Zambada y Wedding, dos capturas sin claridad

La captura, entrega o sustracción de Ryan Wedding, exdeportista olímpico y presunto narcotraficante ligado al CJNG, no es un simple episodio de nota policiaca, es un caso de seguridad nacional que exhibe una fractura en el punto más delicado de la relación México–EU: la inteligencia estratégica y la contrainteligencia. Y por eso inevitablemente remite al antecedente más incómodo para el gobierno federal: Ismael El Mayo Zambada, cuya verdad sobre su captura sigue en disputa y, peor aún, se mantiene envuelta en opacidad. No se sabe con certeza si fue sustraído mediante una operación encubierta del FBI o si fue entregado por una traición interna. Con Wedding ocurre lo mismo: versiones incompatibles, narrativas en choque y un Estado mexicano atrapado en su propia contradicción.

El punto central no es si Wedding caminó “voluntariamente” a una embajada o si fue atrapado mediante un operativo clandestino. Lo que está en juego es quién controló el proceso completo: desde la localización y vigilancia, hasta la extracción; el expediente y sobre todo, el dominio narrativo posterior. En inteligencia, el after action es tan crítico como el seguimiento del objetivo: quien controla la historia, controla la percepción de poder, capacidad y legitimidad.

Este caso presenta un problema grave: México dice que fue una entrega voluntaria; Wedding lo niega, y The Wall Street Journal sostiene que fue producto de un operativo secreto del FBI en nuestro territorio. Las tres versiones no sólo se contradicen: se anulan mutuamente. Claudia Sheinbaum asegura que su gobierno no realiza operaciones en conjunto con autoridades estadunidenses, entonces, si hubo operativo sin autorización, hablamos de una violación de nuestra soberanía y eso amerita un fuerte reclamo, pero no ha habido ninguna postura al respecto. Ni una nota diplomática. Y si hubo cooperación, ¿por qué se niega? Y si no hubo cooperación, ¿por qué EU agradece la colaboración mexicana? Estas preguntas no son retórica, son indicadores que hablan de una ruptura en los canales de coordinación estratégica binacional.

En ese contexto cobra relevancia la visita del director del FBI y las palabras de Omar García Harfuch, quien informó que Kash Patel reconoció el aumento de “operaciones coordinadas” y se acordó continuar el trabajo conjunto “con pleno respeto a la soberanía”. El mensaje, en apariencia diplomático, revela lo contrario: se está administrando una crisis de confianza.

Y entonces aparece el elemento más delicado: la imagen presentada por el gobierno mexicano que, según señalamientos, habría sido generada por IA. Esto no es un error menor. Un Estado que sostiene su versión con evidencia sin origen verificable se autoinflige un daño estratégico: erosiona credibilidad interna, pero sobre todo internacional. En seguridad, la confianza no es un valor moral: es un insumo operativo. Sin ella, la cooperación real se degrada.

Wedding debe leerse como un episodio de transición: la cooperación México–EU está entrando en una fase de competencia peligrosa. Ya no basta con operar; ahora se compite por el crédito, por el control del expediente y por la autoridad estratégica. Y cuando los dos Estados discuten públicamente, los grupos criminales ganan tiempo porque la inteligencia se vuelve más lenta y la acción menos precisa.

En seguridad nacional, la inteligencia no sólo protege secretos: protege alianzas. Cuando esa protección falla, el enemigo ni siquiera necesita intervenir. El daño ya está hecho.

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DE IMAGINARIA

La SSPC, que encabeza Omar García Harfuch, frustró en coordinación con el Ejército mexicano las intenciones del Cártel de Santa Rosa de Lima de rescatar a José Antonio Yépez Ortiz, El Marro. Esta acción desmiente cualquier versión de pleito entre los titulares de la SSPC y la Defensa. García Harfuch entiende la cadena de mando. Lo aprendió de su abuelo el general Marcelino García Barragán y de su padre, Javier García Paniagua, compañeros de gabinete del general Miguel Ángel Godínez Bravo. Los tres fueron muy buenos amigos, y siempre se condujeron con respeto a sus jerarquías y cargos. García Harfuch tiene los servicios de inteligencia y el general Ricardo Trevilla tiene bajo su responsabilidad el servicio de inteligencia militar, al Ejército y GN, sin embargo, ambos se respetan. En la Defensa tampoco hay insubordinación, el secretario tiene cuatro estrellas y la Presidenta cinco, es la comandanta suprema. Así es la cadena de mando.