Life-long learning y los nuevos modelos educativos
Pensar el aprendizaje a lo largo de la vida implica recuperar a la universidad como un espacio de construcción de un proyecto de vida.
Hablar de aprendizaje a lo largo de la vida es reconocer que la formación humana no se agota en una etapa concreta ni responde a trayectorias previsibles. La idea de que una persona estudia durante algunos años para luego “salir al mundo” ha dejado de describir la experiencia real de millones de personas. Hoy aprendemos, desaprendemos y volvemos a aprender en distintos momentos de la vida, en diálogo constante con cambios personales, profesionales y sociales cada vez más acelerados.
Esta realidad interpela directamente a la universidad. No sólo a su oferta académica, sino también a su comprensión más profunda de a quién educa y para qué. La universidad está llamada a acompañar procesos vitales complejos, cambiantes y profundamente personales. Esto exige una mirada más amplia sobre el estudiante: no como un perfil homogéneo, sino como una persona situada, con historia, responsabilidades y aspiraciones diversas.
Asumir esta visión cuestiona los modelos rígidos y obliga a repensar estructuras, tiempos y formatos. Pero también plantea un riesgo que no podemos ignorar, que la educación se fragmente en experiencias inconexas, perdiendo profundidad y sentido formativo. El reto no es simplemente flexibilizar, sino conjugar flexibilidad con identidad, apertura con coherencia, adaptación con fidelidad a la misión universitaria.
Conjugar flexibilidad con identidad implica reconocer que la misión universitaria no es un límite que restringe, sino un punto de apoyo que orienta. La flexibilidad auténtica no consiste en diluir los contenidos ni en relativizar las exigencias, sino en discernir qué debe permanecer y qué puede transformarse para seguir siendo fieles al propósito educativo. Cuando la identidad está clara, la universidad puede abrirse a nuevas formas, públicos y trayectorias sin perder profundidad, porque sabe que su coherencia no depende de la rigidez de sus estructuras, sino de la convicción con la que forma personas capaces de pensar, decidir y servir en contextos cambiantes.
En contextos de alta presión y cambio acelerado, existe la tentación de privilegiar decisiones visibles, de impacto inmediato. Sin embargo, muchas de las transformaciones más relevantes en educación son estructurales y sostenibles en el tiempo. Estas decisiones no siempre generan titulares, pero construyen solidez institucional y hacen posible una educación de calidad más allá de las coyunturas.
Ligado a esto aparece un segundo elemento clave: la gobernanza. Pensar en aprendizaje a lo largo de la vida exige gobernar con visión de largo plazo, sin descuidar la misión universitaria. Las decisiones estratégicas que verdaderamente transforman son aquellas que alinean la estructura de gobierno con el proyecto educativo. En contextos marcados por desigualdades, esta visión adquiere además una dimensión social irrenunciable la educación como bien público y como motor de movilidad social no puede quedar subordinada a una lógica meramente instrumental.
Finalmente, pensar el aprendizaje a lo largo de la vida implica recuperar a la universidad como un espacio de construcción de un proyecto de vida. No sólo como lugar de certificación de competencias, sino como ámbito de orientación, confianza y esperanza. Frente a la fragmentación y la polarización de nuestro tiempo, la universidad puede —y debe— ofrecer profundidad, pensamiento crítico y horizonte. Acompañar a las personas en grado, posgrado y en procesos de formación continua es también ayudarlas a integrar su vida profesional con su vida personal, su libertad con su responsabilidad, su conocimiento con su sentido. De hecho, ésta no es una ampliación reciente de la misión universitaria, sino una recuperación de su raíz más profunda, históricamente la universidad surgió como un espacio para ayudar a pensar la vida a la luz de la verdad; hablar hoy de proyecto de vida no es una novedad, sino una traducción contemporánea de su vocación originaria.
Las decisiones estratégicas que apuestan por la formación integral, la responsabilidad ética y el servicio a la sociedad no sólo fortalecen a las instituciones; contribuyen, de manera silenciosa, pero decisiva, a la estabilidad y al desarrollo de las comunidades y de los países a los que estas universidades están llamadas a servir. En este contexto, concebir el life-long learning no como un complemento, sino como un eje del modelo educativo, permite a la universidad acompañar de forma continua a la persona a lo largo de su proyecto de vida, respondiendo con mayor coherencia a los desafíos sociales y humanos de nuestro tiempo.
