El deseo incómodo VI. De fondo

Las mentes fuertes se construyen en las partes más oscuras de la vida, de las experiencias, de los retos… de la incomodidad. Las mentes fuertes se educan ahí, donde tanto temen estar las mentes débiles.

                Darle a cada día su propio afán, pero también

                su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su         propio aroma. Eso es la inteligencia. Porque

                una inteligencia que no nos ayude a vivir, no la quiero.

                Antonio Gala

Las mentes fuertes no nacen de la comodidad ni sólo de la inteligencia, que depende, en gran medida, de lo heredado; tampoco de las grandes oportunidades ni de las cunas, no surgen de un golpe de suerte ni mucho menos de la necedad de una realidad insatisfecha… No, eso es de las mentes débiles que pecan siempre de equivocar estos aspectos, sobre todo el de la realidad. Las mentes fuertes saben qué hacer con la realidad porque la aceptan y la sufragan, las mentes débiles no la aceptan… por eso la desmenuzan, la inventan, la imaginan y, en su inepcia, intentan adaptarla a sus deseos, de ahí que sucumban en lo más elemental… la inteligencia y la listura y, si me lo permite, mi querido lector… en algo aún más primordial, en el orden, la constancia, la voluntad y la motivación.

Las mentes fuertes aceptan la realidad y eso les permite ver la imagen completa y, a partir de ahí, priorizarla. Las mentes fuertes se construyen en las partes más oscuras de la vida, de las experiencias, de los retos… de la incomodidad. Las mentes fuertes se educan ahí, donde tanto temen estar las mentes débiles; ahí, donde la frustración les impide asumir su rol de hacedor de nuevas realidades, quizá por ello sean tan cortoplacistas, tan impulsivos, tan arrebatados e inconsistentes. La mente débil se aburre… la mente fuerte se recrea y, como siempre le digo, se interesa, por eso hacen de su vida una carrera de fondo.

La mente fuerte busca lo útil, lo necesario, lo que falta, lo que complementa, lo que suma, lo que multiplica y en esas operaciones sabe muy bien que lo inútil no tiene cabida. La mente débil, por el contrario, usa todo, lo mezcla, lo retuerce y lo confunde, por eso no suelta, no avanza, no se eleva, por eso se vuelven pesados, anquilosados.

Y aquí, entre el punto de la realidad, lo útil y lo importante… se encuentra la inteligencia y la listura. La inteligencia es el conocimiento y la destreza en su aplicación práctica en la vida ordinaria, es la capacidad de entender o comprender y resolver un problema entrelazando la voluntad y el mundo de las emociones… el inteligente no sólo sabe, sino que entiende la materia, el objeto y al sujeto y, sobre todo, tiene la aptitud y la actitud de resolución. La listura es más práctica que la inteligencia, es más operativa y eficaz. La inteligencia piensa, medita, valora, sopesa lo que tiene delante, la listura actúa, se pone en marcha, busca la solución. La mente débil suele ser más lista que inteligente y, casi siempre, más listilla que lista. La mente débil es la que cree que su listura le es innata y que no necesita más preparación ni estudio. De ahí que caiga en la vanidad, en la arrogancia manifiesta de la sobrevaloración de uno mismo en esa búsqueda constante de validación externa.

La mente fuerte tiene bien superados esos aspectos… son más socráticos, cuanto más saben, aprenden de humildad, y en el reconocimiento de esa ignorancia, profundizan en la sabiduría, en el valor, atención y reconocimiento de quién puede saber más y enseñarles… de ahí la curiosidad, la búsqueda, la investigación y la anticipación, la flexibilidad y su pasión por lo nuevo, lo desconocido… lo que se puede cambiar.

Algunos pensarán que ser listo es mejor en este mundo de la inmediatez, lo cierto es que la listura nos deja en las superficies de las incógnitas, nos deja ahí… atados en esa inmediatez, en esa intrascendencia, en esa incomodidad, en ese presente frugal y desprovisto de toda misión y propósito. Y, al final, mi querido lector, importa, e importa mucho, sumergirse en las profundidades de la vida y de lo cotidiano; importa, e importa mucho, mirar al otro a los ojos, escucharle y sentirle, y sí importa, e importa mucho, vivir el presente ganando la partida a la inmediatez. Y para eso se necesita la inteligencia y la listura por igual, la primera para sentar las bases del criterio y la segunda para ponerlo en práctica… y, lo más interesante, para poder rescatar de esa práctica más conocimiento, más de lo útil, de la realidad, de las prioridades, del otro y de uno mismo. Y hacer de la vida una carrera de fondo. Como siempre, usted elige. ¡Felices deseos, felices vidas!

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