Por Fadlala Akabani*
En el mundo actual existe una disputa por el modelo político y económico que definirá al siglo XXI. Estados Unidos, potencia que definió en gran medida el orden mundial tras la Segunda Guerra Mundial que consolidó su hegemonía tras la caída de la Unión Soviética (1991) busca mantener su influencia global ante la emergencia de nuevas potencias como Rusia y China.
En mayo de 2026, Xi Jinping, presidente de la República Popular China, recibió a sus homólogos, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y Vladimir Putin, presidente de la Federación de Rusia. La apuesta de China es un mundo multipolar, en el que los tres grandes poderes globales pueden coexistir, sin embargo, el modelo a construir de esa coexistencia está por definirse.
La carrera está en definir no solamente los términos geopolíticos, económicos y tecnológicos del nuevo orden mundial, sino además el tipo de civilización que emanará del mismo. En este sentido, China con una herencia cultural de más de cinco mil años parece tener una ventaja frente a Estados Unidos, una nación que apenas está por cumplir sus primeros 250 años de historia, e incluso frente a Rusia, cuya historia se remonta al año 862 d. C.
El que esta interlocución se haya dado en Pekín y no en Washington o Moscú, deja claro que la ventaja de China no es sólo en trayectoria histórica y legado cultural milenario; sino también en la capacidad diplomática de administrar relaciones múltiples, ocupando una posición central, consonante con su propia visión del lugar que desde su perspectiva ocupan en el mundo: el centro.
Trump fue recibido por el vicepresidente de China, Han Zheng, quien llegó acompañado por miembros de su gabinete, pero además, por la élite corporativa financiera, tecnológica y militar de Estados Unidos.
Al oeste de la Plaza de Tiananmén, en el Gran Salón del Pueblo, mientras realizaba la apertura de la cumbre bilateral, el anfitrión chino, Xi Jinping, planteó a Donald Trump, que el mundo se encontraba ante un momento definitorio, en que está por verse si China y Estados serán capaces de evadir la Trampa de Tucídides; es decir, el riesgo de guerra cuando un poder en ascenso rivaliza con un poder gobernante, en referencia al clásico desafío de Atenas a Esparta en la Antigua Grecia. Asimismo, el mandatario chino se pronunció por la posibilidad de forjar un nuevo paradigma de relaciones entre los grandes poderes globales.
El choque entre potencias por la redefinición del modelo de nuevo orden va más allá de transiciones económicas como la sustitución del dólar como moneda de reserva global, y el surgimiento de las monedas digitales de los bancos centrales. La irrupción de la inteligencia artificial y su uso en ámbitos como la guerra ya están provocando conflictos, como el litigio entre Anthropic y el gobierno de Estados Unidos por la negativa de la empresa al uso de sus tecnologías en armas autónomas y vigilancia masiva.
China, que lidera algunos de los ámbitos de la IA como patentes y publicaciones, aplicación industrial y eficiencia de modelos abiertos como DeepSeek, reconoce los riesgos humanitarios de los sistemas de armas autónomas y su posición oficial es que deben mantenerse bajo estricto control humano, especialmente en escenarios de vida o muerte.
La encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV advierte el riesgo de que la IA se vuelva herramienta de dominio si no es liberada de lógicas monopólicas y militares.
México debe aprovechar esta coyuntura para diversificar, paulatinamente, sus relaciones comerciales con otras potencias económicas.
*Analista
