Capital

Uno no se enamoró nunca, y ése fue su infierno. Otro sí, y ésa fue su condena. Robert Burton El capital siempre ha sido considerado relevante en la vida de los seres humanos, con el clásico cuánto ...

Uno no se enamoró nunca, y ése fue su infierno.

                Otro sí, y ésa fue su condena.

                Robert Burton  

El capital siempre ha sido considerado relevante en la vida de los seres humanos, con el clásico cuánto tienes, igual a cuánto vales nos han pretendido ilustrar desde pequeños… y la realidad nos demuestra que,  aunque no se tenga nada, se puede valer y, aunque se tenga todo, no se valga nada. El capital no tiene nada que ver con lo que se es y se vale. Intrínsecamente son dos conceptos distintos, aunque se insista en quererlos equiparar. No hace falta ir muy lejos para percibir cómo con frecuencia el capital enamora; cómo es capaz de convertir a los seres humanos en otras personas y casi nunca en su mejor versión; no es de sorprender que de todo lo material guste lo bueno, aunque en lo personal no se quiera serlo o elegir trabajarlo.

Como si el capital y lo bueno estuviesen siempre en disputa, y no. Se puede tener capital, ser bueno, elegir y hacer el bien, pero los hay que quieren sólo el capital por el simple deseo de tenerlo, sin ningún objetivo más allá que ése… tener capital. Y cada quien su elección, pero no deja de sorprender cuánto gusta, cuánto enamora y sobre todo… cuánto cambia a las personas.

Aunque tendré que reconocer que no a todas, sólo cambia a las personas que dan grandes saltos en poco tiempo, con base en poco esfuerzo y casi sin merecimiento; a esas que se dejan impresionar fácilmente, que casi maldicen sus orígenes y su cultura; a esas que siempre han tenido la envidia como motor, la soberbia como escudo y la avaricia como bandera. A esas que denigran su pasado o bien lo inventan y dramatizan para dar un toque de héroe o heroína a su propia historia… a esas que nunca distinguieron su propio valor y lo confundieron con capital y, ahí con él… finalmente se mimetizaron. Y se mimetizaron tan bien, que se convirtieron en gente plástica, rutilante, sonora… esos los que van por ahí queriendo llamar la atención, encantados de publicitar marcas, exultantes, altaneros y siempre vistosos acompañantes, de esos compulsivos compradores potenciales… y convirtiéndose en ese nuevo producto que ellos mismos han generado. Porque eso son, finalmente, un producto sujeto a la compra o a la renta de quien pueda proveerles de ese lugar al que aspiran llegar sin más mérito que ser lo más artificial posible.

Y allá quienes gusten comercializar con estos bienes cada vez más exuberantes y menos escasos, y allá quien decida poseer más objetos o, en su defecto, quien considere que todo lo merece y sólo para sí mismo. Hay relaciones humanas que terminan por convertirse en relaciones comerciales donde lo único que importa es el “capital” que el otro pueda proveerle. Ese “capital” tan mal entendido… ese capital que sólo tiene que ver con el placer de lo efímero, con las apariencias, con los deseos de estatus o con la compra de un poquito de belleza aparente o de fugaces instantes de juventud…

El cuánto tienes y cuánto vales es una creencia que lastima y minimiza, y quien a ella se arraiga, fracasará míseramente, porque si sólo se es por lo que se tiene… qué poco se vale.

Por eso hoy le invito a elegirse y a elegir para usted a aquellas personas que tengan muy claro el concepto de cuánto valen independientemente de lo que tengan, no tengan, lleguen a tener, elijan tener o elijan no tener. El valor es la cualidad de las personas que merecen consideración o aprecio por sus características especiales, únicas e irrepetibles, por lo que dan a los demás, por su calidad humana, por las elecciones que toman y por el respeto y la dignidad con la que se tratan a sí mismos y a los demás. Como siempre, usted elige.

¡Felices elecciones, felices compañías!

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