Juliette y Camile; caracterizando ninfoleptos
Recién se estrena en México Camile Claudel, 1915, escrita por Bruno Dumont.
En 1883 una joven bretona casi niña llegó al París aquel, entonces capital mundial de las artes, a probar suerte como aprendiz en el taller del más que prestigiado escultor Auguste Rodin, casi 24 años mayor que ella. Apenas unos meses después, Camile y Rodin iniciaron una relación sentimental que mantendrían a lo largo de diez años, a pesar de que el escultor estaba casado. Cuando concluyó esta etapa en la vida de Camile, que para entonces gozaba ya de cierta fama como artista, aparecieron en ella los síntomas de un trastorno bipolar. Había abierto su propio taller, en el que vivía con modestia de las piezas que iba vendiendo, y su comportamiento agresivo, derivado de sus emociones fuera de control hasta provocarle delirios, iba complicándole cada vez más la relación con vecinos y amigos. La familia había roto con ella al iniciarse su relación con Rodin, y finalmente, en 1913 fue internada en el manicomio de Montdvergues, hospicio privado en el que gracias a la influencia de su familia, en particular la de su hermano Paul, se le concedía trato preferencial, en tanto habría de mantenérsele ahí por el resto de su vida, casi 30 años más. Paul Claudel era entonces el poeta más prestigiado de Francia, además de un importante diplomático, con dinero e influencia suficientes para decidir el destino de Camile. El poeta era ya, por vía de una extraña conversión pseudomística, un católico recalcitrante, eternamente enojado con la escultora por lo ocurrido con Rodin, a grado tal que para algunos biógrafos e historiadores del arte fue este rencor el que determinó el encierro permanente de su hermana, con la prohibición estricta de que realizara trabajo escultórico alguno, porque Paul estaba convencido de que era el arte lo que la había enfermado. Recién se estrena en México Camile Claudel, 1915, escrita y dirigida por Bruno Dumont, con Juliette Binoche haciendo a la artista y Jean Luc Vincent protagonizando a Paul Claudel. Para algunos críticos la obra ha resultado excesivamente realista, dura por lo tanto para el espectador, para otros excesivamente dramatizada por sus protagonistas. La película fue filmada en las instalaciones de un sanatorio para enfermos mentales, y en ella actuaron personas mentalmente enfermas como compañeros de Camile. La banda sonora consiste sencillamente en los diálogos más bien breves que van marcando los acontecimientos, voces y charlas de pacientes, monjas y médicos, y sonidos propios de la campiña. Toca a Binoche revivir la durísima soledad de la escultora en su encierro entre enfermos, atendida por personas que no van a hablar con ella, como si la gravedad de su mal fuera la misma que la de cualquier otro paciente, ociosa todo el tiempo y concentrada en un propósito único: dejar el manicomio. La fotografía y el manejo de la cámara, que retratan con precisión absoluta una situación de extrema crueldad, sin embellecer ni degradar o distorsionar, la edición, el vestuario y la participación de los actores secundarios, enfermos o no, resulta técnicamente perfecta, tarea magnífica de Dumont que persigue un sólo fin: Camile y Paul, la escultora y el poeta, absolutamente aislados del resto, existen en el relato sólo para poner de manifiesto al religioso radical, al poeta niño celoso de su hermana y sus amores con Rodin, dispuesto a castigarla con el aislamiento perenne, amparado en la severidad de la nueva moralidad que la conversión le ha dado, e incapaz de enfrentar a una Camile que quiere su libertad por cualquier medio. Ambos viven la simbiosis y sus consecuencias, impedidos para resolver su diferencia aunque en ella vaya la condena de la escultora. Paul Claudel es insensible al dolor y a los ruegos de su hermana, prisionera de sus mandatos de fanático inaccesible, en tanto Camile no consigue explicar, justificar y convencer para hacer la vida a la que se sabe con derecho. El drama de cada uno resulta retratado con absoluta fidelidad por Binoche y Vincent, reducidos a fin de cuentas a la soledad absoluta, cada uno a su modo, ella presa en un manicomio, él atrapado por su doctrina. Camile amó y consiguió la obra plástica que anhelaba, paradójicamente condicionada por su mal mental a destruir la mayor parte de ella. El costo de dos décadas de plenitud amorosa, creativa y dolorosa en su pérdida de Rodin, fueron 30 años más de la soledad que Dumont consiguió filmar con maestría y Binoche interpretar en un papel inigualable. Esas son las historias de los ninfoleptos.
