La llamada, el T-MEC y la isla

Claudia Sheinbaum colgó el teléfono con Donald Trump ayer tras 40 minutos de conversación “productiva y cordial”. Hablaron del T-MEC, de seguridad, y de temas comerciales que “todavía no se pueden comunicar”. Trump la elogió como “líder maravillosa e inteligente”. Horas después, firmó una orden ejecutiva que declara “emergencia nacional” por Cuba y autoriza aranceles contra países que vendan petróleo a la isla. La secuencia parece brutal. Pero tal vez no sea lo que parece.

La coreografía fue demasiado precisa para ser accidental. El 28 de enero, Marcelo Ebrard llegó a Washington para reunirse con Jamieson Greer, representante comercial, y Howard Lutnick, secretario de Comercio. Acordaron “conversaciones formales sobre reformas estructurales” del T-MEC: reglas de origen más estrictas, minerales críticos, combate al dumping chino. Todo “positivo y cordial”. Al día siguiente, Sheinbaum y Trump hablan 40 minutos. Y horas después, Trump firma la orden sobre Cuba que delega en Lutnick —el mismo con quien Ebrard acababa de negociar— determinar qué países suministran crudo a La Habana.

¿Coincidencia? Poco probable. Lo que probablemente vimos fue el resultado de una negociación, no un engaño. Esos 40 minutos donde hablaron de “temas comerciales” que aún “no se pueden comunicar” muy posiblemente sirvieron para planchar exactamente esto: el timing, el tono, las implicaciones. Trump necesitaba cumplir su amenaza sobre Cuba sin romper públicamente con México antes de la revisión del T-MEC. Sheinbaum necesitaba espacio para mantener su narrativa de soberanía sin provocar una ruptura comercial catastrófica para los tres países miembro.

La orden ejecutiva es casi quirúrgica. No menciona a México explícitamente. Delega la determinación de países infractores en Lutnick, no la hace automática. Deja margen de maniobra. Y Sheinbaum, significativamente, no ha condenado la medida. Ha reiterado que México mantendrá su ayuda humanitaria “como decisión soberana”, pero también ha aclarado que Pemex opera “según contratos” y toma sus propias decisiones empresariales. Traducción: hay flexibilidad.

México envió más de 12 mil barriles diarios a Cuba durante 2025. Sheinbaum lo ha defendido con solidez histórica y jurídica: México fue el único país que se opuso al bloqueo desde el principio, condonó 70% de la deuda cubana con Pemex, invirtió 350 millones en modernizar refinerías. La solidaridad no es retórica, es política de Estado.

Pero Washington considera que ese flujo energético permite al gobierno cubano “mantenerse en el poder”. Y Trump formalizó el ultimátum: quien alimente a La Habana, pagará con acceso al mercado de EU. Con 83% de las exportaciones mexicanas dirigidas a EU y la revisión del T-MEC agendada para antes del 1 de julio, el mensaje es transparente.

Ambos gobiernos parecen haber encontrado un arreglo tácito. Trump obtiene su orden ejecutiva, cumple con la línea dura del exilio cubano en Florida, y mantiene presión sobre La Habana. Sheinbaum mantiene el discurso de soberanía, no cede públicamente, y deja que Pemex ajuste “operativamente” según contratos. Nadie pierde la cara. Todos ganan margen de negociación para el T-MEC.

La pregunta es qué tan sostenible es este equilibrio. Porque en algún momento de las negociaciones del T-MEC, el tema de Cuba volverá a aparecer. No como pregunta, sino como condición. Y ahí Sheinbaum tendrá que decidir si la solidaridad con Cuba vale miles de millones en exportaciones o si la inteligencia política que Trump le reconoce se demuestra entendiendo que, en 2026, la soberanía también se negocia en dólares.

Lo que vimos ayer no fue improvisación. Fue diplomacia transaccional en su versión más absoluta. Donde todo es cordial porque todo está planchado.