¿Y si midiéramos el desperdicio de alimentos como medimos los goles?
Por Kim DurandCEO y fundador de Cheaf La cuenta regresiva para el Mundial de Futbol 2026 ha comenzado. El evento a celebrarse el próximo año en México, Estados Unidos y Canadá está destinado a romper récords… pero no todos son motivo de celebración. Según ...
Por Kim Durand
CEO y fundador de Cheaf
La cuenta regresiva para el Mundial de Futbol 2026 ha comenzado. El evento a celebrarse el próximo año en México, Estados Unidos y Canadá está destinado a romper récords… pero no todos son motivo de celebración. Según estimaciones recientes de Scientists for Global Responsibility, esta edición podría convertirse en la más contaminante de la historia, con una huella de carbono que superaría los 9 millones de toneladas de CO2, casi el doble del promedio registrado en ediciones anteriores entre 2010 y 2022. Para un evento cuya narrativa actual incluye la sostenibilidad como estandarte, el dato no es menor.
Si bien 85% de estas emisiones proviene del transporte y las distancias entre las 16 ciudades sede; hay otra dimensión menos visible, pero igual de importante: la gestión de alimentos y el destino de sus excedentes. FIFA ha presentado su estrategia climática con objetivos ambiciosos: reducir a la mitad las emisiones para 2030 y alcanzar la neutralidad para 2040, a través de energías renovables, eficiencia energética, infraestructura sostenible, transporte eléctrico y compensación de emisiones mediante créditos ambientales.
Las sedes mexicanas comienzan a mostrar señales alentadoras. La Ciudad de México propone robustecer su red de transporte público, campañas de educación ambiental y optimizar la gestión de residuos en los estadios. Monterrey apuesta por una movilidad más limpia y manejo de residuos orgánicos, mientras Guadalajara explora modelos de compostaje en áreas de consumo. Todo suma. Pero aún falta lo esencial: articulación nacional, integración con el sector privado y auditorías ciudadanas que garanticen resultados reales. No podemos conformarnos con buenas intenciones; hace falta escalar, sistematizar y rendir cuentas si no queremos caer en la trampa del greenwashing.
¿Y qué pasa con la comida? Desde mi trinchera —la lucha contra el desperdicio alimentario— sé que el reto no es menor, pero tampoco es imposible. Si algo me ha enseñado rescatar excedentes y transformarlos en valor social y nutricional es que, con voluntad y coordinación, incluso las cadenas más complejas pueden operar de forma más consciente. En eventos masivos, donde el consumo suele desbordarse, se requieren protocolos claros de donación y redistribución, abastecimiento local, trazabilidad, separación de residuos, compostaje, logística. Todo acompañado de indicadores públicos y mediciones verificables. Nada que no se haya probado antes.
París lo demostró en los Juegos Olímpicos de 2024, al recuperar cerca de 98% de los excedentes alimentarios, establecer sistemas eficientes de redistribución entre organizadores y organizaciones sociales, y aplicar menús sostenibles bajo normas exigentes que hoy marcan pauta en Europa. México tiene el talento logístico, la creatividad gastronómica y el músculo empresarial para replicar y adaptar esos modelos. Lo que necesitamos es decisión política e integración real entre actores clave: gobiernos, empresas, sociedad civil… y consumidores.
¿Por qué no aprovechar esta coyuntura para lanzar una certificación verde para proveedores del Mundial, con estándares sobre reducción de desperdicio, rescate alimentario, separación y tratamiento de residuos? Replicar esto para hoteles, restaurantes y cadenas de suministro, visible para los millones de visitantes, más allá del estadio y *fan zones, podría marcar una diferencia estructural no sólo en percepción, sino en la práctica. El Mundial es mucho más que futbol: considero que tiene la capacidad de convertirse en un laboratorio de políticas sostenibles y prácticas que trasciendan la duración del torneo. Los eventos deportivos de esta magnitud tienen un poder mediático único para difundir mensajes de responsabilidad ambiental en momentos de máxima audiencia, visibilizar iniciativas comunitarias y fomentar el consumo responsable.
Desde la iniciativa privada, hago un llamado a sumarnos activamente a este esfuerzo desde nuestra propia cancha. A las autoridades y organizadores, les pido algo aún más elemental: abrir la puerta a quienes llevamos años trabajando desde la convicción en un planeta mejor. No estamos hablando sólo de logística, sino de legado. Que el Mundial de 2026 no sea un evento más con anuncios grandilocuentes, sino un auténtico precedente internacional que siente las bases para una nueva normalidad en la organización de eventos masivos. Lo que hagamos (o dejemos de hacer) en ellos tiene eco global. A poco menos de un año del silbatazo, la pelota ya está en juego. ¿Seremos capaces de levantarnos con la victoria?
