Desdecir
Quien se desdice de lo dicho está tratando de esconder la responsabilidad de sus actos.

Paola Domínguez Boullosa
La coach
Cuando no se piensa lo que se dice es cuando se dice lo que se piensa.
Jacinto Benavente
Desdecirse de lo dicho… es igual que querer deshacerse de una parte elemental de uno mismo… de su pensamiento, de sus emociones, de sus razonamientos, de lo que cree…
El que se desdice de lo dicho, en afán de su propia conveniencia, procura negar la realidad de sus palabras, arremeter justificando sus pasiones y sus arrebatos. También sostiene firmemente que sus palabras han sido mal interpretadas e incluso llega a negar a toda costa que esas palabras le pertenezcan… son personajes de memoria selectiva, los que se desdicen de lo dicho y son, además, expertos en reinterpretar, en negar y hasta en victimizarse ante la interpretación ajena de sus propias palabras.
Desdecirse de lo dicho es un acto de cobardía en toda regla. Desdecir simplemente es algo muy diferente. Quien desdice niega la autenticidad sobre algo, desmiente lo que se ha dicho, aclara, e incluso admite el error cometido en lo dicho, el error de sus propias palabras, el que simplemente desdice se retracta... el que se desdice de lo dicho, no.
Desdecirse de lo dicho y retractarse no es lo mismo, aunque algunos intenten convertir la acción en sinónimo. Quien se desdice de lo dicho está tratando de esconder la responsabilidad de sus actos, quien se retracta se hace responsable de ellos… profunda diferencia para quien sabe lo que quiere y quien no. Se lo digo porque resulta sorprendente la elocuencia con la que tantos se desdicen de sus palabras y la humildad con la que tantos otros las reivindican, las afrontan y las enmiendan.
Arrepentirse siempre será válido y diligente, tanto como cambiar de opinión, lo que es inadmisible es intentar anular la responsabilidad de las palabras dichas, de las acciones proferidas, eso es impermisible.
Comprender que hemos errado por las circunstancias que sean y admitir las consecuencias resultantes es una cosa, y otra muy diferente es nunca reconocer ni lo dicho ni sus consecuencias. Es vergonzosa la actitud de pretender alterar la realidad propia y la ajena.
Y sucede con toda naturalidad, que se dicen cosas que luego resulta que ni son, ni fueron ni se acercan a lo que se quería expresar o por lo menos, eso se cree o se pretende hacer creer… y si hay quien las cree para sí mismo y hay también quien se las cree a quien intenta desdecirse de lo dicho… e incluso admite y ser hacedor de malas interpretaciones desvinculando así, de toda responsabilidad a aquel quien las dijo.
Por favor, no se confunda y no permita que nadie le confunda… quien nos dice algo y argumenta tiempo después que no lo hizo y que sí lo hizo… no se acuerda, que no lo pensó, que lo dijo por decir, que no fue con intención, que no fue consciente o volitiva su palabra o su acción u omisión… no le crea… eso era exactamente lo que quiso decir, hacer o dejar de hacer.
Es válido y es admisible reconocer las razones circunstanciales, es admisible la reivindicación, es admisible la disculpa, la retracción, y cualquier otro indicio de conciencia, realidad, verdad y responsabilidad… y créame, no pasa nada…
No pasa nada si nos hacemos responsables de lo que hemos dicho o hecho o dejado de hacer, no pasa nada si nos retractamos, no pasa nada si admitimos nuestro error y no pasa nada si lo reconocemos… no pasa nada porque es muy probable que la honestidad nos otorgue el apoyo que necesitamos para poder reparar los daños generados o bien simplemente nos permita reconocer nuestros propios errores, hacerlos conscientes y evitarlos en el futuro. Sólo se trata de responsabilidad y dignifica la libertad que poseemos.
Y si por el contrario, nuestro interlocutor continúa en la negación necia y a perpetuidad de las palabras dichas y de los actos cometidos o no, convendremos en admitir que esas fueron las palabras y las acciones u omisiones que deseaba darnos a conocer. Esta realidad nos obliga a evaluar la aceptación o no de esa persona en nuestra vida.
Porque no hay peor compañía que aquella que es incapaz de reconocer sus palabras, sus acciones y sus errores. Donde no existe el reconocimiento de lo que uno es tampoco existe la conciencia, esa solidez en la que podamos apoyarnos y confiar.
Por eso hoy le invito a considerar sus palabras, sus acciones y sus omisiones como una extensión de todo su ser, porque en realidad, esos son los medios a través de los cuáles manifestamos lo que somos, lo que pensamos, lo que creemos y lo que sentimos con respecto a nosotros mismos y con respecto a nuestra interacción con los demás y con la vida…
Créame, todos podemos decir o hacer cosas poco atinadas, la perfección no viene implícita en la libertad de la conducta humana, todos podemos errar y es necesario e incluso conveniente para el aprendizaje, pero hay que ser congruentes, ser incapaz de reconocer quienes somos… es inadmisible. Por eso, no discuta frente a la incapacidad de quienes no pueden hacerse responsables de lo que son, y siéntase con total libertad de admitir que con esas palabras, esas acciones y esas omisiones, está descubriendo la naturaleza de quien las dice.
¡Felices palabras, felices reconocimientos!