eso me ha cambiado, enseñado o mostrado más de mí mismo… El cómo, mi querido lector, nos devuelve a nosotros mismos, a las respuestas en las que realmente tenemos injerencia, a las soluciones en las que sí podemos participar, y no sólo eso, sino que debemos hacerlo porque la conciencia y la madurez exigen el grado más alto de respeto y responsabilidad por uno mismo.
Los porqués se basan en respuestas de tiempos pasados, de incidencias vividas, se trata de los otros, de intentar clarificar el proceder ajeno, lo cual se antoja imposible, los porqués rumian, los cómo liberan y de eso se trata, finalmente, la conexión con nosotros mismos, de sentirnos libres de hacer, pensar, sentir, de elegir el ángulo desde el cual deseamos abordar lo que nos sucede, priorizando lo que verdaderamente importa, que somos nosotros mismos y las mejoras de las que podamos proveer a nuestra vida.
Lo real para cada uno no es lo que sucede en sí, sino cómo lo vivimos, lo aceptamos, lo rechazamos o lo procesamos, no es lo que el otro hace o dice, ni siquiera es la circunstancia como sea que se presente, sino el impacto que genera en nuestro interior, ése es el centro neurálgico de la toma de conciencia, de la sabia elección del siguiente paso, del proceso obligado que exige el siguiente objetivo; ahí están las razones que han de motivar los cambios de hábitos y el cambio del modus operandi autómata de nuestra mente, ésa es nuestra verdad, la que pesa, la que importa, la que trasciende.
Créame, mi querido lector, la vida es mucho mejor cuando descubrimos que, al final, todo se trata del encuentro con uno mismo, la individualización, la realización del propio estado de ser único, del actuar según nuestras capacidades propias y potenciales, de integrarnos en nuestra totalidad con la humanidad… El amor a uno mismo incluye el amor a los demás y a la vida a la cual pertenecemos. La aceptación, el respeto, la valía, la responsabilidad personal son sólo algunas de tantas respuestas de esos cómos que nos pertenecen y nos debemos para encontrar todo nuestro significado. Como siempre, usted elige.
¡Felices instantes, felices vidas!
