Consciencia e inteligencia emocional III
Necesitamos saber lo que sentimos, nombrarlo y saberlo gestionar a nuestro favor
La inteligencia busca, pero quien encuentra es el corazón.
George Sand
Doscientas cincuenta palabras se han catalogado, hasta hoy, para designar distintos tipos de emociones y sentimientos. Es casi seguro que habremos vivido cada una de ellas sin saber, incluso, que esas percepciones o sensaciones podrían tener un nombre específico, quizá sólo alcanzamos a nombrar aquellas que hemos aprendido, las demás han coexistido en las inmediaciones de ese conocimiento, incluso usurpando el mismo lugar de otras tantas; y así como hemos sometido una realidad a un concepto, hemos dotado a ese concepto de más protagonismos que el que pudiese tener… y en ese protagónico pueden ir anclados agravantes significativos.
Lo cierto es que, si esto es así, nuestros pensamientos, decisiones, acciones, comportamientos, actitudes y resultados, quizá sean equivocados. Porque no, no es lo mismo sentirse triste que enojado ni feliz que alegre ni pleno que contento ni defraudado que frustrado ni enamorado que ilusionado. No funciona igual en nuestra percepción y manejo de la realidad.
De ahí la importancia de la consciencia y la inteligencia emocional. La consciencia emocional es el primer paso para acceder a la inteligencia emocional, que es, sin lugar a dudas —y sin demeritar otras—, la más alta de las inteligencias.
Recuerde que la consciencia emocional es la capacidad de percibir las propias emociones y las emociones de los demás, así como los contextos emocionales determinados. La inteligencia emocional es la habilidad para manejar sentimientos y emociones, y utilizar esos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones. Sin la primera, no existe una adecuada gestión de las emociones ni la toma de decisiones inteligentes.
Necesitamos saber lo que sentimos, nombrarlo y saberlo gestionar a nuestro favor. ¿Cómo? A través del autoconocimiento de nosotros mismos; el que no sabe quién es tampoco sabe qué quiere con exactitud, ni lo que necesita ni, mucho menos, hacia dónde dirigir su vida y las razones de ello. Hay que saber cuál es nuestra esencia, cómo se vive en nuestra piel, en qué creemos, cuáles son nuestros principios y valores personales y, a partir de ahí, gestionar eso que sentimos y alinearlo a quienes somos de manera integral.
Esto nos permite entender mejor nuestra realidad y tomar mejores decisiones. La libertad se trata también de eso, de no ser rehén de nuestras propias emociones y, por ende, de nuestros pensamientos y de las acciones, resultados y consecuencias de esas emociones. Porque sí pasan cosas que nos cambian la vida cuando actuamos desde la emoción equivocada… y no, no todo y no siempre tiene una solución capaz de devolvernos a aquel instante y empezar todo de nuevo.
Cuando las emociones aparecen, hay personas que deciden callarlas; otras, minimizarlas; otras más, expresarlas sin ningún control o límite y, otras más, deciden encubrirlas; ninguna de ellas, aunque tenga un IQ de genio o sea sumamente talentosa, podrá ser feliz o contar con una calidad de vida sobresaliente.
Por eso, hoy le invito a sentir y a profundizar en eso que siente y por qué lo siente, y a resolverlo antes de que llegue a generar una alteración considerable en su pensamiento porque, una vez que toque esas fibras, vendrá un despliegue monumental en sus discursos internos, externos, en sus acciones y en sus resultados. Como siempre, usted elige.
¡Felices consciencias, felices vidas!
