El deseo incómodo V. Fidelidad
La fidelidad es la claridad en el proceder, porque mantiene una observancia absoluta de la verdad, del compromiso aceptado con uno mismo y con los demás.
Uno se es fiel a sí mismo y se basta.
Jean Anouilh
Uno de los pilares más sólidos de una mente fuerte y que se desquebraja con mucha facilidad en una mente débil es, sin lugar a duda, la fidelidad. La fidelidad deriva de la palabra fidelitas, que significa servir a un Dios. Es la característica de quien es leal, en quien se puede confiar y creer por su honestidad y respeto. La fidelidad bien podría ser una virtud, y lo es cuando se trata de dar cumplimiento a las promesas, aunque se la ha hilado más con una actitud de alguien que es fiel, constante y comprometido con respecto a sus sentimientos, ideas u obligaciones que asume.
La fidelidad es la claridad en el proceder, porque mantiene una observancia absoluta de la verdad, del compromiso aceptado con uno mismo y con los demás. Ser fiel es una forma de vivir y de vivirse, donde no cabe la traición, el engaño o el autoengaño, como tampoco existe la tibieza ni mucho menos las verdades a medias o los cambios al mejor postor. El fiel no es que no falle a los demás… sino que no se falla a sí mismo, no importa qué sea lo que suceda, él no se ciñe a lo externo, por el contrario, se adapta según su propia naturaleza y, de no ser posible, sin miramientos, se retira.
El fiel no soporta, no se autocastiga, no se boicotea, no sufre cuando sabe que debe irse, abandona lo que no va consigo mismo sin sentimiento de derrota, no busca encajar, no es necio, no le impresionan los tonos altos ni los brillos ni las grandilocuencias, no se deja persuadir… El fiel es fiel a algo más allá de sí mismo, a eso que siempre está latente en su propia historia, en sus experiencias, en su instinto, en su sabiduría, en su propia configuración… en ésa que lo separa de todos en su unicidad, y en ésa también que le permite compartirse sin temor a perderse. Porque aquel que cree, no teme.
Sí… aquel que cree no teme al error ni al fracaso ni a la pérdida ni al rechazo, porque más vale para él tenerse a sí mismo que perderse en la vorágine del otro, de los otros, del sistema, de lo tangible, de lo que muta con facilidad. Quien se es fiel tiene siempre un timón, un propósito, una guía, un lugar al que llegar.
La fidelidad es la antesala de la disciplina, del autocontrol, de la autodeterminación, de la confianza en uno mismo, del propio criterio y de la responsabilidad que implica ser quien se es frente a uno mismo. La fidelidad ordena nuestras prioridades porque, si algo hace la fidelidad, es exigirnos una serie de principios y valores inquebrantables en nuestro pensamiento y nuestras acciones. De ahí que quien se es fiel ordena también sus afectos y sus límites, los internos y los externos.
Y hoy, mi querido lector, hace falta mucha fidelidad, porque ya en nada se cree y, al mismo tiempo, en todo, porque se pierde lo mucho en las nimiedades, porque se nos va la vida en la zozobra, en los miedos, en las dudas, en la competición de lo aparente, en el temor desordenado frente a la incertidumbre, en la inmediatez, en la búsqueda del éxito low cost-less effort, pero, sobre todo… se va la vida en la ausencia de valores y de principios, en el todo se vale, en los caminos más cortos, en los tiempos más reducidos, en la frivolidad y en la frugalidad de ese todo. Lo sorprendente es que, en ese devenir… ¡cuánto nos siguen conmoviendo las buenas historias, las grandes hazañas, las batallas limpias, los amores bonitos, las amistades puras, lo simple, lo auténtico, lo genuino, la inteligencia pura, la creatividad, la sinceridad empática, el respeto, el buen trato, la atención, el hacer a cada uno visible y apreciado…!
Porque no, mi querido lector, de base y en esencia no hemos cambiado tanto, lo que ha cambiado es aquello en lo que la mayoría quiere y elige creer. Lo que ha cambiado es la fidelidad, a qué le somos o no fieles. No se trata de una religión ni de una fe ciega que de suyo bien manejado ningún mal hace, sino de la laxitud con la que se trata lo que nos es humano, con los principios y valores, con el respeto, amor y tolerancia a nosotros mismos y a los demás. La falta de fidelidad es un problema de creencia, no de creer en el otro, sino de creer en uno mismo. Y quizá, sólo quizá, ése sea el punto más importante que debemos retomar: nuestro propio centro, aunque sea sólo con la intención de no ser vapuleado por las mayorías que no siempre son las correctas, sino las más fáciles de seguir. Como siempre, usted elige.
¡Felices deseos, felices vidas!
