De todas las fantasías futuristas de moda en la primera mitad del siglo XX: ciudades submarinas, viajes por el espacio, erradicación de enfermedades, la única que se cumplió para el siglo XXI fue la ruptura de las barreras para la comunicación universal y absoluta. Poco menos de cuarenta años de avances tecnológicos compitiendo por conquistar el mercado de las computadoras personales, toparon en las herramientas universalmente accesibles que utilizamos en la actualidad. De entre todos los que participaron en este pleito utilitario destacan dos personajes: Steve Jobs y Bill Gates. Jobs (EU, 2015), material recién estrenado, resulta un documento fílmico esencial para entender la personalidad del más entusiasta y exitoso promotor de aquel futuro que hoy es presente, para quien la vida resultaba imposible sin los cacharros en los que creyó. Dirige Danny Boyle, basado en un guión de Aarón Sorkin, para lograr una película que a todas luces parece haber sido difícil de filmar. Tres larguísimos planos secuenciales recrean otros tantos momentos de la vida de Jobs. En cada uno de ellos lanzará su más reciente adelanto informático.
Así como nadie dudará del talento de Jobs para el negocio que eligió, sus problemas de personalidad han sido narrados por sus biógrafos para ubicarlo como habitante de un mundo único, en el que nada importaba a no ser las computadoras y la manera en que éstas iban a cambiar al mundo. Una buena caracterización de Steve, encomendada a Michael Fassbender, recibe el soporte de un cuadro actoral equilibrado que entiende el sentido de la historia. Destaca la caracterización de Joanna Hoffman, asistente imprescindible de Jobs, interesantísimo personaje con su personal enredo de enamoramiento y lealtad absoluta, por parte de una Kate Winslet que a uno le toma media película reconocer. Steve Wozniak, amigo de Jobs desde la infancia, a quien debe el soporte técnico en el campo de la electrónica para sus equipos, suelta una buena frase si de entender al personaje se trata: “Steve, no es binario, se puede ser genial sin dejar de ser decente”.
La manera en que el creador de Apple se relacionaba con las personas constituye la objeción más consistente que puede hacérsele a un hombre que consiguió todo lo que pretendía. Nadie, para Jobs, parece importar, más allá de las computadoras; como nadie, de ello pareció estar seguro siempre, podría resultar tan capaz como él. No importaba pasar por encima de quien fuera, atropellando los derechos de quienes con él participaron en el nacimiento y desarrollo de Apple. Como puede sucederle a cualquier hombre aquejado por la genialidad, el personaje avanza a tientas, sujeto a sus ocurrencias y a la fe que les tiene siempre. Los hombres del dinero deciden echarlo de Apple, y Jobs pone inteligencia y empeño a partir de ahí hasta conseguir su revancha: encabezar de nuevo la compañía, alcanzar el máximo de su creatividad y el reconocimiento público absoluto.
El recurso del guión y la dirección para poner de manifiesto esta faceta de Jobs son los larguísimos diálogos, que va sosteniendo con cada uno de los personajes importantes en su vida. Para cada diálogo hay un manejo excelente de cámara y dirección actoral de primera, que por supuesto consiguen excelentes close ups. La película consigue a un Jobs totalmente defensivo, sin más disposición que la que le haga falta para enfrentar los embates de aquellos que a fin de cuentas lo aman y, como sucede siempre, pretenden hacerlo una mejor persona. Cien minutos de creatividad neurótica muy bien filmados.
