Por Luis Wertman*
Hay cifras que pueden celebrar los gobiernos y otras que deberían obligarnos a pensar. La más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana nos presenta ambas realidades al mismo tiempo: la percepción de inseguridad disminuyó, pero millones de personas todavía modifican su vida cotidiana por temor, sufren delitos, enfrentan extorsiones o desconfían de quienes deberían protegerlas.
El dato positivo merece reconocerse: 59.8% de la población adulta de las principales áreas urbanas considera inseguro vivir en su ciudad, una reducción frente a 61.5% registrado tres meses antes y a 63.2% de un año atrás. Es una mejoría estadísticamente significativa. Pero sería un grave error convertir una buena noticia en una conclusión equivocada. Porque sentirse un poco menos inseguro no significa estar seguro.
La seguridad tiene que medirse desde la vida real. Preguntémonos algo sencillo: ¿puede una madre permitir que sus hijos salgan sin miedo? ¿Puede una persona caminar de noche por su colonia? ¿Puede utilizar un cajero automático sin mirar hacia atrás? ¿Puede un comerciante trabajar sin temor a una extorsión? ¿Puede un ciudadano encontrarse con un policía y sentir tranquilidad en lugar de incertidumbre? Ahí comienza la verdadera medición.
Durante el primer semestre de 2026, alrededor de tres de cada diez hogares urbanos tuvieron al menos una víctima de alguno de los delitos considerados por la encuesta, entre ellos robo, extorsión o fraude. La extorsión, por sí sola, afectó a 13.6% de los hogares analizados. Eso debe encender todas las alertas.
La delincuencia también evoluciona. Ya no siempre necesita una pistola en una esquina. Puede llegar mediante una llamada, un mensaje, una transferencia, una amenaza digital o el cobro ilegal impuesto a quien trabaja. Por eso necesitamos dejar de pensar la seguridad sólo en términos de patrullas, detenciones y estadísticas criminales.
La seguridad también es libertad. Cuando 42% de las personas evita llevar objetos de valor por miedo; cuando más de una tercera parte limita que los menores salgan solos o deja de caminar de noche cerca de su propia casa, ocurre algo que pocas estadísticas alcanzan a reflejar completamente: el miedo está reduciendo nuestro espacio de libertad.
Una sociedad puede acostumbrarse peligrosamente a vivir así. Dejamos de salir, cambiamos rutas, abandonamos parques, evitamos horarios, nos encerramos y terminamos normalizando aquello que nunca debimos considerar normal.
Por eso propongo una nueva manera de evaluar la seguridad: no preguntar sólo cuántos delitos ocurrieron, sino también cuánta vida recuperaron las personas. ¿Volvieron los niños al parque? ¿Los vecinos caminan nuevamente por las calles? ¿Los comercios pueden abrir sin amenazas? ¿La gente utiliza el transporte público con tranquilidad? ¿Las mujeres sienten mayor libertad para desplazarse? Estas preguntas pueden revelar tanto sobre una comunidad como cualquier estadística criminal.
Existe además otro dato profundamente preocupante: entre las personas que tuvieron determinados contactos con autoridades de seguridad pública, 45.6% declaró haber experimentado al menos un acto de corrupción. Casi una de cada dos.
Esto nos recuerda algo fundamental: no puede existir seguridad duradera sin confianza. Podemos instalar cámaras, comprar patrullas y desarrollar sistemas de inteligencia. Todo ayuda. Pero si el ciudadano encuentra corrupción, indiferencia o abuso cuando entra en contacto con la autoridad, la confianza se rompe.
Y cuando se rompe la confianza, la gente deja de denunciar. Cuando deja de denunciar, disminuye la información. Cuando disminuye la información, aumenta la impunidad. Y cuando crece la impunidad, la delincuencia encuentra espacio para avanzar. Es un círculo que debemos romper.
También debemos mirar hacia lo local. Las instituciones nacionales vinculadas con la seguridad mantienen niveles elevados de reconocimiento, mientras las policías estatales y municipales reciben evaluaciones menormente favorables. Necesitamos policías locales profesionales, capacitados, bien pagados, supervisados y cercanos a la comunidad. Policías que conozcan su territorio y sean reconocidos no por infundir temor, sino por generar confianza.
Debemos pasar de una política que reacciona cuando ocurre el delito a una cultura que escucha, comprende, anticipa, actúa, mide y verifica. La prevención comienza mucho antes de que aparezca una patrulla. Comienza fortaleciendo familias, escuelas, comunidades, espacios públicos, instituciones y oportunidades.
Porque al final, gobernar, servir y construir una sociedad más segura debe tener un propósito profundamente humano: ¡Hacer el bien, haciéndolo bien!
*Analista
