El deseo incómodo III. La solitud
La soledad es el imperio de la conciencia. Gustavo Adolfo Bécquer Hay de soledades a soledades… Hay soledades que la vida te impone y otras que uno mismo le impone a la vida. Las primeras, las que a uno le impone la vida, son de todas las más duras, son aquéllas que ...
La soledad es el imperio de la conciencia.
Gustavo Adolfo Bécquer
Hay de soledades a soledades… Hay soledades que la vida te impone y otras que uno mismo le impone a la vida. Las primeras, las que a uno le impone la vida, son de todas las más duras, son aquéllas que no elegimos, ésas a las que muchas veces tememos… ésas las de las ausencias, las que nos aíslan, nos pesan y nos atan a un recuerdo o a un anhelo ya inalcanzable, son ésas… las soledades inhabitadas y desérticas. Después existen otras soledades, las que uno le impone a la vida, las elegidas, las necesarias, las que nos llenan, nos conectan con nosotros mismos, las que nos permitan disfrutar de nuestra propia compañía, las que nos calman, nos inspiran y nos liberan, las que sacan lo mejor de nosotros mismos y nos permitan escucharnos, sentirnos, comprendernos, resolvernos y contenernos… Y no, a ésas no les llaman ya soledad, sino solitud.
Este término anglosajón se ha resignificado para señalar una clase de soledad donde no se precisa del otro y donde uno es capaz de desarrollarse exponencialmente, debido a la introspección lógica a la que invita dicha circunstancia. Dentro de los beneficios que ofrece la solitud están: la regulación emocional, la mejora de la salud mental, el ajuste psicológico positivo y el manejo del estrés; la contemplación y satisfacción por la vida, el incremento y mejora de la calidad de las relaciones, la estimulación creativa y la oportunidad para el autoconocimiento y el crecimiento personal.
Aun así, la soledad no tiene buen cartel, la mayoría de la gente prefiere la compañía a la soledad, porque sí, es entendible, no sólo basta con querer estar un tiempo a solas sino, y más importante, que se pueda estar solo. El querer y el poder son una alianza que no todos pueden sostener y, tratándose de la soledad, menos.
Lo cierto es que la gente de mente fuerte no sólo quiere y puede estar sola, sino que lo necesita tanto como respirar, quizá esto sucede porque uno se vuelve solitario, muy solitario cuando elige volar alto y cuando siente que las dudas que increpan su mente no pueden ser escuchadas ni atendidas por nadie. Las mentes fuertes, se hacen fuertes en esas solitudes, en esos momentos donde deben ser objetivos, claros y precisos consigo mismos, ahí donde deben ser juez y parte de sus propias discrepancias, ahí donde se analizan y reconocen sus errores, ahí también donde respiran profundo y aplauden sus victorias.
La mente fuerte es solitaria, porque no se teme, porque se reta, se enfrenta, se reivindica, se recalcula y lo vuelve a intentar, de otra manera, con otras formas, sustentado en otras hipótesis, o simplemente estudiando la realidad y los datos existentes desde otra perspectiva. La mente fuerte cambia, muta, se transforma, se expande, es flexible, moldeable, adaptable, es precisa.
Por eso no, mi querido lector, no todo aquel que usted ve solo, lo está ni mucho menos se siente solo, ni tampoco aquellos que ve acompañados lo están, por el contrario, el bullicio no siempre hace compañía. Créame, la mejor compañía de uno mismo es uno mismo cuando se entiende. Quien puede saber más de usted y sus deseos es usted, nadie ha vivido su vida, sólo usted la conoce y es el único que puede explorar en ella sus más grandes secretos.
Se dice que la solitud es el arte y el ejercicio de amor más grande hacia uno mismo que se puede experimentar y no lo pongo en duda. La solitud es ese espacio en el que nos convertimos en esa persona que nos ha hecho falta toda la vida y nos decimos aquello que tantas veces necesitamos escuchar, el espacio donde reconocemos el valor intrínseco que poseemos y reconocemos esa valía, el lugar en el que sellamos las heridas que nadie vendrá a sanar, el espacio abierto en el confrontamos todos nuestros miedos y ese lugar también, donde elegimos soltar lo que ya no necesitamos ni nos pertenece. Es, mi querido lector, el lugar donde nos fascinamos con nosotros mismos sin afán de vanidad sino de respeto y orgullo por nuestra propia historia. Y, sobre todo, es el lugar donde planeamos y creamos esa vida y ese ser que queremos, ¡es el Eureka, es la suficiencia absoluta de uno mismo! Como siempre, usted elige.
¡Felices deseos, felices vidas!
